Actualidad a la luz de Concepción Arenal

Suelo utilizar parte del verano para releer a los clásicos y a cuestiones que tienen que ve con mi hobby favorito: Concepción Arenal. En este caso estoy releyendo un libro de la gran experta en el pensamiento y obra de la ilustre gallega como es María José Lacalzada, “la otra mitad del género humano” (1).

Y de pronto te encuentras con un par de citas que te explican, o te dan un poco de luz a alguna de las cuestiones que hoy están aconteciendo y que parecen que no han cambiado desde mitad o finales del siglo XIX. Si Concepción Arenal levantase la cabeza podría seguir afirmando de España:

“La falta de opinión pública y de acción pública en España, da facilidades a los abusos, opone obstáculos a todo de benéficas innovaciones, de modo que las reformas intentadas se parecen muchas veces a edificios construidos bajo un plan bueno, pero con materiales malos. El que no considere más que nuestros Códigos, supondrá que somos un pueblo que marcha rápidamente por el camino del progreso, porque aun cuando la legislación diste mucho de ser perfecta, tampoco lo son las de los pueblos más cultos, y por la comparación de sus leyes con las nuestras no se puede venir en conocimiento de nuestra inferioridad real. Depende ésta de la falta (relativa) de tres actividades:
Actividad intelectual
Actividad económica
Actividad moral en todo lo que al bien público se refiere.
Pensamos y sabemos poco; trabajamos poco y mal, y miramos las obras que son en beneficio de todos como si no nos interesaran a ninguno…”

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Y sobre la sociedad civil en general y las asociaciones en particular decía:

“Si del estudio de las leyes pasamos al de aquellas instituciones que viven, no en virtud de mandato legal, sino por la buena voluntad de los que forman parte de ellas; si consideramos la inmensa suma de bien que se realiza en otros países por miles y millones de personas que espontáneamente contribuyen a él con su trabajo, con su dinero, con grandes sacrificios a veces; si notamos que no es posible que el gobierno, ningún gobierno, ni el Estado en ninguna de sus esferas, ni la legislación
más completa y sabia vivifiquen a un pueblo cuando los legislados son masa pasiva, ciudadanos mecánicos, que no hacen otros movimientos que el que les imprime el resorte legal; si comparamos lo que en esta línea hay en otros países y en el nuestro, aparece la verdad evidente y dolorosa, y la explicación clara de nuestra inferioridad”

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Muchas veces estamos mirando fuera, esperando no sé que rayo cegador nos transforme la mirada y como nuevos “san pablos-” podamos ser aposto les de un nuevo amanecer, de un hombre nuevo, de una ciudadanía nueva, cuando nuestros males vienen de viejo y los remedios nos los han propuesto, pero no los queremos tomar como los niños huyen de los jarabes que les podrían ayudar a mejorar la salud.

No es buscar fuera de nosotros, sino aceptar lo que Agustín de Hipona decía: “Noli foras ire, in te ipsum redi, in interiore homine habitat veritas; et si tuam naturam mutabilem inveneris trascende et te ipsum.” (De vera religione C. 39, 72.) Recordemos cuando estudiábamos filosofía que este concepto es de lo más audaz que cabe imaginar. “Porque naturaleza de una cosa es, precisamente, lo que la constituye de modo permanente. Para Aristóteles es naturaleza el principio del movimiento, lo constante, idéntico en lo que aparece cambiando, aquello que hace que una cosa cambie permaneciendo sin cambiar. Y en el pensamiento moderno, naturaleza es ley invariable en las variaciones; expresión de lo que ocurre siempre de modo igual y necesario”.

La búsqueda de algo permanente, tal vez lo perfectible en el ideario areliano, es lo que realmente nos debería movilizar, y al mismo tiempo considerar el valor moral de lo que estamos realizando, asumir nuestras responsabilidades en nuestros comportamientos.

Para esto no es necesario que venga nadie de fuera a decirlo, simplemente es volver a nuestros clásicos, a reivindicar sus opiniones y sacarlas del ostracismo, cuando no de quién las quiere canonizar para su causa, con el consiguiente desmantelamiento de sus opiniones y obras por otros agentes implicados en arrebatarlos para las propias necesidades. Es reconocer, como lo hace la profesora Lacalzada, que Concepción Arenal mantiene la idea que toda persona, independientemente de sus circunstancias, puede ampliar sus capacidades de elección y perfectibilidad, transformarse moralmente, en un sentido kantiano.

(1) Lacalzada, M. J. (1994). La otra mitad del género humano: la panorámica vista por Concepción Arenal (1820-1893) (Vol. 8). Universidad de Málaga
(2) Arenal, C. (1974). La emancipación de la mujer en España, Madrid. Biblioteca Júcar. Edición y Prólogo de Mauro Armiño

Hace doscientos años, en Ferrol…

El título podría parecer el inicio de un cuento, pero la realidad es la conmemoración del nacimiento, hace doscientos años de Concepción Arenal.

Fué el 31 de enero de 1820 cuando nace la primera hija de del matrimonio formado por María Concepción de Ponte y don Ángel del Arenal, miembros de ilustres familias gallegas y santanderinas, respectivamente.

Nueve años después morirá su padre, firme defensor del liberalismo y según alguno de los biógrafos del que aprenderá a luchar por lo que cree más justo y, por supuesto, a mantener sus convicciones con gran firmeza.

Intentar abarcar lo que fue la vida y obra de Concepción Arenal es una tarea ardua, sobre todo si no se quiere poner en boca de la ilustre jurista (sociológa (iniciadora de la sociología de género en España), educadora, …, humanista) algo que realmente ella no quería expresar. Es bien cierto que unos y otros, de ambos lados del pensamiento, pero sobre todo de las ideologías, le han levantado como bandera, para todo tipo de cosas y de causas.

Hoy doscientos años después mi pequeña contribución de hoy es hacerla hablar por medio de una de su obras: La mujer del porvenir. Recomiendo su lectura, ahora tres citas de la obra.

