Odia el delito y compadece al delincuente

Muchas veces he escuchado la frase “odia al delito y compadece al delincuente”, poniendo el acento en esta última parte de la misma, en consonancia con las teorías del conflicto que reconocen no ya la influencia de factores sociales, junto con individuales, del delito, como se hacía en lo que denominaríamos “sociología criminal”, al estilo de Enrico Ferri, sino que ponen el acento en afirmar que el crimen, el delito, ya no es una patología individual, sino un “resultado social”: pues sería la sociedad la que, a través de diversas fuentes, produciría criminalidad, y esta producción constituiría un rasgo patológico que se presenta bajo diversas maneras de (des)organización o de estructuración social”.

La sociedad sería “la culpable”, puesto que las causas del crimen deben ahora buscarse en ciertas condiciones de la dinámica o de la estructura social. Con lo que habría que poner el acento en “compadecer al delincuente”.

¿Esto es lo que quería decir Concepción Arenal? Para mí creo que no, sobre todo si leemos el párrafo completo en el que está inserta la máxima anteriormente mencionada. Lo primero que es importante señalar es que la citada frase se encuentra en el Pauperismo (1897), que podríamos denominarlo como “un ensayo de economía social” (exactamente en el capitulo XV que lleva por título: “El delito y el crimen”) y no en sus grandes ensayos sobre el delito y el delincuente.

La cita completa es reveladora de lo que la reformista social intenta explicar:

“Sólo teniendo patrocinadores en todas las clases, el que sale de presidio hallará patrocinio en la opinión, único eficaz y que puede verdaderamente coadyuvar a su buen propósito y dejar sin excusa su reincidencia. Hay que recordar y poner en práctica aquella máxima de odia el delito y compadece al delincuente, a la cual puede añadirse: si está arrepentido, ámale y protégele: el odio al delito conviene afirmarle; conviene comprender que en el sentimiento de repulsión que inspira el presidario hay una parte legítima, la aversión a la culpa, y otra que es necesario modificar, la hostilidad hacia el culpado, que le persigue sin descanso ni piedad, haciéndole imposible la vida social como los demás hombres. Algunos tomen que la tolerancia con el delincuente se extienda al delito, pero la historia desvanece este temor. Los pueblos que más han odiado a los delincuentes son los que odiaban menos los delitos, puesto que en ellos se cometían con mayor frecuencia y crueldad, y cualquiera, sin más que observar alrededor de sí, notará que las personas mejores, es decir, las que tienen más odio a la culpa, son las que se compadecen del culpable y procuran corregirle y ampararle. Y no puede ser de otro modo. ¿El ideal de la perfección, a que nadie puede llegar, pero a que los mejores procuran aproximarse, al par que la suma pureza, no es la misericordia infinita? Comprendamos y hagamos comprender al obrero cuán hermosa es la acción de patrocinar al penado para que no reincida; su odio al delito crecerá a medida que vea sus consecuencias, procure que no se repita y que, lejos de rebajarse, se eleva y ennoblece acercándose al caído para levantarle.”

http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/el-pauperismo–0/html/fefa159a-82b1-11df-acc7-002185ce6064_9.html#I_11_ )

Concepción Arenal está poniendo el acento en lo que hoy denominaríamos como reinserción social, y, tal vez, en la imagen social de la persona que comete el delito.,

Es decir que pone a la sociedad, especialmente a la gente trabajadora, constructores esenciales de ella, en procurar que aquellas personas que hayan cometido un delito, pero que intenten reconstruir su vida y entorno, en “ampararlas y protegerlas”.

A mi juicio,estamos hablando de solidaridad si bien esto exigiría un mejor estudio de la cuestión, que califica y transciende al de fraternidad.

En esto estaría de acuerdo con otros autores del campo de la sociología que piensan que la delincuencia no es simplemente un conglomerado de actos individuales, sino que, en gran parte, se aprende en la asociación con otros; igual que otros valores, las normas y pautas de conducta son adquiridas.

Si construimos, o al menos lo intentamos, una sociedad en la que pongamos el acento sobre la persona que asume su responsabilidad y que pretende mejorarse y mejorar, construiremos lazos de esperanza y de cambio, o como dice nuestra Concepción Arenal:

“Comprendamos y hagamos comprender al obrero cuán hermosa es la acción de patrocinar al penado para que no reincida; su odio al delito crecerá a medida que vea sus consecuencias, procure que no se repita y que, lejos de rebajarse, se eleva y ennoblece acercándose al caído para levantarle”.

Ver la anterior cita

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