¿Cuál es la mejor red social?

scenic view of snow capped mountains during night

Desde hace cuatro años hemos establecido un grupo de ayuda mutua dirigido por mi. En este grupo trabajamos diversas situaciones con los adolescentes que lo forman. En la última sesión del grupo de este semestre, primeros de julio, y cómo no nos íbamos a ver hasta mediados de septiembre se me ocurrió plantear la pregunta que da origen a esta reflexión: ¿cuál es la mejor red social?
Hay que advertir que en este grupo hay chicos y chicas que tienen dificultades con las redes sociales, pero también hay adolescentes que tienen dificultades de otros tipos.
Se estableció un animado coloquio sobre cuál es la red social mejor: Tiktok, Instagram… El debate no carecía de altura con ideas y confrontos encontrados.
De pronto me quedé mirando a Luisa (nombre inventado) una de las últimas personas que entraron en el grupo, tengo que decir que viene por problemas de adicción a Internet y videojuegos, que estaba en un rincón, silla contra la pared y pies levantados del suelo, y le digo:

Luisa: ¿estás aquí?. Por primera vez en cinco o seis meses no me miró desafiante, simplemente meneó la cabeza y me espetó: “Tu, y tus preguntitas” … Se cayó como para tomar aire y de seguido soltó: Mira, nosotros ahora vamos a estar con nuestros papis … ¡Qué es lo que más nos gusta! (con ironía, con rabia). Dos p…. meses con ellos y sin el p…. móvil, ordenata, internet,… ¡Qué quieres que te digamos!”

Puede haber alternativas, dije. Hemos hablado de negociar con vuestros padres, de encontrar otras maneras de pasar el verano. Manu se va de nuevo al campamento con su grupo de scouts, Alegría ha decido ir a unas colonias de ingles, Javi va con sus abuelos al pueblo después de tres años…

¡Y yo! Estalló Luisa, a morirme a (da el nombre del pueblo) que tiene quince vecinos porque tu le has comido el tarro a mis padres. Allí no hay internet, solo vacas…

Antes que pudiera responder, Manu que también vino hace un año por problemas como los de Luisa y con un intento autolítico, le dice: Luisa, yo no he hablado pero iba a decir que la mejor red social es la mesa del parque que estuvimos el otro día, desde hacía mucho tiempo siempre que hablaba con alguien lo hacia a través del Whatsapp o de Instagram. Estábamos solos, ni siquiera estaba Luis y lo pasamos genial, y tu eres super divertida, nos hiciste reir a todos.
El grupo siguió por esta senda y al acabar el mismo y como cierre les dije que me habían dado una gran lección después de valorar todas las intervenciones.
En muchas ocasiones nos encontramos en un sitio donde alrededor de la mesa todos están mirando a la pantalla del dispositivo móvil y nos hemos olvidado del cara a cara, de las autenticas posibilidades del contacto que tenemos cada uno de nosotros, de la red de interacciones que podemos generar.

La mejor red social es una mesa a la cual podemos juntarnos todos y contar, o no, lo que queramos para sentirnos parte de un todo diferente.
Este es un buen momento para dejar las pantallas y mirarnos a los ojos y sonreír sin ningún “bozal” o “mascarilla”

“Adultos que habilitan” versus “adultos tapón”

landscape photograph of body of water

La semana pasada falté a la cita de escribir una nueva entrada, querría haber escrito sobre adolescencias y familias, que últimamente están llegando a consulta. Pero me he detenido porque he estado leyendo un libro sobre adolescencia que me recomendó un amigo uruguayo y me lo estoy pasando divinamente con él. Lo tengo en versión digital y lo cito a continuación.
Transcribo un apartado que lleva por título el titulo del presente post.