“Si por la falta de educación de la mujer, ella y el hombre son peores y más desgraciados, peor y más desgraciada será la sociedad. La prostitución aumentará a medida de la miseria y la ignorancia de las mujeres, y en la misma proporción aumentarán las enfermedades vergonzosas que degradan las razas y los delitos que llenan las prisiones, porque es muy raro que una mujer pura sea criminal, y que en las grandes maldades de un hombre no entre por algo alguna mujer mala.

La religión, esta poderosa palanca social que debía fortificar a la mujer, queda muchas veces debilitada por ella; al desfigurarla, la desacredita; carece de conocimientos para razonar sus creencias, contesta a los argumentos de los impíos cerrando los ojos y no puede ser, como debía, el lazo entre la ciencia y la fe. La educación es imposible con la ignorancia y la falta de prestigio de la mujer. El catedrático enseña al abogado, al médico o al ingeniero; pero al hombre le educan la madre, la mujer y la hija, porque la educación dura toda la vida. En la práctica de todas las profesiones, de todas las ciencias, entra por mucho, entra por la mayor parte, el elemento moral, la honradez, la elevación de miras, el noble orgullo, el sentimiento. ¿De qué sirve un operador sin conciencia que calcula las ventajas de la operación por los miles de reales que puede valerle? ¿El abogado que defiende todas las causas malas con tal que le paguen en buena moneda? ¿El militar que se rebela por un grado? ¿El notario que da fe de lo que no ha visto, siempre que vea provecho? ¿El farmacéutico que difama o engaña al médico y sacrifica el enfermo por embolsarse íntegro el precio de una droga cara? ¿El ingeniero que arriesga la vida de los viajeros o de los operarios por recibir la gratificación del contratista? ¿El empleado, el hombre político que toma dinero a cuenta de maldades, ni el juez que vende la justicia? ¿Para qué sirve la ciencia a todos estos hombres sino para hacer más repugnante, para hacer inconcebible su degradación?”

“La mujer puede ejercer toda profesión u oficio que no exija mucha fuerza física y para el que no perjudique la ternura de su corazón. Y aun fuerza física tiene la mujer mucha cuando la ejercita, como puede observarse en las comarcas en que se dedican a los más rudos trabajos de la agricultura y a llevar pesos enormes.”

“Si las observamos de cerca, no hay profesión en cuyo ejercicio no entre por la mayor parte, o por mucho, la moralidad del que la ejerce. ¿Y no podría desempeñarlas la mujer, más sensible, más compasiva, más religiosa, más casta, más moral, en fin?”

Recomiendo la lectura directa de la obra, que puede verse en la Biblioteca Virutal “Miguel de Cervantes”: La mujer del porvenir (visitado el 29/01/2020).

Pero sobre todo muy útil la lectura de “La otra mitad del género humano. La panorámica vista por Concepción Arenal (1820-1893)”, de la gran experta en la obra areliana, la profesora María José Lacalzada de Mateo, de la editorial Atenea, ISBN-10: 8474962625.

Sobre la superioridad moral

Iba en el autobus camino de regreso a casa cuando escuché un debate sobre quién era mejor, si la mujer o el hombre. No pude más que recordar a Concepción Arenal en La mujer del Porvenir.

Si me preguntas si tercié, si qué lo hice, y les cité el libro y el de Maria José Lacalzada: La otrs mitad del genero humano.

La perona que me acompaba me espetó un «siempre haciendo amigos». Frases para un debate:

¿Qué es la superioridad moral? Comparando dos seres libres y responsables, es moralmente superior al otro aquel que tenga más bondad y más virtud, aquel que sienta menos impulsos malos o los enfrene con mayor energía, aquel que haga más bien y menos mal a sus semejantes, y para decirlo brevemente: aquel que sea mejor. ¿El hombre es mejor que la mujer? Investiguémoslo.

La bondad es sensibilidad, compasión y paciencia. ¿El hombre es tan sensible, tan compasivo y tan paciente como la mujer? Suponemos que no habrá ninguno bastante obcecado para responder afirmativamente; mas por si lo hubiere, que al cabo existen en el mundo seres inverosímiles, nos haremos cargo de algunos hechos de tanto bulto, que quien no los vea podrá palparlos.

La paciencia de la mujer, facultad que tiene bien ejercitada, se echa de ver en todas las situaciones de la vida. Niña, empieza a auxiliar a su madre, a cuidar a sus hermanos pequeñuelos, a ocuparse en faenas minuciosas y en labores de un trabajo prolijo, que acepta sin murmurar, y a que sería difícil, si no imposible, sujetar a ningún niño. Madre, tiene con sus hijos una paciencia verdaderamente infinita, de que ni remotamente es capaz el hombre. Sin que creamos que todos los maridos son unos tiranos, sabiendo, por el contrario, que hay muchos, muchísimos muy buenos, y que casi todos son mejores de lo que debería esperarse dadas las leyes, las opiniones y el estado de inferioridad intelectual de la mujer, no obstante, no nos parece dudoso que, generalmente hablando, la paz de los matrimonios exige mayor paciencia de la esposa, que, con pocas excepciones, es la más paciente.

Teniendo menos fuerza, es providencial que la mujer tenga más paciencia; si no, sucumbiría en una lucha fácil de provocar e imposible de sostener.

Que la sensibilidad de la mujer es mayor se ve harto claro, aun sin observarla; todo la conmueve, todo la impresiona más que al hombre. Se asusta, se exalta, se entusiasma, adivina antes que él. Su ¡ay! es el primero que se escucha, su lágrima la primera que brilla; los dolores le duelen más, y cuando el hombre se estremece, ella tiene una convulsión. El fisiólogo dice que es más irritable, el vulgo que es más débil; pero todos convienen, porque es evidente para todos, en que es más sensible.

