Sobre la Autoestima

Muchas veces no somos conscientes de lo que llevamos dentro de nosotros mismos. Hay una frase que me gusta repetir y repetirme: «Vuélvete hacia ti mismo, pues en ti habita la Verdad, y si te encuentras mudable, transciéndete». Es la frase de Agustín de Hipona que lleva rumiándose en mi mente desde hace años. Es una frase que suelo hacer llegar, en algunas ocasiones, a las personas que acompaño. Otras le envío un cuento sobre el valor de un anillo. Dice así:

Agobiado por sus conflictos internos, un joven alumno fue a visitar su anciano profesor. Y entre lágrimas, le confesó: «He venido a verte porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas ni para levantarme por las mañanas. Todo el mundo dice que no sirvo para nada, que soy inútil y mediocre. ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?» El profesor, sin mirarlo a la cara, le respondió: «Lo siento, chaval, pero ahora mismo no puedo atenderte. Primero debo resolver un problema que llevo días posponiendo.» Y haciendo una pausa, añadió: «Si tú me ayudas primero, tal vez luego yo pueda ayudarte a ti.»

El joven, cabizbajo, asintió con la cabeza. «Por supuesto, profesor, dime qué puedo hacer por ti.» Pero más allá de sus palabras, el chaval se sintió nuevamente desvalorizado. El anciano se sacó un anillo que llevaba puesto en el dedo meñique y se lo entregó al joven. «Estoy en deuda con una persona y no tengo suficiente dinero para pagarle», le explicó. «Ahora ves al mercado y vende este anillo. Eso sí, no lo entregues por menos de una moneda de oro». Seguidamente, el chaval cogió el anillo y se fue a la plaza mayor.

Una vez ahí, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Pero al pedir una moneda de oro por él, algunos se reían y otros se alejaban sin mirarlo… Derrotado, el chaval regresó a casa del profesor. Y nada más verlo, compartió con él su frustración: «Lo siento, profesor, pero es imposible conseguir lo que me has pedido. Como mucho me daban dos monedas de plata. Nadie se ha dejado engañar sobre el valor del anillo.» El anciano, atento y sonriente, le contestó: «No te preocupes. Me acabas de dar una idea. Antes de ponerle un nuevo precio, primero necesitamos saber el valor real del anillo. Anda, ves al joyero y pregúntale cuánto cuesta. Y no importa cuánto te ofrezca. No lo vendas. Vuelve de nuevo con el anillo.»

Y eso fue lo que hizo el joven. Tras un par de minutos examinando minuciosamente el anillo, el joyero lo pesó y con un tono de lo más serio, le indicó: «Menuda maravilla que has traído. Dile a tu profesor que esta joya vale como mínimo 50 monedas de oro». Y el chico, incrédulo, se fue corriendo para comunicárselo a su profesor.

El chaval llegó emocionado a casa del anciano y compartió con él lo que el joyero le había dicho. «Estupendo, gracias por la información. Ahora siéntate un momento y escucha con atención», le pidió. Y mirándole directamente a los ojos, añadió: «Tú eres como este anillo, una joya preciosa que solamente puede ser valorada por un especialista. ¿Pensabas que cualquiera podía descubrir su verdadero valor?» Y mientras el profesor volvía a colocarse el anillo en su dedo meñique, concluyó: «Todos somos como esta joya. Valiosos y únicos. Y andamos por los mercados de la vida pretendiendo que personas inexpertas nos digan cual es nuestro auténtico valor

Cuento extraído del libro “26 cuentos para pensar”, de Jorge Bucay.

Sócrates y los tres filtros

Una vez colgados los mensaje de hoy, desde el otro lado del charco me llega el siguiente mensaje:

Los tres filtros

«En la antigua Grecia, Sócrates era un maestro reconocido por su sabiduría. Un día, el gran filósofo se encontró con un conocido, que le dijo muy excitado:

