La sopa de guisantes

Retomamos la actividad en este inicio de septiembre caluroso. Tengo varias preguntas que personas en formación con nosotros han ido enviando que iré respondiendo por aquí o por el videoblog que vamos a empezar a construir.

Durante una de las sesiones sobre técnicas en terapia familiar debí crear un autentico caos, «una sopa de guisantes» como definí a la técnica. Voy a poner esto en en contexto.

Solemos hacer un taller práctico de unas cinco horas exponiendo algunos casos y vamos explicando las técnicas que desarrollamos en las intervenciones. Para aquellos que no sigan asiduamente este blog diré que intervenimos con individuos, familias, organizaciones, etc desde un «abordaje» sistémico, combinando ideas, interpretaciones y técnicas de las diversas aproximaciones sistémicas.

En ese taller estaba explicando una técnica que yo llamé de la sopa de guisantes, por lo espesa, porque siempre es de color verde y por mucho que la remuevas es díficil ver el fondo del plato. Es una técnica que De Shazer desarrolló, en la que el terapeuta admite abiertamente su confusión ante la confusión de los pacientes. Él la denomina «de la confusión».

¿Cuál es el objetivo?

El objetivo es frustrar, a los participantes en la sesión, en construir un significado en la situación terapéutica y, por lo tanto, resulte imprescindible el planteamiento de una meta, que es lo que da sentido a aquella situación.

Es una técnica tomada de Milton Erickson, y que nos sirve para poder trabajar con aquellos consultantes que no saben, no quieren o no pueden plantear un objetivo claro, dividido entre el hacer o no hacer. Yo puse el ejemplo de la madre que quiere castigar a un hijo o premiarle ante el mismo comportamiento y que te solicita que tu le indiques.

Es en ese momento en el que en la que el terapeuta admite abiertamente su confusión para provocar que ella, o ellos, planteen una meta, que es lo que dará sentido a la intervención.

A veces puedes encontrar esta técnica con el nombre del terapeuta dividido.

Buen trabajo

Cuento Sufí: esto también pasará

Hace algún tiempo, en el blog dedicado a temas educativos, iba colocando algunos post que poco a poco he ido traslando a este. Hoy vuelvo a transcribir literalmente el cuento sufí denominado «esto también pasará». Ahí va …

Alguno de vosotros me ha preguntado porqué escribo el hastag #Estotambienpasara. Bien pues la explicación es esta. Como sabreis he dirigido durante muchos años un taller de aplicación del cuento en la práctica de la psicoterapia. Estos talleres quedaron interrumpidos por motivos personales. Pero los voy a retomar cuando salgamos de estas circunstancias adversas que nos están tocando vivir.

En esos talleres los participantes también traían sus propios cuentos para trabajar, en concreto este me lo regalaron en mi segundo taller, me parece tan hermoso que lo he utilizado en muchas ocasiones y lo veo oportuno para a actual situación.

Dice así:

Hubo una vez un rey que dijo a los sabios de la corte:

Me estoy fabricando un precioso anillo. He conseguido uno de los mejores diamantes posibles. Quiero guardar oculto dentro del anillo algún mensaje que pueda ayudarme en momentos de desesperación total, y que ayude a mis herederos, y a los herederos de mis herederos, para siempre. Tiene que ser un mensaje pequeño, de manera que quepa debajo del diamante del anillo.

Todos quienes escucharon eran sabios, grandes eruditos; podrían haber escrito grandes tratados, pero darle un mensaje de no más de dos o tres palabras que le pudieran ayudar en momentos de desesperación total. Pensaron, buscaron en sus libros, pero no podían encontrar nada.

El rey tenía un anciano sirviente que también había sido sirviente de su padre. La madre del rey murió pronto y este sirviente cuidó de él, por tanto, lo trataba como si fuera de la familia. El rey sentía un inmenso respeto por el anciano, de modo que también lo consultó. Y éste le dijo:

No soy un sabio, ni un erudito, ni un académico, pero conozco el mensaje.