¿Quién cuida del niño abandonado, del enfermo desvalido y del anciano decrépito? ¿Quién halla disculpa para todos los extravíos del triste? ¿Quién tiene lágrimas para todos los afligidos? ¿Quién no puede ver llanto sin llorar? ¿Quién padece con los que sufren y es compasiva como la mujer? No suele el hombre afligirse al par de ella de los ajenos dolores, ni afanarse tanto por buscarles alivio.

Siendo más paciente, más sensible y más compasiva, ¿no podremos concluir que es mejor?

Y si cuando se trata de consolar a los tristes la mujer se presenta la primera, ¿lo es también para hacer desgraciados, para causar mal? ¿Infringe los preceptos de Dios y las leyes humanas, ataca la honra, la vida y la propiedad con tanta frecuencia como el hombre? Aquí responden los números.

La mujer del porvenir. Concepción Arenal

Odia el delito y compadece al delincuente

Muchas veces he escuchado la frase “odia al delito y compadece al delincuente”, poniendo el acento en esta última parte de la misma, en consonancia con las teorías del conflicto que reconocen no ya la influencia de factores sociales, junto con individuales, del delito, como se hacía en lo que denominaríamos “sociología criminal”, al estilo de Enrico Ferri, sino que ponen el acento en afirmar que el crimen, el delito, ya no es una patología individual, sino un “resultado social”: pues sería la sociedad la que, a través de diversas fuentes, produciría criminalidad, y esta producción constituiría un rasgo patológico que se presenta bajo diversas maneras de (des)organización o de estructuración social”.

La sociedad sería “la culpable”, puesto que las causas del crimen deben ahora buscarse en ciertas condiciones de la dinámica o de la estructura social. Con lo que habría que poner el acento en “compadecer al delincuente”.

¿Esto es lo que quería decir Concepción Arenal? Para mí creo que no, sobre todo si leemos el párrafo completo en el que está inserta la máxima anteriormente mencionada. Lo primero que es importante señalar es que la citada frase se encuentra en el Pauperismo (1897), que podríamos denominarlo como “un ensayo de economía social” (exactamente en el capitulo XV que lleva por título: “El delito y el crimen”) y no en sus grandes ensayos sobre el delito y el delincuente.

La cita completa es reveladora de lo que la reformista social intenta explicar:

“Sólo teniendo patrocinadores en todas las clases, el que sale de presidio hallará patrocinio en la opinión, único eficaz y que puede verdaderamente coadyuvar a su buen propósito y dejar sin excusa su reincidencia. Hay que recordar y poner en práctica aquella máxima de odia el delito y compadece al delincuente, a la cual puede añadirse: si está arrepentido, ámale y protégele: el odio al delito conviene afirmarle; conviene comprender que en el sentimiento de repulsión que inspira el presidario hay una parte legítima, la aversión a la culpa, y otra que es necesario modificar, la hostilidad hacia el culpado, que le persigue sin descanso ni piedad, haciéndole imposible la vida social como los demás hombres. Algunos tomen que la tolerancia con el delincuente se extienda al delito, pero la historia desvanece este temor. Los pueblos que más han odiado a los delincuentes son los que odiaban menos los delitos, puesto que en ellos se cometían con mayor frecuencia y crueldad, y cualquiera, sin más que observar alrededor de sí, notará que las personas mejores, es decir, las que tienen más odio a la culpa, son las que se compadecen del culpable y procuran corregirle y ampararle. Y no puede ser de otro modo. ¿El ideal de la perfección, a que nadie puede llegar, pero a que los mejores procuran aproximarse, al par que la suma pureza, no es la misericordia infinita? Comprendamos y hagamos comprender al obrero cuán hermosa es la acción de patrocinar al penado para que no reincida; su odio al delito crecerá a medida que vea sus consecuencias, procure que no se repita y que, lejos de rebajarse, se eleva y ennoblece acercándose al caído para levantarle.”

http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/el-pauperismo–0/html/fefa159a-82b1-11df-acc7-002185ce6064_9.html#I_11_ )

Concepción Arenal está poniendo el acento en lo que hoy denominaríamos como reinserción social, y, tal vez, en la imagen social de la persona que comete el delito.,

Es decir que pone a la sociedad, especialmente a la gente trabajadora, constructores esenciales de ella, en procurar que aquellas personas que hayan cometido un delito, pero que intenten reconstruir su vida y entorno, en “ampararlas y protegerlas”.

A mi juicio,estamos hablando de solidaridad si bien esto exigiría un mejor estudio de la cuestión, que califica y transciende al de fraternidad.

En esto estaría de acuerdo con otros autores del campo de la sociología que piensan que la delincuencia no es simplemente un conglomerado de actos individuales, sino que, en gran parte, se aprende en la asociación con otros; igual que otros valores, las normas y pautas de conducta son adquiridas.

Si construimos, o al menos lo intentamos, una sociedad en la que pongamos el acento sobre la persona que asume su responsabilidad y que pretende mejorarse y mejorar, construiremos lazos de esperanza y de cambio, o como dice nuestra Concepción Arenal:

“Comprendamos y hagamos comprender al obrero cuán hermosa es la acción de patrocinar al penado para que no reincida; su odio al delito crecerá a medida que vea sus consecuencias, procure que no se repita y que, lejos de rebajarse, se eleva y ennoblece acercándose al caído para levantarle”.

Ver la anterior cita

A vueltas con la libertad

… a nosotros nos basta hacer constar que si todos fueran, se sintieran y se supieran iguales, no se discutiría acerca de la igualdad, viviríamos sin afirmarla ni negarla, sin notarla; no habría idea de ella, como no existiría la de salud si no se hubieran visto vivientes enfermos ni se concibiera que pudiesen estarlo, Anterior, posterior o simultánea, negación o afirmación de semejanzas o de diferencias, la igualdad y la desigualdad coexisten de tal manera, que no puede concebirse la una sin la otra, y que el estudio de cualquiera de ellas es el estudio de entrambas.