  • Sócrates, ¿sabes lo que acabo de oír de uno de tus alumnos?
    • Un momento…- respondió Sócrates – Antes de decirme nada me gustaría que pasaras una pequeña prueba. Se llama la prueba del triple filtro.
  • ¿Triple filtro?
    • Eso es- continuó Sócrates – Antes de contarme lo que sea sobre mi alumno, es una buena idea pensarlo un poco y filtrar lo que vayas a decirme.
    • El primer filtro es el de la Verdad. ¿Estás completamente seguro de que lo que vas a decirme es cierto?
  • No, me acabo de enterar y…
    • Bien- dijo Sócrates – Conque no sabes si es cierto lo que quieres contarme.
    • Veamos el segundo filtro, que es el de la Bondad. ¿Quieres contarme algo bueno de mi alumno?
  • No. Todo lo contrario…
    • Así que…- le interrumpió Sócrates – quieres contarme algo malo sobre él, que no sabes siquiera si es cierto.
    • Aún puedes pasar la prueba, pues queda un tercer filtro: el filtro de la Utilidad. ¿Me va a ser útil esto que me quieres contar de mi alumno?
  • No, no mucho…
    • Por lo tanto..- concluyó Sócrates – si lo que quieres contarme puede no ser cierto, no es bueno, ni es útil, ¿para qué contarlo?»

Podemos extraer la moraleja, pero hoy en el #DesayunoconmiAmigoMario lo hemos aplicado a ciertos comunicadores que después de lo que han hablado del COVID siguen dando «doctrina» y repartiendo carnets de buenos y malos.

#EstoTambienPasará

Respuestas Kokología

Sobre el monstruo

 El monstruo es el principal problema de tu vida

A. No vives plenamente, limitándote y negándote algo constantemente.

B. Estás experimentando tormentos de amor.

C. Estás decepcionado con los demás.

D. Te sientes muy solo e incomprendido.

El abanico

El abanico es tu forma de resolver problemas en tu vida personal

A. Ocultas tu cabeza en la arena y esperas a que todo se arregle solo.

B. Tiendes a trasladar la responsabilidad a tu ser querido.

C. No huyes de los problemas, los resuelves de inmediato.

Kokología

Hace algún tiempo comenzamos una serie de talleres sobre cuentoterapia. Por diversas circunstancias no se pudo seguir con el mismo. A lo largo de este curso volveremos a iniciar la actividad y la anunciaremos con tiempo.

Viene esto a cuento porque en uno de aquellos talleres una de las participantes nos habló de la Kokología como una utilización del cuento para el autoconocimiento o para poder manejarlo en un contexto terapéutico tal como ella lo hacía.

Allá por el año 2002 me regaló un libro de los fundadores de la misma: Isamu Saito y Tadahiko Nagao (1). En él nos hacían ver que es posible descubrir aspectos de nosotros mismos a través de responder a ciertas preguntas usando la imaginación.

Era la combinación la teoría psicológica de Carl Jung, con el concepto oriental que atribuye al hombre unas cualidades premonitorias innatas. A esto podemos añadir la importancia del juego en el aprendizaje, no solo de competencias, si no también en el aprendizaje de quién, qué, cómo … somos.

Recordemos que Jung nos habla de las cuatro funciones de la mente humana: pensar, sentir, percibir e intuir. Todo ello lo pone en marcha el juego, y especialmente este juego que hace surgir de nosotros mismo aquello de lo que estamos constituidos.

Durante mucho tiempo he utilizado alguno de las propuestas de Saito y Tadahiko en mi trabajo con adolescentes y la verdad que el resultado ha sido muy bueno.

El juego consiste en escuchar o leer una historia (es mejor en grupo o al menos con alguien) y decir lo primero que acuda a tu cabeza, después de lanzar unas preguntas o unas alternativas a la situación.

  • No intentes predecir las respuestas.
  • Sé sincero contigo mismo.
  • No leas la solución por anticipado.
  • Observa las reacciones de la gente (o de la pareja que tienes en el juego) (incluidas las tuyas).
  • Y sobre todo No tengas prejuicios.
    • No hay respuestas correctas, ni incorrectas. Los juegos funcionan mejor cuando no vacilas ni sufres por tu elección de palabras.

Veamos un par de ejemplos:

Lee con atención cada pregunta, imagínala, y deja que tu intuición responda. Escribe el resultado en una hoja. Luego, consulta los resultados, que pondré en otra página a ver qué es lo que esas respuestas dicen sobre ti.

Un monstruo desconocido infunde miedo a los habitantes de la ciudad. ¿Qué crees que quiere? ¿Por qué salió del bosque?