Durante mi larga vida en palacio, me he encontrado con todo tipo de gente, y en una ocasión me encontré con un místico. Era invitado de tu padre y yo estuve a su servicio. Cuando se iba, como gesto de agradecimiento, me dio este mensaje (el anciano lo escribió en un diminuto papel, lo dobló y se lo dio al rey).

Pero no lo leas – le dijo – mantenlo escondido en el anillo.

Ábrelo sólo cuando todo lo demás haya fracasado, cuando no encuentres salida a la situación.

Ese momento no tardó en llegar. El país fue invadido y el rey perdió el reino. Estaba huyendo en su caballo para salvar la vida y sus enemigos lo perseguían. Estaba solo y los perseguidores eran numerosos. Llegó a un lugar donde el camino se acababa, no había salida: enfrente había un precipicio y un profundo valle; caer por él sería el fin. Y no podía volver porque el enemigo le cerraba el camino. Ya podía escuchar el trotar de los caballos. No podía seguir hacia delante y no había ningún otro camino.

De repente, se acordó del anillo. Lo abrió, sacó el papel y allí encontró un pequeño mensaje tremendamente valioso. Simplemente decía:

Esto también pasará.

Mientras leía estas palabras sintió que se cernía sobre él un gran silencio. Los enemigos que le perseguían debían haberse perdido en el bosque, o debían haberse equivocado de camino, pero lo cierto es que poco a poco dejó de escuchar el trote de los caballos.

El rey se sentía profundamente agradecido al sirviente y al místico desconocido. Aquellas palabras habían resultado milagrosas. Dobló el papel, volvió a ponerlo en el anillo, reunió a sus ejércitos y reconquistó el reino. Y el día que entraba de nuevo victorioso en la capital hubo una gran celebración con música, bailes. Él se sentía muy orgulloso de sí mismo.

El anciano estaba a su lado en la carroza y le dijo:

Apreciado rey, le aconsejo leer nuevamente el mensaje del anillo.
¿Qué quieres decir? – preguntó el rey.
 Ahora estoy victorioso, la gente celebra mi vuelta.
No estoy desesperado y no me encuentro en una situación sin salida.
Escucha – dijo el anciano – este mensaje no es sólo para situaciones desesperadas.
También es para situaciones placenteras.
No es sólo para cuando estás derrotado; también es para cuando te sientes victorioso.
No es sólo para cuando eres el último; también es para cuando eres el primero.

El rey abrió el anillo y leyó el mensaje: «esto también pasará», y nuevamente sintió la misma paz, el mismo silencio, en medio de la muchedumbre que celebraba y bailaba, pero el orgullo, el ego, había desaparecido. El rey pudo terminar de comprender el mensaje.

  • «Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo» Eclesiastés 3, 1
  • Todo se mueve y nada permanece y en el mismo río no nos bañamos dos veces. Platón, Crátilo, 402a y 440c

Sobre la Autoestima

Muchas veces no somos conscientes de lo que llevamos dentro de nosotros mismos. Hay una frase que me gusta repetir y repetirme: «Vuélvete hacia ti mismo, pues en ti habita la Verdad, y si te encuentras mudable, transciéndete». Es la frase de Agustín de Hipona que lleva rumiándose en mi mente desde hace años. Es una frase que suelo hacer llegar, en algunas ocasiones, a las personas que acompaño. Otras le envío un cuento sobre el valor de un anillo. Dice así:

Agobiado por sus conflictos internos, un joven alumno fue a visitar su anciano profesor. Y entre lágrimas, le confesó: «He venido a verte porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas ni para levantarme por las mañanas. Todo el mundo dice que no sirvo para nada, que soy inútil y mediocre. ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?» El profesor, sin mirarlo a la cara, le respondió: «Lo siento, chaval, pero ahora mismo no puedo atenderte. Primero debo resolver un problema que llevo días posponiendo.» Y haciendo una pausa, añadió: «Si tú me ayudas primero, tal vez luego yo pueda ayudarte a ti.»