Referencia en Bibtex
@Misc{BVMC:228690,
author = {Arenal, Concepción},
title = {La igualdad social y política y sus relaciones con la libertad},
publisher = {Alicante : Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 1999},
year = {1999},
url = {http://www.cervantesvirtual.com/nd/ark:/59851/bmcf18v8}
}

Dando vueltas

Acabo de hacer una entrada en mi muro de Facebook sobre la cuestión del ocio de algunos de los jóvenes de la ciudad de Zaragoza.

Para aquellos que me seguís sabéis mi trabajo con familias y con jóvenes, que yo cariñosamente llamo «cabroncetes». Familias y jóvenes con dificultades de todo tipo y que mi trabajo primero es intentar la mayor «normalización» posible de sus situaciones. Todos tenemos trayectorias vitales que en momentos determinados pueden ser descendentes debidas a las múltiples variables que pueden intervenir en nuestra vidas. Por eso es tan importante la red de solidaridad formal e informal a la que puedas pertenecer. Pero últimamente están surgiendo dificultades donde menos las esperas: aquellas personas que tendrían que poner el aceite para que las puertas de la ayuda se abriesen. Parece que les gusta poner un poco de arena en los goznes.

En esos momentos de desanimo tiro de mi vieja compañera de reflexiones: Concepción Arenal y de pronto veo, como si no hubiese cambiado apenas nada. Hoy os dejo la carta quinta de las Cartas a un obrero (podéis leerla aquí)