Opciones

A. Fue expulsado por el hambre. Todo el mundo sabe que en época de hambruna los animales salvajes van a donde hay personas.

B. Está buscando a alguien de su manada. Tal vez a su pareja o, tal vez, incluso, a su cría.

C. Es una bestia salvaje salida del bosque. ¿Qué explicaciones puede haber?

D. Algo terrible sucedió en su vida. Salir a la ciudad es un intento de atraer la atención.

Tienes un abanico mágico. Si abanicas a alguien, esa persona desaparecerá. ¿En quién experimentarías el poder de este objeto?

Opciones

A. En mí mismo.

B. En la persona que amo.

C. En la persona que me da más problemas.

 

(1) En el año 2007, en una librería de una estación de ferrocarril descubrí el libro de Julia Coto con el título de Kokología. Recogía alguno de los cuentos-test de los autores anteriormente citados.

Las ovejas y el cerdo, cuentoterapia

Como sabéis utilizo los cuentos como un recurso terapéutico en el acompañamiento de adolescentes. Aunque no lo parezca, con algunos adolescentes es un buen instrumento como trabajo de introspección.

Hoy le he contado a una adolescente que “va de chulita” según palabras de su madre, y es verdad, que como le he dicho en alguna ocasión, un “poca capulla ya eres”, por los comportamientos que me narra especialmente con otras chicas.

Me permite este trato después de un tiempo que llevamos lidiando juntos y que ha mejorado en comportamientos. Pero de vez en cuando le “sale la vena” como ella dice. Hoy estabamos un poco atascados así que he decidido contarle un cuento después de que ella me haya contado una nueva andanza. Y le he pedido que saque una moraleja de la naracción. El cuento dice:

Hace mucho tiempo, un pastor que estaba cuidando de sus ovejas de pronto descubrió un cerdo regordete en el prado donde pastaban las ovejas. En cuanto pudo lo capturó, aunque tuvo que emplear algo de maña.

El cerdo chirrió con todas sus fuerzas desde el mismo instante en que el pastor lo capturó. Pegó un fuerte chirrido, de esos que se suelen dar en San Antón. Si no lo hubieseis visto coger, podriais pensar en que lo estaba matando. Pero no era así.

Una vez capturado, y puesto a buen recaudo, al caer la tarde el pastor cargó con el gorrino y se dirigió a la carnicería de la aldea.

Las ovejas estaban muy asombradas por el exagerado comportamiento del cerdo y siguieron al pastor y al cerdo hasta la salida del pasto y lo acompañaron hasta cerca de la entrada del pueblo.

  • ¿Qué te hace chillar así? – preguntó una de las ovejas -. El pastor a menudo nos atrapa para llevarnos a otro lugar. Sin embargo, por vergüenza, no hacemos un tremendo alboroto como el tuyo.
  • Para vosotras todo está bien – respondió el cerdo, mientras emitía otro chillido y una patada, que si coge al pastor le hace un buen moratón -. Cuando el pastor las atrapa solo quiere la lana; pero de mí lo quiere todo, hasta los andares, dicen los humanos.

La moraleja que ella ha extraído es que solo se puede ir de valiente cuando no hay peligro (se ha puesto del lado de las ovejas). Yo le he pedido que mire también el lado del cerdo, y del pastor.

Vosotros ¿Qué moraleja extraéis?

Algunos cambios

Para aquellos que me seguís por las redes habréis visto que estoy cambiando algunos de los comportamientos que he ido teniendo en las distintas plataformas.

En este sitio comenzaré a publicar sábados y domingos algunas cuestiones.

Los sábados será más aleatorio el comentario o el mensaje. Hoy ha sido un cuento utilizado en cuentoterapia o en los grupos que tengo de prevención de recaídas en adicciones. Pero pueden ser de temática diversa

Aquello que escriba los domingos tendrán que ver con las actividades del Despacho de Consultoría o de temas profesionales.

MAÑANA COMIENZA UNA NUEVA ETAPA

El poder de las cosas pequeñas

George Herbert escribió en 1651 un poema en el que se concluye que por un clavo se perdió un reino.

Algunos han utilizado este poema para explicar o ilustrar la teoría del caos:

cualquier acción u omisión por mínima, insignificante e inconexa que pareciera es capaz de alterar a corto, mediano o largo plazo las consecuencias.