En una empresa familiar todo lo maneja el abuelo, el fundador, un venerable y vigoroso anciano que hace sesenta años instaló una tienda que durante tres generaciones prosperó, dio sustento y orgullo a varias familias numerosas. Sus hijos, y ahora sus nietos, conviven en el negocio familiar sin roles claros. Todos son dueños, pero al mismo tiempo ninguno lo es. El abuelo fundador los alienta a que tomen decisiones, pero la última palabra la tiene él. Son jefes, pero no lo son. Los incentiva a que incorporen tecnología, pero cuando lo hacen, la rechaza. Los critica por timoratos, por inmaduros, y hasta por inservibles: «¡Todo lo termino haciendo yo.!» – dice al que quiera escucharlo – «Son unos inútiles.»
Las dos generaciones de descendientes, como es obvio, no toman demasiado bien los comentarios del abuelo. Los alienta a crecer pero no se los permite. Les pide madurez pero los trata como a niños inmaduros. El doble discurso es, francamente, irritante, pero no es fácil confrontar al venerable patriarca, el inventor del negocio.
En una consulta psicológica familiar, el nieto más chico, el más díscolo, el mandadero de la tienda, consigue reunir a las tres generaciones. Como casi siempre, el emergente del grupo es el que ve los conflictos más claramente: tres hijos, siete nietos, y el patriarca, reunidos. La sesión es todo un riesgo, pero con el nieto menor, un muchacho de 19 años, decidimos asumirlo. Parecía la única manera de aclarar las cosas.
«Yo no entiendo qué tenemos que hacer acá, pero claro, ustedes los jóvenes con tal de no trabajar hacen cualquier cosa», arranca, sin anestesia, el abuelo. Con un poco de dificultad le explicamos que el encuentro se hace para que se pongan de acuerdo. Para organizarse, repartir tareas, delegar, que todo eso es bueno para la empresa. El abuelo no está interesado en nada. “Mariconadas”, les llama. La indefinición de actividades y roles, el caos, el no crecimiento de ninguno de sus herederos permiten que el patriarca siga manejando todo a su antojo. Nadie se anima a decírselo. Temen que si se enoja pueda tener un quebranto de salud. Una mezcla de respeto y miedo les impide enfrentarlo.
Pero el más chico de todos se anima, se lo dice muy directamente: «Abuelo yo te quiero, sos mi ídolo, pero si no te jubilás de una vez, nos estás cagando la vida a todos.»
Fue como una bomba atómica. Nadie se había animado nunca a decir algo tan directo, pero todos lo sentían. Era un secreto a voces que la tranca para el crecimiento de la empresa familiar, y para cada uno de sus integrantes en particular, era la actitud cuasi despótica del fundador, atornillado en su lugar, no cediéndole un centímetro de espacio a nadie. Y, aunque parezca mentira, el abuelo sí pudo escuchar la verdad, dicha nada más y nada menos que por el mandadero.
La historia fue un poco más larga, la empresa terminó siendo reestructurada, y el abuelo jubilado. No todos quedaron contentos, pero el proceso de crecimiento de cada integrante de la familia en mayor o menor grado se destrancó. Dos generaciones de una familia funcionando casi como adolescentes por una actitud equivocada de quien justamente debería promover sus crecimientos. ¡Caramba!
Uno trae hijos al mundo para educarlos, y los educa para que crezcan, se supone. En muchísimos casos, por distintas causas, se hace lo contrario. Las adolescencias estiradas e interminables, muchas veces, son productos de adultos “tapón”, como el veterano fundador de la tienda. ¿En una sociedad envejecida como en la que vivimos, cuánto de la inmadurez de los muchachos y de muchos adultos se la debemos a los “tapones” de generaciones anteriores?

Tomado de: Alcuri, Alvaro. Adolesceeeencia (Spanish Edition) . Penguin Random House Grupo Editorial Uruguay. Edición de Kindle.

Buenas reflexiones. Buen trabajo

Sin manual, cámbiame al hijo/a

En la entrada anterior del blog hablamos que no existe manual para manejarnos en la etapa de la adolescencia de nuestros hijos, y recomendaba aquello de “paz” y “ciencia”. Y sobre todo “no volar todos los puentes” con el o la adolescente añadiendo la importancia de “mantener la creencia profunda en los valores y competencias del o de la adolescente”.

Mantener esa creencia es de vital importancia porque nos aleja de la tentación de hacer recaer en el profesional la responsabilidad del cambio del “elemento que se ha desviado de la norma” de la familia. Delegar en el profesional es la tentación de la familia, pero también la manzana envenenada que a veces mordemos como profesional.

Pero los auténticos profesionales del menor o del adolescente que necesita el acompañamiento son los propios padres, los adultos significativos para el menor, lo que hoy se conoce en muchos casos como los tutores de resiliencia.

Hacer entender al adulto que ellos son los verdaderos conocedores de lo que hace o no hace el menor, o al menos que pueden tener claves que otros no vamos a poder utilizar es el primer paso para comenzar un nuevo camino familiar que sirva para que de nuevo se conviertan en la base segura a la que puedan retornar en los momentos en que más lo necesiten.