Que la llaga que conviene curar es el pauperismo, el cual no es cosa nueva ni calamidad creciente
Apreciable Juan: Persuadirte que no debes recurrir a la violencia, porque a nadie perjudica tanto como a ti; desarmar, no solamente tu brazo del hierro homicida, sino tu ánimo del odio y la pasión, que no deja ver con claridad las cosas; comprender que la pobreza, ni se debe temer, porque no es un mal, ni se puede evitar, porque es de ley económica, y dar a la moral la importancia que tiene en la prosperidad de los pueblos, porque es cierto lo que alguno ha dicho, que la virtud es un capital; estos puntos, tratados aunque brevemente en mis anteriores cartas, forman una especie de introducción que juzgo necesaria al asunto que nos ocupa, y en el que podemos hoy entrar de lleno preguntándonos: ¿Qué llaga social debemos curar?
Nuestra respuesta está dada de antemano: el grave mal que hemos de combatir es la miseria física y moral; la miseria, que, cuando es permanente y generalizada en una clase numerosa de un pueblo culto, se llama PAUPERISMO.
Dícese que el pauperismo es un fenómeno de nuestra civilización, que antes había pobres, pero que no había pauperismo. Importa mucho saber si es cierto, porque, a ser verdad, sería la más desconsoladora.
En los pueblos primitivos, que viven de la caza y de la pesca, todos los individuos son miserables; el pauperismo es la condición social: el pobre inglés socorrido por su parroquia, que recibe entre otras cosas té y azúcar, sería allí un potentado, y una gran fortuna la cama de un hospital, que es hoy la mayor desdicha. Si en los pueblos salvajes la miseria es permanente y general, ¿cómo se dice que no se conoce en ellos el pauperismo?
La sociedad da un paso más; se hace pastora, y agricultora después. En vez de inmolar en la guerra a todos los prisioneros, reserva algunos, o muchos; los hace esclavos y los dedica a guardar los rebaños, a cultivar la tierra, etc.; a todas las labores penosas. Se ha dicho y repetido no ha mucho por un hombre de superior talento que la esclavitud es preferible al proletariado. Si fuera posible desear que hubiera un solo esclavo en el mundo, habríamos deseado que arrastrase la cadena quien tal afirma, y no tardaría en retractarse solemnemente. Entre los esclavos, como entre las bestias de carga, no hay pauperismo, hay inmolación, sucumbe el niño por falta de cuidados, la mujer y el hombre enferman y envejecen antes de tiempo por exceso de fatiga, y se abandona de derecho al anciano en una isla para que perezca allí, o de hecho se le deja morir cuando ya no sirve para nada.
Hay progreso. El esclavo se convierte en siervo; disfruta una especie de libertad, que puede compararse con la del pájaro en su jaula: tiene algunos movimientos libres en la tierra de que no puede separarse, y que cultiva para su señor, el cual le impone las condiciones más duras y más humillantes. La sociedad feudal se ha pintado por algunos con los más halagüeños colores. Para asunto de novelas, era bella, y un innegable progreso, comparada con la que la precedía; pero el que desapasionadamente busca la verdad en la historia, ve rapiñas, violencias y miserias, y ve el pueblo siervo, poco menos desdichado que el pueblo esclavo.
Esos señores que en su castillo eran la providencia de sus vasallos, son sueños de poetas: la realidad es que expoliaban y eran opresores, y esto se ve claro en las amonestaciones de los Papas y Concilios, cuya repetición revela la ineficacia; en las leyes, tanto civiles como criminales, diferentes según se aplicaban a los ricos y los pobres, y tan injustas y crueles para éstos; y en la miseria, que no se tomaba en cuenta por el desdén que inspiraban los que la padecían, pero que se revelaba en proporciones horrendas, cuando algún desastre venía a ponerla de manifiesto.
La brevedad con que me he propuesto escribirte, Juan, no me permite citarte aquí textos de leyes, resoluciones de Concilios y de Papas, ni relatos de historiadores; voy, no obstante, a copiarte lo que dice uno describiendo los horrores del hambre en esos siglos en que dicen que no habíapauperismo.
«El género humano parecía amenazado de una próxima destrucción; los elementos furiosos, instrumentos de la venganza divina, castigaron la insolencia de los mortales. Los grandes, como los pobres, estaban pálidos de hambre; la rapiña no era ya posible en la penuria universal. Pero entonces se vieron otros horrores. Los hombres devoraban la carne de los hombres: ya no había seguridad para los viajeros; los desdichados que huían del hambre eran devorados por los que los hospedaban; hasta se desenterraban los cadáveres. No tardó en ser como una costumbre recibida alimentarse con carne humana, que se vendía en el mercado.» Glaber, de cuya crónica tomo esto, refiere que él asistió a la ejecución de un hombre que había degollado CUARENTA Y OCHO personas para comérselas.
Esto nos parece hoy imposible, y estamos dispuestos a calificarlo de invención; pero si cuidadosamente estudiamos la penuria y la dureza de los tiempos feudales, un hambre de tres años, que es la que describe Glaber, debería dar lugar a los horrores que refiere, y que prueban el estado miserable de una sociedad que a tales extremos se ve reducida. ¿No habría pauperismo en pueblos donde eran grande la miseria, grande la opresión, desigualmente distribuida la riqueza, y donde la propiedad constituía un privilegio a que en va no aspiraba el que al nacer no había sido favorecido por la fortuna, por más que fuera inteligente y trabajador? El gran número de hospitales, hospicios y demás fundaciones benéficas debidas al espíritu cristiano, prueban la falta que hacían; y la despoblación de los países en que había esclavos y siervos, prueba que allí la miseria era general, y que había pauperismo. Lo que no había era derecho ni aliento para quejarse; lo que no había eran entrañas en la sociedad para conmoverse con los quejidos. Nadie tomaba en cuenta la miseria del esclavo, del siervo; en ella moría; su silencio era uno de los derechos del señor y todo grito se sofocaba en la sangre del que lo había dado.
En medio de la obscuridad en que queda la suerte de los miserables en los pasados siglos, hay algunas ráfanas de luz en la historia, al través de las cuales pueden vislumbrarse sus dolores. Las insurrecciones armadas y repetidas de muchos miles de mendigos; la frecuencia con que las asambleas se ocupaban en la mendicidad; las leyes para extirparla, crueles hasta el punto de imprimir al mendigo vagabundo las penas de palos, exposición, mutilación, y hasta el último suplicio: estos hechos generalizados, ¿no prueban claramente la existencia del pauperismo? Cuando el legislador se arma de tal modo y se ocupa con tal frecuencia de un mal, ¿no es prueba evidente de que está generalizado y es profundo?
Ahora, sean mil veces gracias dadas a Dios y a los hombres buenos, ahora los pobres se quejan, y sus ayes hallan eco en los corazones de las personas bien acomodadas; ahora, los que por su posición social están lejos de la miseria, se acercan a ella por los sentimientos de su corazón, cuentan sus víctimas, lloran sus dolores, investigan sus causas, buscan para ellas remedios, y levantan muy alto la voz, ya dolorida, ya indignada, para pronunciar un terrible memento. Se han escrito miles de libros en estos últimos tiempos gimiendo sobre la miseria, poniéndola de manifiesto, procurando combatirla, y las mismas instituciones creadas para aliviarla tienen que contar sus víctimas. El mal se hace notar más, no porque es mayor, sino porque hay quien le investiga y quien le denuncia. Donde no existen médicos, ni medicinas, ni asistencia de ningún género, no se sabe de los enfermos hasta que son cadáveres. No recuerdo qué autor ha dicho que nadie sospecha el número de sordomudos que había en Francia hasta que se han abierto colegios para recogerlos y educarlos. ¿Se dirá que esta enfermedad es moderna, porque hasta ahora los enfermos sucumbían sin que nadie los contase? Algo semejante sucede con todos los desvalidos.
Lo que hoy se considera como el estado más lastimoso: carecer de camisa, de calzado y de cama, era la situación ordinaria de los pobres en esos siglos en que se dice que no había pauperismo. Ahora mismo, cuando en Madrid, por ejemplo, alguna persona caritativa acoge bajo su protección a una familia necesitada, le causa gran pena saber que no tiene sábanas, y uno de sus primeros cuidados es proporcionárselas. No tiene sábanas en la cama, es como decir: Se halla en el último grado de miseria. Mientras así se juzga en la capital, hay en ciertas provincias muchas, muchísimas aldeas y lugares, cuyos vecinos en su mayor parte no tienen sábanas, donde no se las dan a sus servidores las familias regularmente acomodadas, y donde, para encarecer las ventajas de servir en una casa, se dice que da sábanas a los criados. Si se hace una estadística, aparecerá entre los miserables que forman en las filas del pauperismo, el que en la capital recibe de la caridad sábanas, y no el que duerme sin ellas en la aldea.
Este hecho, y otros muchos análogos que pudiera citarte, te hará comprender que la miseria puede existir y existe sin que nadie la compadezca ni hable de ella, ni la note, y que el abatimiento y la resignación del que la sufre, combinados con la indiferencia del que podía consolarla, dan por resultado el silencio de la historia. Alguna vez los miserables, aconsejados por la desesperación, se levantan, luchan y sucumben; hay guerra, pero no hay cuestión social, porque ni derecho se concede a los rebeldes, ni compasión inspiran los vencidos, ni se ve allí más que un caso de fuerza que con la fuerza se vence. Para que las miserias de la multitud sean una cuestión, es preciso que las compadezcan y las sientan los que no son miserables, los que han cultivado su inteligencia, y la llevan como una santa ofrenda al templo del dolor, y se arman con ella para combatir por la justicia. Creo que te lo ha dicho ya, y es posible que te lo vuelva a decir, porque poco importa la monotonía de la repetición, y mucho que no olvides que de las filas de los señores han salido los defensores de los pobres, los que en estudiar los medios de aliviarlos han gastado su vida, o la han sacrificado en el patíbulo y en el campo de batalla.
A medida que ha ido habiendo manos benditas que se presten a curarlas, se han ido revelando las llagas sociales; y como esos niños que se han lastimado y no lloran hasta que ven a su madre, el pueblo no ha empezado a quejarse hasta que la sociedad ha tenido entrañas para compadecerle. Hay un derecho del que nadie te habla, que no está consignado en ningún código, el derecho a la compasión; derecho que, sin proclamarle, invoca el que padece, y que sin reconocerlo sanciona el que consuela; derecho bendito y santo, sin el cual es probable que nunca se hubiera reconocido la justicia de los débiles.
Al sostener que el pauperismo es un fenómeno de nuestra civilización, se citan números, y es, por desgracia, grande el de los que sufren en la miseria; pero aunque en absoluto excediera al de otros tiempos, que no lo creo, siempre sería menor, proporción guardada con el de habitantes, aumentado éste en términos de que unía ciudad cuenta hoy más que había antiguamente en todo un reino. Y no sólo se aumentan con la población los miserables, sino que se agrupan generalmente en las grandes poblaciones, donde su desdicha puede ser más notada.
La mortalidad decrece en términos de que hay pueblos como Londres, donde en poco tiempo ha disminuido una mitad: ¿y se quiere sostener que la miseria aumenta? Es como afirmar que cuatro y cuatro son seis.
Un título de gloria para la civilización se convierte en un capítulo de cargo. Las filas de la miseria están en su mayor parte formadas por ancianos, enfermos, achacosos, niños abandonados; por los débiles, por los que no pueden trabajar, o cuyo trabajo es insuficiente. En los pueblos salvajes o bárbaros nada de esto existe; los débiles sucumben infaliblemente: no hay para ellos miseria, hay exterminio.
Resulta, pues, para mí muy claro, y quisiera que para ti lo fuese también:
1.º Que el pauperismo no es un fenómeno de la civilización, sino una desdicha de la humanidad.
2.º Que la civilización le disminuye en vez de aumentarle, circunscribiéndole más o menos, pero circunscribiéndole siempre a una parte de la sociedad, cuando en el estado salvaje se enseñorea de todo, y en el estado de barbarie muy poco me nos.
3.º Que en la historia no aparece a primera vista con toda claridad y con la extensión que realmente ha tenido, porque sus víctimas sufrían y morían en el silencio, abatidas o resignadas, y vistas con indiferencia por los que debían auxiliarlas; además no se llamaba miseria lo que hoy se califica de tal.
4.º Que habiéndose humanizado el hombre, sintiendo más los que sufren y los que pueden consolar, el miserable se queja bastante alto para que se le oiga; el compasivo repite el ¡ay! doliente, que halla miles de ecos; este dolor, ignorado ayer, se publica hoy, se estudia, se compadece, y hasta se explota, convirtiéndole los fanáticos y los ambiciosos en arma de partido contra los Gobiernos que quieren derribar. Desde que el pueblo ha empezado a llamarse soberano, como todos los soberanos, tiene sus aduladores.
5.º Que habiendo tenido la población un extraordinario incremento, los pobres se han multiplicado también, y agrupándose en los grandes centros, se hacen más visibles.
¿Concluiremos de todo esto que las cosas están muy bien como están; que no hay motivo sino para congratularnos, y que nada resta que hacer? -No, no, mil veces no. El pauperismo, la miseria física y moral, existe en grandes, en horribles proporciones. Que todo el que tiene entrañas la sienta; que todo el que tiene inteligencia piense en los medios de atenuarla; que todo el que tenga lágrimas la llore. Te digo con verdad, Juan, que las mías corren al escribir estas líneas, y obscurecen la luz de mis ojos, pero no la de mi entendimiento, hasta el punto de confundir las cosas, de modo que vea el pauperismo creciente, a medida que crece la prosperidad de las naciones. Esto podrá ser cierto, si acaso, en un momento de la historia, en un país dado y por circunstancias especiales, pero de ningún modo es un hecho general, ni menos una ley económica.
Aflijámonos, sí, aflijámonos profundamente, porque las desdichas de la humanidad son grandes, pero no nos desesperemos creyendo que son cada vez mayores, porque entonces, ¿quién tendrá ánimo para trabajar en combatirlas? Bajo la mano de Dios, o inspirado por Él, mejora el hombre su suerte sobre la tierra; pero las pasiones y los errores oponen de continuo obstáculos a su marcha, y por eso es el progreso tan lento.
Bajo la mano de Dios, te digo, y tú replicarás tal vez: ¡siempre Dios! Siempre, amigo mío. No es mucho que una mujer le invoque, le implore y le sienta, cuando una de las inteligencias más poderosas, y uno de los espíritus más rebeldes, Proudhon, decía: «Estudiando en el silencio de mi corazón, y lejos de toda consideración humana y el misterio de las revoluciones sociales, Dios, el gran desconocido, ha venido a ser para mí una hipótesis, quiero decir, un instrumento necesario de dialéctica