El poema dice así:

“POR UN CLAVO SE PERDIÓ UN REINO”
“Por la falta de un clavo fue que la herradura se perdió.
Por la falta de una herradura fue que el caballo se perdió.
Por la falta de un caballo fue que el caballero se perdió.
Por la falta de un caballero fue que la batalla se perdió.
Y así como la batalla, fue que un reino se perdió.
Y todo porque fue un clavo el que faltó”.

Lo mismo me he encontrado en otro sitio ( Citado por William J. Bennett. El libro de las virtudes. Vergara. ):

(Esta famosa leyenda se basa en la muerte del rey inglés Ricardo III, cuya derrota en la batalla de Bosworth, en 1485, fue inmortalizada por el célebre verso de Shakespeare, “¡Un caballo, un caballo! ¡Mi reino por un caballo!”.

El rey Ricardo se preparaba para la batalla de su vida. Un ejército conducido por Enrique, conde de Richmond, marchaba contra él. El combate decidiría quién gobernaría Inglaterra.

La mañana de la batalla, Ricardo envió a un palafrenero a comprobar si su caballo favorito estaba preparado.

Ponle pronto las herraduras – le dijo el palafrenero al herrero -. El rey desea cabalgar al frente de sus tropas.

Tendrás que esperar – respondió el herrero -. En estos días he herrado a todo el ejército del rey, y ahora debo conseguir más hierro.

– No puedo esperar – gritó el palafrenero con impaciencia -. Los enemigos del rey avanzan, y debemos enfrentarlos en el campo. Arréglate con lo que tengas.

El herrero puso manos a la obra. Con una barra de hierro hizo cuatro herraduras. Las martilló, las moldeó y las adaptó a los cascos del caballo. Luego empezó a clavarlas. Poco después de clavar tres herraduras, descubrió que no tenía suficientes clavos para la cuarta.

– Necesito un par de clavos más – dijo -, y me llevará un tiempo sacarlos de otro lado.

– Te he dicho que no podía esperar – dijo el impaciente palafrenero. Ya oigo las trompetas. ¿No puedes apañarte con lo que tienes?

– Puedo poner la herradura, pero no quedará tan firme como las otras.

– ¿Aguantará? – preguntó el palafrenero.    

– Tal vez, pero no puedo asegurártelo.    

– Pues clávala – exclamó el palafrenero -. Y deprisa, o el rey Ricardo se enfadará con los dos.

Los ejércitos chocaron, y Ricardo estaba en lo más fiero del combate. Cabalgaba de aquí para allá, alentando a sus hombres y luchando contra sus enemigos.

¡Adelante, adelante! – gritaba, lanzando sus tropas contra las líneas de Enrique.

A lo lejos, del otro lado del campo, vio que algunos de sus hombres retrocedían. Si otros los veían, también se retirarían. Ricardo espoleó su caballo y galopó hacia la línea rota, ordenando a sus soldados que regresaran a la batalla.

Estaba en medio del campo cuando el caballo perdió una herradura. El caballo tropezó y rodó, y Ricardo cayó al suelo.

Antes que el rey pudiera tomar las riendas, el asustado animal se levantó y echó a correr. Ricardo miró en derredor. Vio que sus soldados daban media vuelta y huían, y las tropas de Enrique lo rodeaban.

Agitó la espada en el aire.

¡Un caballo! – gritó -. ¡Un caballo! ¡Mi reino por un caballo!

Pero no había ningún caballo para él.

Su ejército se había desbandado, y sus tropas sólo pensaban en salvarse. Poco después los soldados de Enrique se abalanzaron sobre él, y la batalla terminó.

Y desde esos tiempos, la gente dice:

Por falta de un clavo se perdió una herradura,

por falta de una herradura, se perdió un caballo, 

por falta de un caballo, se perdió una batalla, 

por falta de una batalla, se perdió un reino,

y todo por falta de un clavo de herradura.