Es volver a responsabilizar a los adultos en aquello que hemos oído tantas veces: “educar es sembrar y saber esperar”. Ya sabemos que educar es una tarea en la que, a veces, cunde el desánimo. Por ello es preciso, para los profesionales que estamos en el entorno de la familia, recordar que el hecho educativo es complejo.

Tirar la toalla no es una opción por mucho que cunda el desánimo y se instale el desaliento, que es lo que traen las familias a consulta. Retomar, cual gota malaya, la idea que los padres son los mejores conocedores de sus hijos, que la impresión de que los valores que se han inculcado en el hogar, en la familia, en la escuela han desaparecido, es eso una impresión. Que el profesional «no va a cambiar al adolescente», que en el cambio están implicados todos los miembros de la familia, al menos la nuclear.

Y esto repetirlo en la primera, en la segunda, … en la última sesión. Recordando que tenemos que pegarnos a las familias, a su estilo relacional y comunicacional. Pero también el del adolescente que en esos momentos puede ser diferente al de la propia familia. Si no podemos olvidarnos que en la etapa de la adolescencia el menor está experimentando “el ser único” y no tiene porque convertirse, ni pretender que se convierta, en la “imagen y semejanza” de su propia familia, o “del niño perdido/soñado por los adultos” con los que convive. Hay que estar atentos a no admitir la delegación del cambio en las interacciones y comunicaciones de la familia.

Por lo tanto para los padres de los adolescentes, esos profesionales del hijo o de la hija tienen que volver a creer en ellos mismos, en que el momento en el que están viviendo es el de café diario para charlar sobre la educación de los hijos, de negociar sus discrepancias sobre esa educación y otras cosas. Es el momento de zanjar de inmediato los problemas de convivencia, y hablar con ellos sobre el tema. Hablar, quieran o no quieran. Y recordar que son y seguirán siendo familia.

Nos venden la moto … pero solo el chasis

Estoy, como lo estamos todos, martilleado una y otra vez con la especie que los jóvenes son los «culpables de la situación actual de la pandemia». Es bien cierto que hay muchos contagiados y en franjas de edad menores que en las otras olas, pero hay algunas cosas que voy a reflexionar a lo largo de estos días. Hoy solo voy a apuntarlas

Para todos los que trabajamos en el mundo de la salud desde el campo de la sociología conocemos el poderoso efecto de la cultura tanto en la salud como en la medicina. La cultura afecta la forma como las personas interactúan con los miembros de los diversos sistemas de salud (incluso con los chamanes, curanderos, …); pero también, la cultura, afecta a cómo se relacionan, cuando están enfermos, con sus familias, compañeros de trabajo, entorno, etc. Incluso sobre su concepto de salud.

¿Hay algunos problemas de salud que son característicos de una sociedad concreta? ¿de una cultura concreta? ¿Quién dice qué (quién define) es enfermedad? ¿Varía el cuidado de la enfermedad de una nación a otra? ¿de una ciudad a otra? ¿de un pueblo a otro? ¿de una clase social a otra?.

Partimos de dos grandes hechos: que las comunidades en las que las personas viven tienen un impacto en su salud y que la cultura, también, contribuye en las diferencias en el cuidado médico e incluso en cómo se define la salud. De hecho utilizamos el término síndrome cultural se refiere a una enfermedad o dolencia que no se puede entender sin tener en cuenta el contexto social específico del que proviene.

Planteémonos estas ideas en la situación actual de pandemia que vivimos y podremos extraer tres conclusiones rápidas.

  1. Vivimos en una sociedad occidental en la que la medicina ha trasladado una idea poderosa a nuestras mentes: para cualquier enfermedad va a haber una cura. El gran paradigma médico lo ha invadido todo. Pero esto tiene una contrapartida la medicalización de la sociedad es obvia, pero para nosotros esta obviedad provoca, guste o no, el control social por parte de la medicina como institución social.
  2. Hay desigualdades en el cuidado de la salud. No solo tenemos la medicalización porque nos podemos plantear quién se está beneficiando de esta pandemia, quien la está sufriendo más, quién está dominando a expensas de los otros (¿por qué unas vacunas y no otras? ¿Quién y con qué criterios se están distribuyendo? ¿Qué profesionales están más sobrecargados?…). Las respuestas a estas preguntas nos pueden dar para varios comentarios.
  3. Desde otra perspectiva podemos analizar la enfermedad y podemos afirmar que conlleva rupturas en nuestras interacciones sociales, tanto en el trabajo como en el hogar. Por lo que estar enfermo obliga, por tanto, a estar controlado, y así, en principio, no son demasiadas personas a la vez las que son eximidas de sus responsabilidades sociales. Salvo cuando ocurre algo que nos sobrepasa.

