Sin manual, cámbiame al hijo/a

En la entrada anterior del blog hablamos que no existe manual para manejarnos en la etapa de la adolescencia de nuestros hijos, y recomendaba aquello de “paz” y “ciencia”. Y sobre todo “no volar todos los puentes” con el o la adolescente añadiendo la importancia de “mantener la creencia profunda en los valores y competencias del o de la adolescente”.

Mantener esa creencia es de vital importancia porque nos aleja de la tentación de hacer recaer en el profesional la responsabilidad del cambio del “elemento que se ha desviado de la norma” de la familia. Delegar en el profesional es la tentación de la familia, pero también la manzana envenenada que a veces mordemos como profesional.

Pero los auténticos profesionales del menor o del adolescente que necesita el acompañamiento son los propios padres, los adultos significativos para el menor, lo que hoy se conoce en muchos casos como los tutores de resiliencia.

Hacer entender al adulto que ellos son los verdaderos conocedores de lo que hace o no hace el menor, o al menos que pueden tener claves que otros no vamos a poder utilizar es el primer paso para comenzar un nuevo camino familiar que sirva para que de nuevo se conviertan en la base segura a la que puedan retornar en los momentos en que más lo necesiten.

Es volver a responsabilizar a los adultos en aquello que hemos oído tantas veces: “educar es sembrar y saber esperar”. Ya sabemos que educar es una tarea en la que, a veces, cunde el desánimo. Por ello es preciso, para los profesionales que estamos en el entorno de la familia, recordar que el hecho educativo es complejo.

Tirar la toalla no es una opción por mucho que cunda el desánimo y se instale el desaliento, que es lo que traen las familias a consulta. Retomar, cual gota malaya, la idea que los padres son los mejores conocedores de sus hijos, que la impresión de que los valores que se han inculcado en el hogar, en la familia, en la escuela han desaparecido, es eso una impresión. Que el profesional «no va a cambiar al adolescente», que en el cambio están implicados todos los miembros de la familia, al menos la nuclear.

Y esto repetirlo en la primera, en la segunda, … en la última sesión. Recordando que tenemos que pegarnos a las familias, a su estilo relacional y comunicacional. Pero también el del adolescente que en esos momentos puede ser diferente al de la propia familia. Si no podemos olvidarnos que en la etapa de la adolescencia el menor está experimentando “el ser único” y no tiene porque convertirse, ni pretender que se convierta, en la “imagen y semejanza” de su propia familia, o “del niño perdido/soñado por los adultos” con los que convive. Hay que estar atentos a no admitir la delegación del cambio en las interacciones y comunicaciones de la familia.

Por lo tanto para los padres de los adolescentes, esos profesionales del hijo o de la hija tienen que volver a creer en ellos mismos, en que el momento en el que están viviendo es el de café diario para charlar sobre la educación de los hijos, de negociar sus discrepancias sobre esa educación y otras cosas. Es el momento de zanjar de inmediato los problemas de convivencia, y hablar con ellos sobre el tema. Hablar, quieran o no quieran. Y recordar que son y seguirán siendo familia.

Sobre la superioridad moral

Iba en el autobus camino de regreso a casa cuando escuché un debate sobre quién era mejor, si la mujer o el hombre. No pude más que recordar a Concepción Arenal en La mujer del Porvenir.

Si me preguntas si tercié, si qué lo hice, y les cité el libro y el de Maria José Lacalzada: La otrs mitad del genero humano.

La perona que me acompaba me espetó un «siempre haciendo amigos». Frases para un debate:

¿Qué es la superioridad moral? Comparando dos seres libres y responsables, es moralmente superior al otro aquel que tenga más bondad y más virtud, aquel que sienta menos impulsos malos o los enfrene con mayor energía, aquel que haga más bien y menos mal a sus semejantes, y para decirlo brevemente: aquel que sea mejor. ¿El hombre es mejor que la mujer? Investiguémoslo.

La bondad es sensibilidad, compasión y paciencia. ¿El hombre es tan sensible, tan compasivo y tan paciente como la mujer? Suponemos que no habrá ninguno bastante obcecado para responder afirmativamente; mas por si lo hubiere, que al cabo existen en el mundo seres inverosímiles, nos haremos cargo de algunos hechos de tanto bulto, que quien no los vea podrá palparlos.

La paciencia de la mujer, facultad que tiene bien ejercitada, se echa de ver en todas las situaciones de la vida. Niña, empieza a auxiliar a su madre, a cuidar a sus hermanos pequeñuelos, a ocuparse en faenas minuciosas y en labores de un trabajo prolijo, que acepta sin murmurar, y a que sería difícil, si no imposible, sujetar a ningún niño. Madre, tiene con sus hijos una paciencia verdaderamente infinita, de que ni remotamente es capaz el hombre. Sin que creamos que todos los maridos son unos tiranos, sabiendo, por el contrario, que hay muchos, muchísimos muy buenos, y que casi todos son mejores de lo que debería esperarse dadas las leyes, las opiniones y el estado de inferioridad intelectual de la mujer, no obstante, no nos parece dudoso que, generalmente hablando, la paz de los matrimonios exige mayor paciencia de la esposa, que, con pocas excepciones, es la más paciente.

Teniendo menos fuerza, es providencial que la mujer tenga más paciencia; si no, sucumbiría en una lucha fácil de provocar e imposible de sostener.