 

 

 

 

Sobre la cuestión social

Releyendo las páginas sobre la cuestión social escritas por Concepción Arenal, he reparado en la introducción realizada por Tomás Pérez Gónzalez, editor de la obra allá por el 1880:

Lo poco que he escrito y lo no mucho que he realizado para elevar el nivel de las clases obreras por medio del ahorro, del trabajo y de la asociación, y para inclinar el ánimo de las clases acomodadas a cooperar generosamente, como conveniencia y como deber, a esa obra de paz, de progreso y de armonía en el mundo social, todo, repito, si algo vale, es debido en primer término a los saludables consejos de usted y a sus elocuentes escritos.

Dudo que haya nadie que leyéndoles y meditando sobre sus profundos conceptos, deje de sentirse inclinado a imitar el ejemplo de usted y a practicar algo de lo mucho bueno que aconseja en favor de la humanidad.

Me pregunto que dirían hoy estos dos, cuando vemos a trabajadores pobres, que están acudiendo a las instituciones de beneficencia, cuando la dualización de la sociedad se hace cada vez más extrema, cuando la mayoría de las «asociaciones» de trabajadores se han convertido en brazos extensibles de los gobiernos de turno, cuando el ahorro no está bien visto, y el consumos se ha convertido en el nuevo dios con sus altares en los diversos centros comerciales (y a ser posible en las afueras de las ciudades, y estas ya no son espacios donde los ciudadanos puedan construir nuevas formas de entendimiento), cuando el trabajo se hace cada vez más precario, y troceado por pedazos de tiempo, … No sigo porque la paz sale de mi lado, el progreso se ha ido quedado constreñido a artefactos técnicos que cada vez más nos aíslan, y la armonía queda solo para la música.