Dichas estas tres conclusiones rápidas utilizando perspectivas sociológicas diferentes podemos analizar lo que está ocurriendo.

Se nos ha trasladado la idea que las vacunas “lo pueden todo”, “que las mascarillas si, no, si”, pero ahora hay que enseñar la sonrisa, o irnos de cañas, … que nuestros dirigentes saben lo que hacen y por lo tanto nos deben controlar, tanto para la salidas como para los encierros. Que no tenemos responsabilidades sociales, o individuales… Pero cuando nos sobrepasa la situación nosotros somos los culpables de la misma, porque no somos responsables individualmente. Porque el comportamiento que se les pide a las personas que se consideran enfermas tiene que ser el que “los guardianes” de las mismas nos digan lo que tenemos que hacer.

Pero en esto también hay algo kafkiano, se supone que son los médicos los que funcionan como “guardianes” del rol de enfermo. Ellos verifican la condición del paciente como “enfermo” o designan al paciente como “recuperado”. Pero ahora, en estos mismos momentos, en España, no son ellos los que lo determinan: son nuestros dirigentes, nuestros políticos, especialmente nuestro presidente del gobierno.

Esto es lo que hay por detrás de lo que nos quieren vender: “los adolescentes borrachos, incontrolados, incívicos, con sus botellones están conduciendo a nuestra sociedad a la destrucción”. Son capaces de ser “matar a sus abuelos” por no cumplir “con su responsabilidad”.

Es verdad que hay que tener “sentidiño” y que tienen que extremarse las precauciones, pero no son los únicos responsables de lo que está pasando. Somos un pueblo con una cultura que podría resumirse en la letra de la canción: Libertad sin ira. Pero que también inventamos la guerra de guerrillas. Simplemente un recuerdo

#Sentidiño #SiemprehayunaAlternativa

Sobre adicciones

En el último informe Estudes 2020 y a la hora de hablar de la percepción de riesgo se dice lo siguiente:

La percepción de riesgo da idea de en qué medida los estudiantes piensan que una determinada conducta puede ocasionar problemas. En este sentido, el riesgo asociado al consumo de drogas se comporta como un elemento protector frente al consumo y constituye un freno cuando los estudiantes se planteen consumir este tipo de sustancias psicoactivas.

¿Cuáles son las percepciones de riesgo que se asocian al consumo habitual de sustancias? El mismo informe nos dice:

Las percepciones de riesgo más elevadas se asocian con el consumo habitual de sustancias ilegales como la heroína, la cocaína en polvo o el éxtasis, para las cuales prácticamente la totalidad de los estudiantes creen que consumir dichas drogas una vez por semana o más, tendría graves consecuencias para la salud, hecho que se ha mantenido similar a lo largo de toda la seria histórica.

En relación con el consumo de 5 o 6 cañas/copas de bebidas alcohólicas en fin de semana, se observa que la percepción de riesgo asociada ha aumentado notablemente en 2018 (76,8% frente al 56,1% del 2016) coincidiendo con el descenso de consumo de alcohol en los últimos 30 días.

Por otro lado, el consumo diario de alcohol (tomar 1 o 2 cañas/copas cada día) es considerado peligroso por el 57,6% de los estudiantes, dato superior al registrado en 2016, volviendo a niveles similares a los registrados hace 4 años.

En cuanto a la sustancia ilegal más extendida, el cannabis, el 87,5% estudiantes opina que su consumo habitual puede conllevar bastantes o muchos problemas. Dicha percepción ha descendido ligeramente, coincidiendo con el leve aumento en el consumo de dicha sustancia.

El 93,8% de los estudiantes de 14 a 18 años advierte un peligro cuando se alude al consumo habitual de hipnosedantes, siendo la sustancia legal con una mayor percepción de riesgo. Evolutivamente, este año ha registrado el máximo histórico de la serie, superando en más de 6 puntos el dato obtenido en 2016 (87,7%).

Finalmente, el 88,7% de los estudiantes de 14 a 18 años piensa que el consumo diario de tabaco puede causar muchos o bastantes problemas para la salud.