Que la sensibilidad de la mujer es mayor se ve harto claro, aun sin observarla; todo la conmueve, todo la impresiona más que al hombre. Se asusta, se exalta, se entusiasma, adivina antes que él. Su ¡ay! es el primero que se escucha, su lágrima la primera que brilla; los dolores le duelen más, y cuando el hombre se estremece, ella tiene una convulsión. El fisiólogo dice que es más irritable, el vulgo que es más débil; pero todos convienen, porque es evidente para todos, en que es más sensible.

¿Quién cuida del niño abandonado, del enfermo desvalido y del anciano decrépito? ¿Quién halla disculpa para todos los extravíos del triste? ¿Quién tiene lágrimas para todos los afligidos? ¿Quién no puede ver llanto sin llorar? ¿Quién padece con los que sufren y es compasiva como la mujer? No suele el hombre afligirse al par de ella de los ajenos dolores, ni afanarse tanto por buscarles alivio.

Siendo más paciente, más sensible y más compasiva, ¿no podremos concluir que es mejor?

Y si cuando se trata de consolar a los tristes la mujer se presenta la primera, ¿lo es también para hacer desgraciados, para causar mal? ¿Infringe los preceptos de Dios y las leyes humanas, ataca la honra, la vida y la propiedad con tanta frecuencia como el hombre? Aquí responden los números.

La mujer del porvenir. Concepción Arenal

Sobre la escuela

Tengo la suerte de poder contar con amigos en casi todos los sitios y con condiciones y pensamientos no solo diferentes, si no en muchos casos contarios. Diría más, en algunos casos extremadamente contrarios.

Pero ello me lleva reflexionar sobre las conversaciones que tenemos. Recientemente discutíamos tres viejos colegas sobre el tema de la desmotivación de los adolescentes, sobre todo con las dificultades que algunos se encuentran para, simplemente, salir de casa.

Entre las cuestiones que abordabamos solté una de «mis perlas»: pienso que en estos momentos la institución escolar cumple una función, entre otras, de estabulación de nuestros adolescentes.

Así, sin anestesia, a lo bruto, daba varios criterios y ejemplos. Hoy sin quererlo me he encontrado leyendo un viejo libro: Psicología Social de la Educacion de David W. Johnson de la Editorial Kapelusz, del año 1972. Me cayó del montón de libros que estoy trasladando y al recogerlo se me ocurrió hojearlo. En su págima 27 dice:

La escuela constituye un tipo especial de ente social organizado. Una organización social es un tipo de sistema social. Un sistema es un complejo de elementos en interacción mutua (Griffiths, 1965). Límites bien definidos separan el sistema de su medio, que esto aquello que se encuentra fuera del sistema.

(El subrayado es mío)

Vaya, exclamé. Si ya sé que me diréis que la escuela es un sistema abierto y que todo sistema abierto implica un flujo de energía que entra en el sistema y lo abandona, volviendo al medio. Y que dentro del sistema esa energía se transforma. Ya, lo acepto. Pero permitirme recordar que existen dos clases de entradas de energía en el sistema: una que transforma y otra que es transforamada (aquí habría que recordar a nuestro añorado Paulo Freire).

Bien, después de esto mi pregunta sigue siendo ¿qué «demonios» está pasando para que cada vez nos encontremos con alumnos, y algunos muy brillantes, acaben en tal desmotivación que dejen de asistir al centro educativo?

No me valen las respuestas simplistas: «no tienen fe en el futuro, porque vivirán peor que nosotros», «que lo tienen todo», «que estan enganchados a las maquinetas», «que la educación en tanto «dadora de titulos» ya no es instrumento de movilidad social», etc. Siempre ha habido una amplia variabilidad de conductas de los integrantes del «sistema educativo», dentro que tengamos en cuenta que para que ese sistema funcione, «con cierta eficacia», los «objetivos y la conducta de sus miembros tienen que ser relativamente estables».

Y creo, esto solo es un creo, que en estos momentos, en determinados «ambientes y lugares» de ese sistema social, lo que está primando es la «estabilidad de las conductas», es decir la estabulación.

Debate educativo

Por alguna razón esta mañana se ha convertido en un poco de guerra en el intercambio de mensajes entre viejos compañeros de fatigas «educacionales»

En medio del fragor acabamos hablando de «la nueva educación», y a veces necesito darme un respiro para poder responder. Así que hoy voy a tirar de un clásico para mí:

«La frase «educar no es transmitir datos, informaciones, ni siquiera conocimientos» es muy reveladora, […] También en los inicios de la Edad Media se despreciaba el saber por sí mismo, pues solo valía en cuanto estuvira al servicio de la teología. […] Si no se transmiten conocimientos, es evidente que los estudiantes carecerán de conocimientos. Carecerán de cultura científica, filosófica y literaria. Y en quienes carecen de cultura científica, filosófica y literaria prenden con más facilidad las sectas, las religiones delirantes y los fanatismos»

Moreno, R. (2016) La conjura de los ignorantes. De cómo los pedagogos han destruido la enseñanza. Editorial Pasos Perdidos S.L. Madrid

 

Curso de Intervención Familiar

Plan de Formación para el Empleo. Curso Gratuito. 50 horas.
Organizado por UNIVERSA y financiado por el Gobierno de Aragón.

CURSO DE ESTRATEGIAS DE INTERVENCIÓN FAMILIAR EN INFANCIA Y ADOLESCENCIA.

Del 25 de Septiembre al 06 de Octubre de 2017.
Horario de 16:00 a 21:00 horas, de Lunes a Jueves.
Facultad de Ciencias Humanas y de la Educación de Huesca.

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