Aún con sentimientos de utilizar la fuerza para cambiar todo esto, me acojo al pensamiento areliano y proclamo que:

La fuerza que se sostiene, es porque está sostenida por la opinión, porque es como su representante armado. Si contra ella quiere luchar, cae; si la fuerza apoya injusticias, es porque en la opinión hay errores: rectificarlos es desarmarla.

Por lo tanto seguimos reflexionando, madurando las ideas que transmite Concepción Arenal para poder intentar iluminar parte de la nueva, o vieja, cuestión social.

Concepción Arenal

O 31 de xaneiro de 1820, naceu nunha modesta casa de Ferrol Vello a escritora Concepción Arenal. Foi a primeira muller en acceder á Universidade española e segue a ser actualidade pola súa rexa defensa dos intereses e dos dereitos das mulleres.
A ilustre penalista ferrolán Concepción Arenal viviu na parróquia de Leiro en Miño entre 1823 e 1829. Foron seis anos nos que o seu pai, o militar liberal Angel del Arenal, permaneceu alí escondido nunha casa para fuxir da represión absolutista. A familia de Concepción Arenal viviu eses 6 anos na vivenda coñecida como a casa de Faustina. Os máis maiores de Leiro lembran que á familia lle chamaban os do “ministro”, porque alí “residira un alto cargo do goberno”.

Angel del Arenal morre en 1829 e o enterran na capela maior da igrexa parroquial do Divino Salvador de Leiro. Dias antes fixera o seu testamento, contando como testigos cos veciños José Diaz, Francisco Dominguez e Juan José Lores. A familia Dominguez acollera a Concepción Arenal, ainda nena quen logo adicará fermosos poemas ao seu pai. Segundo Mario Valdivieso, autor do libro Angel del Arenal e o Ferrol da Ilustración (Ferrol 2002. Centro Ártabro de Estudios), naqueles anos de residencia en Miño, Concepción Arenal, “estaba a sentir e padecer, sen dúbida, naquela nacente sensibilidade infantil as dificilmente disimulables amarguras paternas. Evidénciase tal circunstancia dándolle pousada lectura a unha sentida poesía que a insigne muller dedica á memoria do seu pai quince anos despois”.

Angel del Arenal falece en Leiro o 25 de xaneiro de 1829 e a familia marchará entón desta terra.

Concepción adicou á súa vida á loita contra as inxustizas e a prol da reforma social. Defendeu os dereitos das mulleres e propugnou unha reforma penitenciaria, fundada no amor ao delincuente, unha persoa, un enfermo que necesita máis a curación que o castigo. Pretende crear unha nova conciencia social en favor do delincuente. Concepción Arenal vai morrer en Vigo en 1893.

Corrupción y «el testamento del león»

Recientemente, el viernes pasado (4/10/2013), hemos conocido la sentencia del denominado «caso Malaya» (se refiere al «saqueo» político del ayuntamiento de Marbella, disuelto en 2006, y cuyos orígenes se sitúan en la gestión del fallecido Jesús Gil(1)), mientras preparo una entrada sobre la obra poética de Concepción Arenal reparo en la siguiente fábula que viene como anillo al dedo sobre la situación en la que nos encontramos.

EL TESTAMENTO DEL LEÓN

Cerca se hallaba un león
De sus dolores postreros,
Y tigres, panteras, lobos,
Todos amigos o deudos,

Dábanle muy compungidos
Mil inútiles consejos,
Meditando cada cual
Por qué industria o por qué medio
Pescará la mayor parte
De los bienes del enfermo,

Que se murió hasta la cola
Sin hacer el menor gesto,
Sin decir una palabra
Ni otorgar su testamento.

Notáronlo cuatro o seis
Que alejaron de allí el resto,
«Por ver si logra decían
El paciente algún sosiego.»

En busca de un escribano
Uno de ellos fue corriendo,
En tanto que los demás
Atan al real pescuezo,

Con disimulo, un cordel
Que en la melena encubierto
Y entre la ropa después
Baja hasta cerca del suelo,

A beneficio del cual
Tirando, sin gran esfuerzo,
Del difunto a la cabeza
Comunique movimiento.

Cuando a su satisfacción
Todo se hallaba dispuesto,
Dan entrada a los testigos
Y al escribano con ellos,

Que era un respetable zorro
Notario mayor del reino,
Al cual hicieron presente
El estado del enfermo,

Que hablar no le permitía,
Aunque el oído perfecto
Conservaba, y la cabeza
En cabal conocimiento.

Presentáronle unas notas
Que el rey mismo había puesto,
En las cuales expresaba
Su voluntad y deseo.

Mas por si hubiese cambiado
En el instante supremo,
Las cláusulas una a una
Irle podía leyendo,
Y él por señas le daría
O no, su consentimiento.

Hízose así; preguntaba
El escribano, y corriendo
Tiraba del cordelito
Uno de los herederos,
E inclinaba la cabeza
Para decir que sí el muerto.

Echólo de ver el zorro
(Que no debía ser lerdo)
Y quiso tener su parte
Lucrativa en el enredo.

Pregunta con gravedad
Si el rey, de su amor en premio,
Al infrascrito escribano
Deja trescientos mil pesos.

A la pregunta siguióse
De la sorpresa el silencio,
Sin que el testador hiciera
El más leve movimiento;

Lo cual visto por el zorro
Dijo al vecino muy quedo:
«O se tira para todos,
O está para todos muerto.»

El de la cuerda, pensando
Que no había otro remedio,
Tiró para el escribano
E hízole coheredero;
Que mal puede castigar
Quien es de crímenes reo.