Podemos decir sin temor a equivocarnos mucho que entre los estudiantes entre 14 y 18 años hay un pensamiento bastante extendido que el consumo habitual de substancias produce problemas. Pero siguen entrando nuevas remesas que contribuyen a no realizar un descenso significativo del número de consumidores.

Vamos a intentar detenernos en otros datos que no se reflejan con claridad en lo que hemos descrito.

  1. Existe un alto porcentaje de personas entre 14 y 18 años que no aparecen reflejadas en esta encuesta, de hecho el propio gobierno de España afirma que “La tasa de abandono educativo temprano se sitúa en el 16% en 2020”, es decir que “alrededor de 530.000 personas, 343.000 hombres y 186.500 mujeres, habían abandonado los estudios en 2020”.
    1. La estrategia Europea 2020 estableció en 2010 entre sus objetivos reducir el abandono escolar temprano por debajo del 10% en la UE y del 15% en España, debido a las altas tasas de nuestro país.
    2. Precisamente, uno de los objetivos principales de la LOMLOE, la ley educativa que acaba de entrar en vigor, es reducir las tasas de abandono escolar temprano en línea con los países europeos más avanzados.
    3. Desde 2010, la tasa de abandono temprano en España ha disminuido 12,1 puntos, pasando del 28,2% en 2010 al 16% en 2020, lo que supone un 43% menos. Este descenso ha sido mayor entre los hombres (13,3 puntos) que entre las mujeres (11 puntos), aunque la tasa sigue siendo en 2020 muy superior entre los varones: un 20,2% frente al 11,6%, es decir, un 74% más.
    4. Conclusión: no estamos cumpliendo los objetivos marcados. El estudio de todo esto se lo dejo a personas con mayor conocimiento que yo.
  2. Otras cuestiones que no se reflejan son otro tipo de adicciones por ejemplo el del juego. Un reciente artículo que glosaba el informe de FEJAR (Federación Española de Jugadores de Azar Rehabilitados (Fejar)) titulaba así: “España cuenta con la tasa más alta de Europa de ludópatas entre 14 y 21 años”.
    1. Pero: “Participar en apuestas no es legal en España hasta la mayoría de edad, sin embargo, –tal y como señala la Guía Clínica «Jóvenes y Juego Online», elaborada por Fejar y financiada por el Ministerio de Sanidad,– a día de hoy los mecanismos para que los operadores de juego online puedan controlar que quien está jugando es mayor de edad «son todavía insuficientes». Cualquier menor podría llegar a usurpar la identidad, por ejemplo, de uno de sus progenitores, con los datos de una tarjeta de crédito”.
    2. Propongo una tarea: apostarse a la salida de uno de los centros de apuestas que tenemos en todos los barrios y ver como pueden saltarse las prohibiciones y cómo nuestros adolescentes y jóvenes juegan en ellos.
    3. “Fejar insisten en que los jugadores patológicos son cada vez más jóvenes y que, a diferencia de lo que ocurría hace una década, en que el 75% de los casos eran adictos a las máquinas de tragaperras –y el resto a otras modalidades presenciales como rascas, quinielas…–, hoy los más jóvenes están seducidos por las apuestas deportivas y el póker en la modalidad online”.

Dejo para otro momento reflexionar sobre lo preventivo y el peso del género en todo esto. Y lanzo un par de preguntas al aire.

¿Por qué no se está hablando de todo esto? ¿Por qué “las adicciones ya no venden”?

Seguiremos charrando de todo esto

El arte de ser padres

En mi trabajo de acompañamiento a padres con hijos adolescentes a menudo les envío un comentario, una anécdota, un cuento como forma de recordar lo trabajado en sesión o reforzar aspectos que me parecen especialmente reseñables.

Algunos de estos padres me suelen también cuentos o lecturas que encuentran y que les son provechosas. A veces citan la fuente y otras no. La lectura que quiero compartir hoy no tenía fuente, pero una alumna en prácticas la escuchó o leyó y está buscándola. En cuanto la tenga la citaré.

Aquí va el cuento para que cada cual pueda extraer sus propias consecuencias y que refleja las dificultades de acompañar a hijos adolescentes en esa etapa «tan linda y caótica» como puede ser la adolescencia.

«Susi quería ir a una fiesta. ¿Y quién no? Sobre todo porque ésta no era una fiesta corriente. Se iba a celebrar en la playa. Era casi lo único de lo que habían estado hablando sus amigas durante las últimas dos semanas. Qué harían, quién estaría allí, cómo se vestirían, etc. Iba a ser la mejor fiesta del año; quizá incluso la mejor de su vida.