El joven, cabizbajo, asintió con la cabeza. «Por supuesto, profesor, dime qué puedo hacer por ti.» Pero más allá de sus palabras, el chaval se sintió nuevamente desvalorizado. El anciano se sacó un anillo que llevaba puesto en el dedo meñique y se lo entregó al joven. «Estoy en deuda con una persona y no tengo suficiente dinero para pagarle», le explicó. «Ahora ves al mercado y vende este anillo. Eso sí, no lo entregues por menos de una moneda de oro». Seguidamente, el chaval cogió el anillo y se fue a la plaza mayor.

Una vez ahí, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Pero al pedir una moneda de oro por él, algunos se reían y otros se alejaban sin mirarlo… Derrotado, el chaval regresó a casa del profesor. Y nada más verlo, compartió con él su frustración: «Lo siento, profesor, pero es imposible conseguir lo que me has pedido. Como mucho me daban dos monedas de plata. Nadie se ha dejado engañar sobre el valor del anillo.» El anciano, atento y sonriente, le contestó: «No te preocupes. Me acabas de dar una idea. Antes de ponerle un nuevo precio, primero necesitamos saber el valor real del anillo. Anda, ves al joyero y pregúntale cuánto cuesta. Y no importa cuánto te ofrezca. No lo vendas. Vuelve de nuevo con el anillo.»

Y eso fue lo que hizo el joven. Tras un par de minutos examinando minuciosamente el anillo, el joyero lo pesó y con un tono de lo más serio, le indicó: «Menuda maravilla que has traído. Dile a tu profesor que esta joya vale como mínimo 50 monedas de oro». Y el chico, incrédulo, se fue corriendo para comunicárselo a su profesor.

El chaval llegó emocionado a casa del anciano y compartió con él lo que el joyero le había dicho. «Estupendo, gracias por la información. Ahora siéntate un momento y escucha con atención», le pidió. Y mirándole directamente a los ojos, añadió: «Tú eres como este anillo, una joya preciosa que solamente puede ser valorada por un especialista. ¿Pensabas que cualquiera podía descubrir su verdadero valor?» Y mientras el profesor volvía a colocarse el anillo en su dedo meñique, concluyó: «Todos somos como esta joya. Valiosos y únicos. Y andamos por los mercados de la vida pretendiendo que personas inexpertas nos digan cual es nuestro auténtico valor

Cuento extraído del libro “26 cuentos para pensar”, de Jorge Bucay.

Sin manual, cámbiame al hijo/a

En la entrada anterior del blog hablamos que no existe manual para manejarnos en la etapa de la adolescencia de nuestros hijos, y recomendaba aquello de “paz” y “ciencia”. Y sobre todo “no volar todos los puentes” con el o la adolescente añadiendo la importancia de “mantener la creencia profunda en los valores y competencias del o de la adolescente”.

Mantener esa creencia es de vital importancia porque nos aleja de la tentación de hacer recaer en el profesional la responsabilidad del cambio del “elemento que se ha desviado de la norma” de la familia. Delegar en el profesional es la tentación de la familia, pero también la manzana envenenada que a veces mordemos como profesional.

Pero los auténticos profesionales del menor o del adolescente que necesita el acompañamiento son los propios padres, los adultos significativos para el menor, lo que hoy se conoce en muchos casos como los tutores de resiliencia.

Hacer entender al adulto que ellos son los verdaderos conocedores de lo que hace o no hace el menor, o al menos que pueden tener claves que otros no vamos a poder utilizar es el primer paso para comenzar un nuevo camino familiar que sirva para que de nuevo se conviertan en la base segura a la que puedan retornar en los momentos en que más lo necesiten.

Es volver a responsabilizar a los adultos en aquello que hemos oído tantas veces: “educar es sembrar y saber esperar”. Ya sabemos que educar es una tarea en la que, a veces, cunde el desánimo. Por ello es preciso, para los profesionales que estamos en el entorno de la familia, recordar que el hecho educativo es complejo.