Por eso hace tanto daño
Desde arriba el mal ejemplo.
Cómplices o acusadores
Han de ser los subalternos
Del jefe, que lo es en vano
No siendo en virtud primero.

Para reprender al malo
Es la condición ser bueno
Sin lo cual la autoridad
Es vana, vano el derecho.

 

Una reflexión a «bote pronto»:

«Que mal puede castigar quién es de crímenes reo. Por eso hace tanto daño desde arriba el mal ejemplo … para reprender al malo es la condición ser bueno. Sin lo cual la autoridad es vana, vano el derecho».

Muchas veces ejercemos cada cuatro años nuestros deberes, votamos y nos volvemos para nuestras casa y nuestros quehaceres cotidianos, y nos olvidamos que somos cómplices necesarios para que una determinada política sea aplicada. Pero también nos olvidamos que hemos suscrito con aquellos que nos representan un contrato que tienen que cumplir.

Los políticos españoles, aunque elegidos por unos individuos (la oligarquía de sus partidos correspondientes) no solo tienen que dar cuentas ante ellos, sino también con quién han suscrito el contrato: con todos y cada uno de nosotros (con «Juan pueblo», como se decía en tiempos de Concepción Arenal y hasta hace muy poco»). Y si solo lo hacen a una parte están rompiendo el contrato con la otra, por lo tanto es hora de demandarles las clausulas con las que se han presentado a las elecciones: o cambian de jinete o jinetes o se van «al paro».

Pero a un paro de verdad, porque los privilegios que mantienen deben desaparecer si no cumplen con el contrato que han establecido. Porque ya no son autoridad, han dejado de «ser buenos» y por lo tanto han dejado de hacer «en derecho».

 

(1) Para un primer acercamiento sobre la figura de Jesús Gil y Gil puedes pinchar aquí

Antes de salir de vacaciones

Buscando otra cosa en el Volumen I de los «Artículos sobre beneficencia y prisiones» de Concepción Arenal me topé con uno que me es imposible dejar de reproducir. Para aquellos que deseen el original, pueden pinchar en la siguiente dirección.

Aunque con un ropaje del siglo XIX, una reflexión muy actual, … Dice así

«Madrid empieza a despoblarse: como si un ejército conquistador le amenazase o una epidemia le invadiera, sus habitantes salen en todas direcciones. El enemigo de que huyen es el calor, y van en busca de aquellos climas afortunados

«Do en el día más sereno
no es enojoso el estío.»
Nada hay que decir a los que disfrutan de lo que legítimamente poseen, siempre que gocen con moderación, y acordándose de los que no poseen nada; siempre que cercenen un poco de lo superfluo en favor de los que no tienen lo necesario.

Aún las personas más económicas y ordenadas faltan en los viajes a las prudentes reglas que los sirven de pauta durante el año; en fruslerías, en caprichos, en expediciones, emplean sumas no despreciables, y puestos o gastar, no reparan en una moneda de oro más o menos: una especie de aturdimiento parece hacerles olvidar el valor del dinero; diríase que al dejar su casa dejan en ella los hábitos de orden y economía. ¡Ah.! ¡Que no se dejen también el corazón! ¡Que al ir a buscar la fresca sombra y las brisas del mar, se acuerden de los que respiran el aire sofocante de la caldeada buhardilla, o penetran sudando en el húmedo sótano, de donde saldrán para el hospital; para el hospital, donde los insectos torturan en verano a los pobres enfermos, y donde el calor favorece el desarrollo de las fiebres tifoideas! ¡Que al ver el pintoresco panorama, tengan presente el cuadro triste de la miseria abandonada; y al contemplar tanta variedad de objetos, no olviden la abrumadora monotonía del dolor que nadie compadece!

Ya que puestos a gastar dan tanto al regalo y al capricho, den también alguna cosa al dolor y a la compasión que por él intercede; cuando no se rehúsan nada a sí mismos, mal estaría que se lo rehusasen todo a los desdichados. Que al hacer el presupuesto de gastos de viaje, cercenen un poco, muy poco, de cada capítulo, y formen uno para los pobres. Que a todos los goces que van a tener, se añada la satisfacción de poder decir: -Mi corazón, a prueba de prosperidad, no se endurece para la desgracia; mis ojos, no deslumbrados por el placer y todavía se humedecen a la vista del dolor; lejos de negar al que tiene hambre las migas de mi festín, le hago plato, evitando a la vez su desfallecimiento y mi saciedad; no soy una criatura vil, a quien el bien deprava y hace insolente, en vez de hacerle agradecido; no pongo el egoísmo en lugar del deber; y por el uso que hago de mi fortuna, merezco tenerla, y la disfruto en paz y con satisfacción de mi conciencia.

El verano, dicen, es bueno para los pobres. Para el desvalido que carece de lo más necesario, como para el triste que no tiene consuelo no es buena ninguna hora del día ni ninguna estación del año: todas llevan su acompañamiento de amarguras y su comitiva de dolores. Además, la emigración durante el verano es mayor cada día en las grandes poblaciones, y los desvalidos se quedan sin protectores, y miles de trabajadores sin trabajo. En Madrid, sobre todo, los que se dedican a ciertos oficios sufren cruelmente con la emigración veraniega. Me quedo sin casas, dice, por ejemplo, la pobre lavandera, es decir, me quedo sin pan, y no conviene en que el verano sea bueno para los pobres.

¡Quién pudiera tener una voz que se oyera en todas partes, y un acento que conmoviera todos los corazones! ¡Quién pudiera recordar a los ricos que se van, las miserias de los pobres que se quedan! Pero aunque sea con débiles fuerzas, no dejaremos de clamar: -Favorecidos de la fortuna, no emprendáis el viaje sin hacer antes una obra de caridad. Que un triste consolado os desee buen viaje, y que su bendición os acompaño y os libre de todo mal.»

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