Pero había un problema… De hecho, uno bien grande. Su madre le había dicho que no. Susi estaba desesperada y cuanto más desesperadamente le pedía que la dejara ir, tanto más rotunda era la negativa de su madre.

  • ¡Pero va a ir todo el mundo! – le explicó Susi.
  • No me importa quién vaya a ir – la cortó su madre -. Ni aunque fuera la Reina de Inglaterra. Tú no vas.

Susi estaba decepcionada. No, mucho peor, se le había roto el corazón. Era la fiesta de su mejor amiga. ¿Cómo le iba a decir que su madre no la dejaba ir? Parecería una idiota si era la única que no acudía. Los demás se burlarían de ella. Puede que incluso dejaran de ser sus amigas si no se unía y participaba en lo que iban a hacer.

Todos o casi todos los domingos, la abuela de Susi iba a cenar. La mujer se dio cuenta de lo deprimida que estaba su nieta pero no dijo nada durante la comida. Le tocaba a Susi lavar los platos y su abuela se ofreció a ayudarla, mientras el resto de la familia se iba a la sala de estar para ver una película de vídeo.

  • ¿Qué te pasa? – le preguntó la abuela en cuanto la joven metió de mala manera los platos en el fregadero lleno de agua y de espuma. La abuela secó uno de los platos con un trozo de papel de cocina.
  • Mamá no me deja ir a la fiesta de mi mejor amiga – se lamentó muy triste.
  • ¿Te ha dicho ella por qué no quiere que vayas?
  • No.
  • Entonces intenta ponerte en su lugar durante un momento – le pidió la abuela -. Si tú fueras tu madre, ¿por qué crees que dirías que no?

Susi no se había parado a pensar en eso. Sólo había prestado atención a sus deseos.

  • Bueno… – contestó después de pensar un rato – es una fiesta en la playa. Tal vez no se fíe de nosotros y crea que nos vamos a meter en líos. O que nos vamos a ahogar. Pero todos sabernos nadar y también cuidar de nosotros mismos.
  • ¿Va a ir algún adulto? – le siguió preguntando la abuela.
  • No – dijo Susi -, ¿quién quiere que sus padres anden cotilleando cuando una se lo está pasando bien?
  • Puede que sencillamente tu madre esté preocupada y no quiera que te ocurra nada malo.
  • Eso no pasará – le aseguró la chica.
  • Quizá tengas razón – insistió la abuela -, pero es probable que tu madre no lo crea y que tenga miedo. ¿Sabes? Cuando tu madre tenía tu edad, jugábamos a un juego. Me parece que las dos sabíamos que lo estábamos haciendo, pero seguíamos adelante y fingíamos que no era así. Si quería salir a algún sitio, yo le preguntaba que a qué hora quería que fuera a buscarla. Siempre le sumaba una o dos horas, corno… bueno, decía, por ejemplo, las once o las doce, creyendo que yo no sabía lo que en realidad pretendía. Yo la decía que eso era demasiado tarde y que la quería en casa a las nueve. Ella se opondría y, al final, nos pondríamos de acuerdo en las diez o las diez y media, que era precisamente la hora que ambas habíamos tenido en mente desde el principio. Así ninguna de las dos ganaba o perdía; así ella podía salir y hacer más o menos lo que quisiera, pero yo conseguía verla entrar en casa a una hora razonable. Al encontrar un término medio, las dos obteníamos lo que queríamos. Aunque posiblemente no todo lo que nos hubiera gustado. Estoy pensando en cómo podrías llegar a ese término medio con tu madre. ¿Qué crees que quiere?
  • Creo que quiere asegurarse de que alguien nos supervisa – respondió Susi y añadió rápidamente – ¡Pero no querernos que haya adultos fisgando lo que hacernos!
  • Entonces… ¿Cómo harás para que tu madre se contente sabiendo que alguien cuida de vosotros, aunque no sea un adulto que os incomode?
  • Pues no lo sé – admitió Susi -. Creo que no hay manera de hacer eso. Mamá quiere estar ahí y dudo que mis amigos lo acepten.
  • Bueno, insisto, ¿y si llegáis a un término medio que os satisfaga a las dos? ¿Y si tu madre te deja allí y se queda con el coche en el aparcamiento, estudiando los apuntes del curso ése que está haciendo? ¿O se mete en una de las cafeterías que hay junto a la playa, se lleva su portátil y trabaja en los deberes de su curso? Así podrá echar un vistazo de vez en cuando para asegurarse de que no te ahogas. Tal vez incluso pueda darse una vuelta por el paseo y supervisarte, mientras tú estás de fiesta.