El juicio de Caperucita contra el Lobo

El cuento también puede ser utilizado con usos no necesariamente terapéuticos, aunque ayuden a DESCUBRIR que la realidad tiene al menos tres caras, en este caso veremos la del juez que tuvo que lidiar con la demanda de Caperucita contra el Lobo

Visto y considerando los acontecimientos ocurridos y por todos conocidos, fallamos:

  1. Que Caperucita no desconocía que podía encontrarse con el Lobo.
  2. Que tampoco era ajena al hambre del Lobo, ni a los peligros del bosque.
  3. Que si le hubiera ofrecido la cesta de la merienda para que el Lobo calmara su hambre, no habrían ocurrido los sucesos referidos.
  4. Que el Lobo no ataca a Caperucita de inmediato y hay evidencias claras de que primero conversa con ella.
  5. Que es Caperucita quien voluntariamente le da pistas al Lobo y le señala el camino de la casa de la abuelita, lo cual claramente la convierte en cómplice.
  6. Que la anciana no es imputable ya que confunde a su nieta con el Lobo.
  7. Que cuando Caperucita llega y el Lobo está en la cama con la ropa de la abuela, Caperucita no se alarma.
  8. Que el hecho de que Caperucita confunda al Lobo con la abuelita demuestra lo poco que iba a visitarla, hecho que se tipificaría como abandono de persona anciana por parte de la joven Caperucita.
  9. Que el Lobo, con respuestas simples y directas, quiere desesperadamente alertar a Caperucita sobre su posible conducta final.
  10. Que cuando el Lobo, que ya no sabe qué más puede hacer para alertarla y se come a Caperucita, es porque ya no le quedaba otra solución.
  11. Que merece un párrafo aparte la madre de Caperucita, en quien se aprecia signo de culpabilidad por no acompañar a su hija, conociendo los peligros del bosque.

Por todo lo antes dicho, se absuelve al Señor Lobo y se dispone además:

  • Apercibir a la familia de Caperucita, imponiendo a la abuela que
    se presente en el hospital que se designe, para su observación
    gerontológica.
  • A la madre, apercibirla para que cumpla correctamente con sus
    deberes y obligaciones de madre.
  • A Caperucita,
    • Trabajo comunitario en el zoológico para que pueda conocer
      plenamente la naturaleza y el instinto animal.
    • Indemnizará al Sr. Lobo a razón de 100 € diarios y ha de
      prepararle todas las tardes la merienda durante un año.
    • A pagar las costas del proceso.

Aclarar así mismo en el presente fallo que este proceso no afecta el buen nombre y honor del señor Lobo.

Publíquese, archívese, y téngase por firme el presente fallo.

Firmado y rubricado:

CuentoTerapia- El cuento de Caperucita desde los ojos del Lobo

Poco después publicamos el cuento de Caperucita desd los ojos del LOBO.

El cuento también puede ser utilizado con usos no necesariamente terapéuticos, aunque ayuden a. Volveré en otro momento con el mismo cuento y con otro uso,
Visto y considerando los acontecimientos ocurridos y por todos conocidos, fallamos:

  1. Que Caperucita no desconocía que podía encontrarse con el Lobo.
  2. Que tampoco era ajena al hambre del Lobo, ni a los peligros del bosque.
  3. Que si le hubiera ofrecido la cesta de la merienda para que el Lobo calmara su hambre, no habrían ocurrido los sucesos referidos.
  4. Que el Lobo no ataca a Caperucita de inmediato y hay evidencias claras de que primero conversa con ella.
  5. Que es Caperucita quien voluntariamente le da pistas al Lobo y le señala el camino de la casa de la abuelita, lo cual claramente la convierte en cómplice.
  6. Que la anciana no es imputable ya que confunde a su nieta con el Lobo.
  7. Que cuando Caperucita llega y el Lobo está en la cama con la ropa de la abuela, Caperucita no se alarma.
  8. Que el hecho de que Caperucita confunda al Lobo con la abuelita demuestra lo poco que iba a visitarla, hecho que se tipificaría como abandono de persona anciana por parte de la joven Caperucita.
  9. Que el Lobo, con respuestas simples y directas, quiere desesperadamente alertar a Caperucita sobre su posible conducta final.
  10. Que cuando el Lobo, que ya no sabe qué más puede hacer para alertarla y se come a Caperucita, es porque ya no le quedaba otra solución.
  11. Que es altamente posible que antes Caperucita hiciera el amor con el Lobo e incluso lo disfrutara.
  12. Que cobra cada pvez más fuerza la versión de que Caperucita, cuando oye la pregunta del Lobo: «¿Adónde vas?» Realmente respondió: «A bañarme desnuda en el río…».
  13. Que se desprende del punto anterior que es Caperucita la que provoca los más bajos instintos brutales y depredadores, en la pobre fiera.
  14. Que el Lobo ataca, si, pero tal hecho corresponde a su propia naturaleza y a su instinto natural y animal, exacerbados por la conducta de la susodicha Caperucita.
  15. Que merece un párrafo aparte la madre de Caperucita, en quien se aprecia signo de culpabilidad por no acompañar a su hija, conociendo los peligros del bosque.