Tirar la toalla no es una opción por mucho que cunda el desánimo y se instale el desaliento, que es lo que traen las familias a consulta. Retomar, cual gota malaya, la idea que los padres son los mejores conocedores de sus hijos, que la impresión de que los valores que se han inculcado en el hogar, en la familia, en la escuela han desaparecido, es eso una impresión. Que el profesional «no va a cambiar al adolescente», que en el cambio están implicados todos los miembros de la familia, al menos la nuclear.

Y esto repetirlo en la primera, en la segunda, … en la última sesión. Recordando que tenemos que pegarnos a las familias, a su estilo relacional y comunicacional. Pero también el del adolescente que en esos momentos puede ser diferente al de la propia familia. Si no podemos olvidarnos que en la etapa de la adolescencia el menor está experimentando “el ser único” y no tiene porque convertirse, ni pretender que se convierta, en la “imagen y semejanza” de su propia familia, o “del niño perdido/soñado por los adultos” con los que convive. Hay que estar atentos a no admitir la delegación del cambio en las interacciones y comunicaciones de la familia.

Por lo tanto para los padres de los adolescentes, esos profesionales del hijo o de la hija tienen que volver a creer en ellos mismos, en que el momento en el que están viviendo es el de café diario para charlar sobre la educación de los hijos, de negociar sus discrepancias sobre esa educación y otras cosas. Es el momento de zanjar de inmediato los problemas de convivencia, y hablar con ellos sobre el tema. Hablar, quieran o no quieran. Y recordar que son y seguirán siendo familia.

Con un pan, o una guía de instrucciones, bajo el brazo

Hace un par de días una de las alumnas en prácticas de nuestro centro de psicoterapia me preguntó qué entendía yo por el acompañamiento a padres; se refería a la orientación y acompañamiento que hacemos con los padres con hijos adolescentes.

Mi respuesta fue decirle que a veces tengo la sensación de estar trabajando con un muelle, que de vez en cuando todo se vuelve a lo que parecía el primer momento, pero que luego, en frío veo los avances y que no estamos en el punto de partida. ¿Cuál es ese punto de partida? Adaptarse a los adultos que vienen en demanda de ayuda y hacerles entender que estamos en una etapa, compleja, es verdad, pero que es una etapa en la vida del hijo o de la hija.

Incluso a veces para distender el ambiente les digo a los consultantes que la adolescencia se termina el día que te ven llegar cansado a casa y te preguntan: “papá, te veo cansado ¿qué quieres que te prepare?”. Como comprenderéis alguna risa nos hemos echado.

La adolescencia es un tiempo breve, aunque lo vivamos como intenso, muy intenso y largo. Pero lo es, en apenas un abrir y cerrar de ojos hemos pasado de los doce a los diecinueve años de nuestro hijo o de nuestra hija. Es verdad que esos seis, siete u ocho años pueden ser vividos como si te cayesen veinte o treinta tifones o danas.

Pero, como le comento a los padres, este es el momento idóneo para ir preparando a los hijos “para echarlos de casa”, “que salgan por la puerta grande”. Dejo para otro momento los comentarios y reacciones de los padres, especialmente de las madres, a estas afirmaciones.

Sí, la adolescencia es la etapa para prepararles para salir de casa, aunque la familia también representa una base segura para que ellos puedan regresar al “calor del hogar”. Salir de casa, emanciparse, es el momento en el que pasas a ser “el padre o la madre de …”. Y esto también constituye un reto para los adultos. Volveremos sobre el tema en otro momento.

Como decía anteriormente, nos encontramos en una etapa en la que hay comportamientos y actitudes de nuestros hijos que no acabamos de comprender, que no acabamos de entender del todo. No, no estoy hablando de hijos adolescentes que presentan problemas de actitud o comportamiento, ni tampoco de hijos que puedan estar en “conflicto social”. Estoy hablando de actitudes y comportamientos habituales de los adolescentes que a los adultos nos chocan, cuando no los acabamos de entender, o de estilos de vida que no “pegan” con el estilo de vida familiar o con el estilo que ellos mismos han llevado hasta ese momento.