La abuela se dio cuenta de que su nieta se lo estaba pensando.

  • ¿ Cuándo crees que podrás sentarte a hablar con tu madre de lo que ella quiere, de lo que a ti te gustaría y del acuerdo al que podéis llegar? – indagó la abuela.

Terminaron de fregar y de secar los platos y se reunieron tranquilamente con el resto de la familia en la sala de estar. Al domingo siguiente, la abuela se sintió feliz al saber lo bien que se lo había pasado Susi en la fiesta de la playa que se había celebrado el día anterior. También le gustó saber que su hija (la madre de Susi) se lo había pasado estupendamente dando paseos y sentándose en una cafetería con el ordenador portátil para avanzar en sus trabajos. Al terminar la fiesta, Susi se había reunido con ella en la cafetería.

Aunque bien pensado podría haber titulado el arte de ser abuela o la escucha activa puesta en práctica

Luis Vilas

Ante la sospecha de consumos

Una cuestión que siempre surge en las charlas con los padres o tutores es plantear cuales son los signos de sospecha de consumos de drogas (alcohol, cannabis, etc.)

Desde hace muchos años señalo que los signos de alarma pueden ser:

  • Cambio brusco en el cuidado y aseo personal.
  • Trastornos del sueño con insomnio y/o pesadillas y temblores.
  • Pérdida de peso o apetito excesivo.
  • Disminución del rendimiento escolar o abandono de los estudios.
  • Aislamiento físico, tendencia a aislarse en su habitación.
  • Disminución de la comunicación verbal y afectiva.
  • Empobrecimiento del vocabulario.
  • Abandono de aficiones e intereses.
  • Cambios bruscos de humor.
  • Pérdida de responsabilidad.

Pero nada sustituye una buena mesa camilla para poder hablar de cualquier tema.

5 o 10 minutos para poder hablar de cómo ha ido el día pueden obrar milagros, incluso en esa etapa de la adolescencia en la cual el grupo de pares (iguales) parece tener mucha más fuerza que el grupo familiar. Aunque hay que saber respetar los silencios adolescentes, con un simple acompañamiento de estar presente.

(1) Los signos de alarma pueden encontrarse en casi todas las páginas que comparten ideas sobre la prevención en adicciones. Las principales son las del PND y las de la FAD

Relájate … relájate tu

Siempre me ha llamado la atención como los hipnotizadores consiguen introducir frases, u órdenes, complejas que achacaban realizando su función: hacer lo que ellos quieran. Porque hasta lo que se me alcanza a nadie le gusta recibir órdenes, y en algunos casos, tampoco obedecerlas.

Me han llegado a contar anécdotas graciosas sobre este tema, pero la que más me ha llamado la atención ha sido una en la que un médico, hipnotizador, tenía una paciente que cada vez que su marido le decía: «relájate», ella solía responder con un: «deja de decirme que me relaje y empieza a relajarte tu». Y parece que eso surtía unos efectos casi inmediatos en el marido.

Viene esto a cuento porque estaba leyendo un articulo sobre el discurso político y explicando algunas cuestiones ponen como ejemplo la siguiente frase:

Sé que estáis cansados de que todos os digamos «vota por mi sindicato» o «vota por mi», y de hecho yo no he venido decirlo…

No he podido volver a recordar el cómo nos venden la moto. ¿El truco?

Utilizar verbos en imperativo que el inconsciente del oyente (o del lector) obedece sin que lo advierta, porque la complejidad del mensaje así lo hace.

Por eso con los padres, especialmente los que tienen adolescentes, realizo con ellos alguna simulación (modelaje) con la utilización de verbos de «orden» para trabajar los límites y normas.

BUEN TRABAJO

Yo controlo

Hace unos pocos mensajes hablaba del síndrome de la cabaña; comentaba alguna de las reacciones y comentarios recibidos entre ellos uno que da pie al título: «yo no quiero ir a tomar una copa».

Pues bien, la semana pasada me han hecho varias consultas, alguna de las que dieron pie al otro comentario, preguntando sobre alguna de las cuestiones que tienen que ver con lo que yo denomino «lios con el alcohol».