Por todo lo antes dicho, se absuelve al Señor Lobo y se dispone además:

  • Apercibir a la familia de Caperucita, imponiendo a la abuela que
    se presente en el hospital que se designe, para su observación
    gerontológica.
  • A la madre, apercibirla para que cumpla correctamente con sus
    deberes de madre.
  • A Caperucita,
    • Trabajo comunitario en el zoológico para que pueda conocer
      plenamente la naturaleza y el instinto animal.
    • Indemnizará al Sr. Lobo a razón de 100 € diarios y ha de
      prepararle todas las tardes la merienda durante un año.
    • A pagar las costas del proceso.

Aclarar así mismo en el presente fallo que este proceso no afecta el buen nombre y honor del señor Lobo.

Publíquese, archívese, y téngase por firme el presente fallo.

Firmado y rubricado:

ALBERTO RUIZ-GALLARDÓN.

CuentoTerapia – El cuento de las herramientas

Este fue uno de los primeros cuentos que utilizamos para hablar del trabajo en equipo y de los elementos que acaban realizando una composición.

En un pequeño pueblo, existía una diminuta carpintería famosa por los muebeles que allí se fabricaban. Cierto día las herramientas decidieron reunirse en asamblea para dirimir sus diferencias. Una vez estuvieron todas reunidas, el martillo, en su calidad de presidente tomó la palabra.

– Queridos compañeros, ya estamos constituidos en asamblea. ¿Cuál es el problema?.

– Tienes que dimitir – exclamaron muchas voces.

– ¿Cuál es la razón? – inquirió el martillo.

– ¡Haces demasiado ruido! – se oyó al fondo de la sala, al tiempo que las demás afirmaban con sus gestos.

– Además – agregó otra herramienta -, te pasas el día golpeando todo.

El martillo se sintió triste y frustrado.

– Está bien, me iré si eso es lo que quereis. ¿Quién se propone como presidente?.

– Yo, se autoproclamó el tornillo.

– De eso nada – gritaron varias herramientas -. Sólo sirves si das muchas vueltas y eso nos retrasa todo.

– Seré yo – exclamó la lija –

– ¡Jamás!-protesto la mayoría -. Eres muy aspera y siempre tienes fricciones con los demás.

– ¡Yo seré el próximo presidente! – anuncio el metro.

– De ninguna manera, te pasas el día midiendo a los demás como si tus medidas fueran las únicas válidas – dijo una pequeña herramienta.

En esa discusión estaban enfrascados cuando entró el carpintero y se puso a trabajar.

Utilizó todas y cada una de las herramientas en el momento oportuno. Después de unas horas de trabajo, los trozos de madera apilados en el suelo fueron convertidos en un precioso mueble listo para entregar al cliente. El carpintero se levanto, observo el mueble y sonrió al ver lo bien que había quedado. Se quitó el delantal de trabajo y salió de la carpintería.

De inmediato la Asamblea volvió a reunirse y el alicate tomo la palabra:

– Queridos compañeros, es evidente que todos tenemos defectos pero acabamos de ver que nuestras cualidades hacen posible que se puedan hacer muebles tan maravillosos como éste.

Las herramientas se miraron unas a otras sin decir nada y el alicate continuo: “son nuestras cualidades y no nuestros defectos las que nos hacen valiosas. El martillo es fuerte y eso nos hace unir muchas piezas. El tornillo también une y da fuerza allí donde no actua el martillo. La lija lima aquello que es áspero y pule la superficie. El metro es preciso y exacto, nos permite no equivocar las medidas que nos han encargado. Y así podría continuar con cada una de vosotras.

Después de aquellas palabras todas las herramientas se dieron cuenta que sólo el trabajo en equipo les hacia realmente útiles y que debían de fijarse en las virtudes de cada una para conseguir el éxito.

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