Estos días he visto por televisión un anuncio de una determinada marca de alimentación que refleja muy bien esto que estoy diciendo, y puedo aseguraros que me encanta el tratamiento que hace porque refleja en gran medida la perplejidad con la que llegan los adultos cuando solicitan ayuda para entender y actuar en esta fase de la vida de sus hijos.

Vienen pidiendo “el manual para “manejar” al hijo o la hija”. Porque, en muchos momentos, la justificación que se han dado para esos cambios de comportamiento o actitud, “es que es la adolescencia”, ya no les da explicación o no les sirve para lo que están viviendo.

No, no hay manual, o eso es lo que yo les digo, solo hay “paciencia” y/o “paz y ciencia”. Cada adolescente es un mundo en sí mismo, lo mismo que cada padre y cada madre, y cada unidad familiar…

¿Pero, entonces? Hay algo que puede servir para todos, no, no es un manual, es algo que desde que yo trabajo con adolescentes y familias parece que puede ser útil. Dos cuestiones:

La primera no volar todos los puentes, que alguien de la familia mantenga algún canal de comunicación con el adolescente. Mantenga un diálogo con escucha activa.

Y la segunda, tan importante o más que la primera, es mantener la creencia profunda en los valores y competencias del o de la adolescente. Valores y competencias que por otra parte han sido “mamados” y entrenados en el seno de la propia familia. Y que están en el interior de ese o esa adolescente que “no acabo de entender”

Seguiremos hablando de cuestiones que tienen que ver con ese “no manual”.

¡Buen trabajo!

Sócrates y los tres filtros

Una vez colgados los mensaje de hoy, desde el otro lado del charco me llega el siguiente mensaje:

Los tres filtros

«En la antigua Grecia, Sócrates era un maestro reconocido por su sabiduría. Un día, el gran filósofo se encontró con un conocido, que le dijo muy excitado:

  • Sócrates, ¿sabes lo que acabo de oír de uno de tus alumnos?
    • Un momento…- respondió Sócrates – Antes de decirme nada me gustaría que pasaras una pequeña prueba. Se llama la prueba del triple filtro.
  • ¿Triple filtro?
    • Eso es- continuó Sócrates – Antes de contarme lo que sea sobre mi alumno, es una buena idea pensarlo un poco y filtrar lo que vayas a decirme.
    • El primer filtro es el de la Verdad. ¿Estás completamente seguro de que lo que vas a decirme es cierto?
  • No, me acabo de enterar y…
    • Bien- dijo Sócrates – Conque no sabes si es cierto lo que quieres contarme.
    • Veamos el segundo filtro, que es el de la Bondad. ¿Quieres contarme algo bueno de mi alumno?
  • No. Todo lo contrario…
    • Así que…- le interrumpió Sócrates – quieres contarme algo malo sobre él, que no sabes siquiera si es cierto.
    • Aún puedes pasar la prueba, pues queda un tercer filtro: el filtro de la Utilidad. ¿Me va a ser útil esto que me quieres contar de mi alumno?
  • No, no mucho…
    • Por lo tanto..- concluyó Sócrates – si lo que quieres contarme puede no ser cierto, no es bueno, ni es útil, ¿para qué contarlo?»

Podemos extraer la moraleja, pero hoy en el #DesayunoconmiAmigoMario lo hemos aplicado a ciertos comunicadores que después de lo que han hablado del COVID siguen dando «doctrina» y repartiendo carnets de buenos y malos.

#EstoTambienPasará

Nos venden la moto … pero solo el chasis

Estoy, como lo estamos todos, martilleado una y otra vez con la especie que los jóvenes son los «culpables de la situación actual de la pandemia». Es bien cierto que hay muchos contagiados y en franjas de edad menores que en las otras olas, pero hay algunas cosas que voy a reflexionar a lo largo de estos días. Hoy solo voy a apuntarlas

Para todos los que trabajamos en el mundo de la salud desde el campo de la sociología conocemos el poderoso efecto de la cultura tanto en la salud como en la medicina. La cultura afecta la forma como las personas interactúan con los miembros de los diversos sistemas de salud (incluso con los chamanes, curanderos, …); pero también, la cultura, afecta a cómo se relacionan, cuando están enfermos, con sus familias, compañeros de trabajo, entorno, etc. Incluso sobre su concepto de salud.