Una de las lecciones que aprendí en su momento como trabajador en primera línea de drogodependencias, fue la frase: «Yo controlo». Cuando alguien te la espeta a modo de misil para que no sigas preguntando «tu sentido aracnido» debe ponerte en guardía.

Y entonces comienzas a plantear cuestiones que pueden hacerte real la hipótesis que manejas. Tenemos delante un lío con alguna «adicción». Es importante recordar que desde un uso inadecuado hasta la adicción hay un recorrido que dependiendo de la persona, el momento vital o la sustancia de la adicción va a cambiar de tiempo e intensidad.

Síntomas de sufrir una adicción:

  • Perdida de interés en aficiones o actividades que antes creían importantes
  • Cambios repentinos de de amigos, personas significativas, etc.
  • Alteraciones bruscas del estado de ánimo
  • Cambios de peso
  • Irritabilididad
  • Ansiedad, …

Si necesitas ayuda contacta con nosotros. Somos un equipo con más de 25 años de experiencia.

  • En nuestro centro atendemos a población de todas las edades y demandas.
  • Contamos con profesionales especializados en diferentes ámbitos, ofrececemos una respuesta adaptada a las necesidades de la persona.
  • Además, contamos con convenios de colaboración y programas benéficos que facilitan el acceso a psicoterapia a cualquiera que lo necesite.

#Trabajandoconadicciones_rv_psicoterapia

Sentidiño

Aquellos que me conocen saben que soy de nacimiento gallego y de derecho foral aragonés, ¡tantos años a la orilla del Ebro!. Hago esta primera declaración por el título del artículo semanal.

Hoy voy a dejar de lado la serie que he venido realizando sobre como se puede manipular sutilmente con el lenguaje. Voy a dar rienda suelta a alguno de “mis temas”.

Este, de hoy, tiene que ver con algunas noticias que están apareciendo sobre contagios del COVID-19 entre jóvenes de distintos puntos de nuestra geografía. Y viene al pelo con una situación protagonizada por mí ayer por la tarde.

Tengo mi despacho profesional en una de las zonas de Zaragoza donde aparcar se convierte en una excursión de caza, de caza del sitio para poder ponerlo en una zona azul o en una de color naranja, que así tenemos dividido nuestro suelo en esta bendita ciudad. Pues cuando no tienes aparcamiento en la tienes que acabar en alguno de los parkings, caros por lo general, que pueblan el centro urbano.

Uno de ellos está cerca de uno de las plazas donde “acampan y patrullan” nuestros adolescentes. En el día de ayer para llegar a donde tenía aparcado el coche tuve que cruzar dicha plaza. La aglomeración de jóvenes y adolescentes, todos sin mascarillas, y algunos sentados encima de otros, era como si la normalidad se hubiese instaurado ya. Parecía que no había pasado nada.

Después de un par de empujes, por las dinámicas de relación y juegos que estaban llevando, llegó un momento no podía pasar porque habían formado una especie de muralla entre dos bancos bastante separados.

Pienso que con amabilidad les pedí por favor paso, yo iba con mi mascarilla, y escuché el comentario de “este viejo va con mascarilla” y risitas. Efectivamente ya tengo mi edad y peino canas.

Pero como no puedo sacudirme el rol de educador se me ocurrió volverme hacia el lugar de donde había partido la voz y decir:

  • “Deberíais tener un poco sentidiño”.
  • Respuesta de una adolescente de no más de dieciséis años: “Yo siento mucho”
  • “No, lo que os digo es que tengáis un poco de sentido (llevándome un dedo a la frente), ¿entiendes?”
  • «Me estas llamando loca, porque allí esta mi madre y es abogada.»
  • La miro, me sonrío y le digo «pues nos veremos en los tribunales.»

Entonces una amiga, o lo que fuera, le dice: «oye que el señor tiene razón que nos pueden poner una multa por no llevar mascarilla.»

  • “No jodas, tia”, respuesta de mi interlocutora.

Se vuelve para mi y le digo: “pues eso, sentidiño”

Me habían abierto camino y yo seguí para buscar mi coche. Antes de coger el ascensor de bajada miré hacia donde estaban y algunos, pocos, se habían puesto la mascarilla.

No, el COVID-19 no está vencido y el futuro no es muy halagüeño. Pues eso, sentidiño. Esto no está terminado, aunque haya cantos de sirena de cierta normalidad

#VenceremosNos

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