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Recientemente coloqué en Facebook un texto del"Espiritu de las Leyes", ahora lo transcribo de nuevo por aquí:
“En cada Estado hay tres clases de poderes: el legislativo, el ejecutivo de las cosas pertenecientes al derecho de gentes, y el ejecutivo de las que pertenecen al civil.
Por el primero, el príncipe o el magistrado hace las leyes para cierto tiempo o para siempre, y corrige o deroga las que están hechas. Por el segundo, hace la paz o la guerra, envía o recibe embajadores, establece la seguridad y previene las invasiones; y por el tercero, castiga los crímenes o decide las contiendas de los particulares. Este último se llamará poder judicial; y el otro, simplemente, poder ejecutivo del Estado (...).
Cuando los poderes legislativo y ejecutivo se hallan reunidos en una misma persona o corporación, entonces no hay libertad, porque es de temer que el monarca o el senado hagan leyes tiránicas para ejecutarlas del mismo modo.
Así sucede también cuando el poder judicial no está separado del poder legislativo y del ejecutivo. Estando unido al primero, el imperio sobre la vida y la libertad de los ciudadanos sería arbitrario, por ser uno mismo el juez y el legislador y, estando unido al segundo, sería tiránico, por cuanto gozaría el juez de la fuerza misma que un agresor.
En el Estado en que un hombre solo, o una sola corporación de próceres, o de nobles, o del pueblo administrase los tres poderes, y tuviese la facultad de hacer las leyes, de ejecutar las resoluciones públicas y de juzgar los crímenes y contiendas de los particulares, todo se perdería enteramente.”

Montesquieu. El espíritu de las leyes. 1748.

Recientemente, el viernes pasado (4/10/2013), hemos conocido la sentencia del denominado "caso Malaya" (se refiere al "saqueo" político del ayuntamiento de Marbella, disuelto en 2006, y cuyos orígenes se sitúan en la gestión del fallecido Jesús Gil(1)), mientras preparo una entrada sobre la obra poética de Concepción Arenal reparo en la siguiente fábula que viene como anillo al dedo sobre la situación en la que nos encontramos.

EL TESTAMENTO DEL LEÓN

Cerca se hallaba un león
De sus dolores postreros,
Y tigres, panteras, lobos,
Todos amigos o deudos,

Dábanle muy compungidos
Mil inútiles consejos,
Meditando cada cual
Por qué industria o por qué medio
Pescará la mayor parte
De los bienes del enfermo,

Que se murió hasta la cola
Sin hacer el menor gesto,
Sin decir una palabra
Ni otorgar su testamento.

Notáronlo cuatro o seis
Que alejaron de allí el resto,
«Por ver si logra decían
El paciente algún sosiego.»

En busca de un escribano
Uno de ellos fue corriendo,
En tanto que los demás
Atan al real pescuezo,

Con disimulo, un cordel
Que en la melena encubierto
Y entre la ropa después
Baja hasta cerca del suelo,

A beneficio del cual
Tirando, sin gran esfuerzo,
Del difunto a la cabeza
Comunique movimiento.

Cuando a su satisfacción
Todo se hallaba dispuesto,
Dan entrada a los testigos
Y al escribano con ellos,

Que era un respetable zorro
Notario mayor del reino,
Al cual hicieron presente
El estado del enfermo,

Que hablar no le permitía,
Aunque el oído perfecto
Conservaba, y la cabeza
En cabal conocimiento.

Presentáronle unas notas
Que el rey mismo había puesto,
En las cuales expresaba
Su voluntad y deseo.

Mas por si hubiese cambiado
En el instante supremo,
Las cláusulas una a una
Irle podía leyendo,
Y él por señas le daría
O no, su consentimiento.

Hízose así; preguntaba
El escribano, y corriendo
Tiraba del cordelito
Uno de los herederos,
E inclinaba la cabeza
Para decir que sí el muerto.

Echólo de ver el zorro
(Que no debía ser lerdo)
Y quiso tener su parte
Lucrativa en el enredo.

Pregunta con gravedad
Si el rey, de su amor en premio,
Al infrascrito escribano
Deja trescientos mil pesos.

A la pregunta siguióse
De la sorpresa el silencio,
Sin que el testador hiciera
El más leve movimiento;

Lo cual visto por el zorro
Dijo al vecino muy quedo:
«O se tira para todos,
O está para todos muerto.»

El de la cuerda, pensando
Que no había otro remedio,
Tiró para el escribano
E hízole coheredero;
Que mal puede castigar
Quien es de crímenes reo.

Por eso hace tanto daño
Desde arriba el mal ejemplo.
Cómplices o acusadores
Han de ser los subalternos
Del jefe, que lo es en vano
No siendo en virtud primero.

Para reprender al malo
Es la condición ser bueno
Sin lo cual la autoridad
Es vana, vano el derecho.

 

Una reflexión a "bote pronto":

"Que mal puede castigar quién es de crímenes reo. Por eso hace tanto daño desde arriba el mal ejemplo ... para reprender al malo es la condición ser bueno. Sin lo cual la autoridad es vana, vano el derecho".

Muchas veces ejercemos cada cuatro años nuestros deberes, votamos y nos volvemos para nuestras casa y nuestros quehaceres cotidianos, y nos olvidamos que somos cómplices necesarios para que una determinada política sea aplicada. Pero también nos olvidamos que hemos suscrito con aquellos que nos representan un contrato que tienen que cumplir.

Los políticos españoles, aunque elegidos por unos individuos (la oligarquía de sus partidos correspondientes) no solo tienen que dar cuentas ante ellos, sino también con quién han suscrito el contrato: con todos y cada uno de nosotros (con "Juan pueblo", como se decía en tiempos de Concepción Arenal y hasta hace muy poco"). Y si solo lo hacen a una parte están rompiendo el contrato con la otra, por lo tanto es hora de demandarles las clausulas con las que se han presentado a las elecciones: o cambian de jinete o jinetes o se van "al paro".

Pero a un paro de verdad, porque los privilegios que mantienen deben desaparecer si no cumplen con el contrato que han establecido. Porque ya no son autoridad, han dejado de "ser buenos" y por lo tanto han dejado de hacer "en derecho".

 

(1) Para un primer acercamiento sobre la figura de Jesús Gil y Gil puedes pinchar aquí

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