¿Hay algunos problemas de salud que son característicos de una sociedad concreta? ¿de una cultura concreta? ¿Quién dice qué (quién define) es enfermedad? ¿Varía el cuidado de la enfermedad de una nación a otra? ¿de una ciudad a otra? ¿de un pueblo a otro? ¿de una clase social a otra?.

Partimos de dos grandes hechos: que las comunidades en las que las personas viven tienen un impacto en su salud y que la cultura, también, contribuye en las diferencias en el cuidado médico e incluso en cómo se define la salud. De hecho utilizamos el término síndrome cultural se refiere a una enfermedad o dolencia que no se puede entender sin tener en cuenta el contexto social específico del que proviene.

Planteémonos estas ideas en la situación actual de pandemia que vivimos y podremos extraer tres conclusiones rápidas.

  1. Vivimos en una sociedad occidental en la que la medicina ha trasladado una idea poderosa a nuestras mentes: para cualquier enfermedad va a haber una cura. El gran paradigma médico lo ha invadido todo. Pero esto tiene una contrapartida la medicalización de la sociedad es obvia, pero para nosotros esta obviedad provoca, guste o no, el control social por parte de la medicina como institución social.
  2. Hay desigualdades en el cuidado de la salud. No solo tenemos la medicalización porque nos podemos plantear quién se está beneficiando de esta pandemia, quien la está sufriendo más, quién está dominando a expensas de los otros (¿por qué unas vacunas y no otras? ¿Quién y con qué criterios se están distribuyendo? ¿Qué profesionales están más sobrecargados?…). Las respuestas a estas preguntas nos pueden dar para varios comentarios.
  3. Desde otra perspectiva podemos analizar la enfermedad y podemos afirmar que conlleva rupturas en nuestras interacciones sociales, tanto en el trabajo como en el hogar. Por lo que estar enfermo obliga, por tanto, a estar controlado, y así, en principio, no son demasiadas personas a la vez las que son eximidas de sus responsabilidades sociales. Salvo cuando ocurre algo que nos sobrepasa.

Dichas estas tres conclusiones rápidas utilizando perspectivas sociológicas diferentes podemos analizar lo que está ocurriendo.

Se nos ha trasladado la idea que las vacunas “lo pueden todo”, “que las mascarillas si, no, si”, pero ahora hay que enseñar la sonrisa, o irnos de cañas, … que nuestros dirigentes saben lo que hacen y por lo tanto nos deben controlar, tanto para la salidas como para los encierros. Que no tenemos responsabilidades sociales, o individuales… Pero cuando nos sobrepasa la situación nosotros somos los culpables de la misma, porque no somos responsables individualmente. Porque el comportamiento que se les pide a las personas que se consideran enfermas tiene que ser el que “los guardianes” de las mismas nos digan lo que tenemos que hacer.

Pero en esto también hay algo kafkiano, se supone que son los médicos los que funcionan como “guardianes” del rol de enfermo. Ellos verifican la condición del paciente como “enfermo” o designan al paciente como “recuperado”. Pero ahora, en estos mismos momentos, en España, no son ellos los que lo determinan: son nuestros dirigentes, nuestros políticos, especialmente nuestro presidente del gobierno.

Esto es lo que hay por detrás de lo que nos quieren vender: “los adolescentes borrachos, incontrolados, incívicos, con sus botellones están conduciendo a nuestra sociedad a la destrucción”. Son capaces de ser “matar a sus abuelos” por no cumplir “con su responsabilidad”.

Es verdad que hay que tener “sentidiño” y que tienen que extremarse las precauciones, pero no son los únicos responsables de lo que está pasando. Somos un pueblo con una cultura que podría resumirse en la letra de la canción: Libertad sin ira. Pero que también inventamos la guerra de guerrillas. Simplemente un recuerdo

#Sentidiño #SiemprehayunaAlternativa

La relatividad del momento

Hoy me ha llegado de allende los mares un email con un «mensaje positivo» y quiero compartirlo con todos vosotros. La persona que me lo envía lo hace con cierta ironía, por mi situación personal. Me he reido y le enviado un mensaje alusivo, también con cierta «sorna». Transcribo:

Hay quien sufre porque está lejos de algo: de una meta, de una persona, de una ciudad . .. La lista es muy larga. En todos esos casos hay una constante: se puede reemplazar el concepto de lejanía. ¿De verdad?, si, claro que se puede, se puede hacer con el concepto opuesto de cercanía. De hecho, sólo estamos lejos con respecto a algo, y siempre que estamos lejos de algo, también estamos cerca de otra cosa.

Es poder ver las cosas desde otro prisma, o como «decís los sistémicos», se puede redefinir, o hacer una connotación positiva o la realidad se construye, etc… Pon lo que tu desees amigo Luis.

¿Quieres un ejemplo? Estas cerca de tu jubilación…. pero ya tienes mucha experiencia acumulada

  • Estas lejos del trabajo… pero estás cerca del lugar de descanso.
  • Estas lejos de la personas… pero estás cerca de ti mismo.
  • Estoy lejos de mi ciudad natal… pero cerca de la ciudad de tu chica, de tu chico, de … cualquier otra ciudad.

Reconstruir la realidad con el otro, es un juego interesante, compañero…

Siempre la regla será LEJOS DE X y CERCA DE Y.

Solo he podido decir que estoy de acuerdo y que esta se la guardo para cuando esté CERCA de mi…

#noticiasociologiaclinica

#intervencionsistemica

#terapiafamiliarsistemica

#espaciodepensamientosistemico

Buen trabajo

Ante la sospecha de consumos

Una cuestión que siempre surge en las charlas con los padres o tutores es plantear cuales son los signos de sospecha de consumos de drogas (alcohol, cannabis, etc.)

Desde hace muchos años señalo que los signos de alarma pueden ser:

  • Cambio brusco en el cuidado y aseo personal.
  • Trastornos del sueño con insomnio y/o pesadillas y temblores.
  • Pérdida de peso o apetito excesivo.
  • Disminución del rendimiento escolar o abandono de los estudios.
  • Aislamiento físico, tendencia a aislarse en su habitación.
  • Disminución de la comunicación verbal y afectiva.
  • Empobrecimiento del vocabulario.
  • Abandono de aficiones e intereses.
  • Cambios bruscos de humor.
  • Pérdida de responsabilidad.

Pero nada sustituye una buena mesa camilla para poder hablar de cualquier tema.

5 o 10 minutos para poder hablar de cómo ha ido el día pueden obrar milagros, incluso en esa etapa de la adolescencia en la cual el grupo de pares (iguales) parece tener mucha más fuerza que el grupo familiar. Aunque hay que saber respetar los silencios adolescentes, con un simple acompañamiento de estar presente.

(1) Los signos de alarma pueden encontrarse en casi todas las páginas que comparten ideas sobre la prevención en adicciones. Las principales son las del PND y las de la FAD

Actualidad a la luz de Concepción Arenal

Suelo utilizar parte del verano para releer a los clásicos y a cuestiones que tienen que ve con mi hobby favorito: Concepción Arenal. En este caso estoy releyendo un libro de la gran experta en el pensamiento y obra de la ilustre gallega como es María José Lacalzada, “la otra mitad del género humano” (1).

Y de pronto te encuentras con un par de citas que te explican, o te dan un poco de luz a alguna de las cuestiones que hoy están aconteciendo y que parecen que no han cambiado desde mitad o finales del siglo XIX. Si Concepción Arenal levantase la cabeza podría seguir afirmando de España:

“La falta de opinión pública y de acción pública en España, da facilidades a los abusos, opone obstáculos a todo de benéficas innovaciones, de modo que las reformas intentadas se parecen muchas veces a edificios construidos bajo un plan bueno, pero con materiales malos. El que no considere más que nuestros Códigos, supondrá que somos un pueblo que marcha rápidamente por el camino del progreso, porque aun cuando la legislación diste mucho de ser perfecta, tampoco lo son las de los pueblos más cultos, y por la comparación de sus leyes con las nuestras no se puede venir en conocimiento de nuestra inferioridad real. Depende ésta de la falta (relativa) de tres actividades:
Actividad intelectual
Actividad económica
Actividad moral en todo lo que al bien público se refiere.
Pensamos y sabemos poco; trabajamos poco y mal, y miramos las obras que son en beneficio de todos como si no nos interesaran a ninguno…”

Ver notas


Y sobre la sociedad civil en general y las asociaciones en particular decía:

“Si del estudio de las leyes pasamos al de aquellas instituciones que viven, no en virtud de mandato legal, sino por la buena voluntad de los que forman parte de ellas; si consideramos la inmensa suma de bien que se realiza en otros países por miles y millones de personas que espontáneamente contribuyen a él con su trabajo, con su dinero, con grandes sacrificios a veces; si notamos que no es posible que el gobierno, ningún gobierno, ni el Estado en ninguna de sus esferas, ni la legislación
más completa y sabia vivifiquen a un pueblo cuando los legislados son masa pasiva, ciudadanos mecánicos, que no hacen otros movimientos que el que les imprime el resorte legal; si comparamos lo que en esta línea hay en otros países y en el nuestro, aparece la verdad evidente y dolorosa, y la explicación clara de nuestra inferioridad”

Ver notas

Muchas veces estamos mirando fuera, esperando no sé que rayo cegador nos transforme la mirada y como nuevos “san pablos-” podamos ser aposto les de un nuevo amanecer, de un hombre nuevo, de una ciudadanía nueva, cuando nuestros males vienen de viejo y los remedios nos los han propuesto, pero no los queremos tomar como los niños huyen de los jarabes que les podrían ayudar a mejorar la salud.

No es buscar fuera de nosotros, sino aceptar lo que Agustín de Hipona decía: “Noli foras ire, in te ipsum redi, in interiore homine habitat veritas; et si tuam naturam mutabilem inveneris trascende et te ipsum.” (De vera religione C. 39, 72.) Recordemos cuando estudiábamos filosofía que este concepto es de lo más audaz que cabe imaginar. “Porque naturaleza de una cosa es, precisamente, lo que la constituye de modo permanente. Para Aristóteles es naturaleza el principio del movimiento, lo constante, idéntico en lo que aparece cambiando, aquello que hace que una cosa cambie permaneciendo sin cambiar. Y en el pensamiento moderno, naturaleza es ley invariable en las variaciones; expresión de lo que ocurre siempre de modo igual y necesario”.

La búsqueda de algo permanente, tal vez lo perfectible en el ideario areliano, es lo que realmente nos debería movilizar, y al mismo tiempo considerar el valor moral de lo que estamos realizando, asumir nuestras responsabilidades en nuestros comportamientos.

Para esto no es necesario que venga nadie de fuera a decirlo, simplemente es volver a nuestros clásicos, a reivindicar sus opiniones y sacarlas del ostracismo, cuando no de quién las quiere canonizar para su causa, con el consiguiente desmantelamiento de sus opiniones y obras por otros agentes implicados en arrebatarlos para las propias necesidades. Es reconocer, como lo hace la profesora Lacalzada, que Concepción Arenal mantiene la idea que toda persona, independientemente de sus circunstancias, puede ampliar sus capacidades de elección y perfectibilidad, transformarse moralmente, en un sentido kantiano.

(1) Lacalzada, M. J. (1994). La otra mitad del género humano: la panorámica vista por Concepción Arenal (1820-1893) (Vol. 8). Universidad de Málaga
(2) Arenal, C. (1974). La emancipación de la mujer en España, Madrid. Biblioteca Júcar. Edición y Prólogo de Mauro Armiño

1 2