Nuestros males…

Se dice que los males de España vienen de lejos. Cómo decía hace unos días releyendo a María José Lacalzada, me encuentro con un cita que viene a cuento del debate sobre los derechos para la mujer trabajadora, Emile Morsier propone en su obra algunas cuestiones para el debate que a finales del siglo pasado se está delucidando.

En este contexto, la profesora Lacalzada comenta muy sagazmente:

Emile Morsier defendía la capacidad de autodeterminación de las personas, el papel del Estado era facilitar los medios para ampliar el nivel de consciencia, pero no suplirla.

El recuperar una moral individual no condicionada por el dogma estaba vinculado a la recesión que llevaba experimentando la Iglesia católica ante la Revolución liberal; pero tampoco el Estado debía ser guardián de las normas. Estas dos coordenadas vistas desde una perspectiva española significaban una doble revolución:

El sentido reformado de la religiosidad y el ejercicio de la ciudadanía. Ambos espacios tenían escasa viabilidad en el sistema. El primero por atentar contra los cimientos contrareformistas, el segundo por democratizador. Sin embargo, en otros países europeos, como Francia, reforzaban vías que ya tenían abierto el cauce: la religiosidad protestante y la política republicana. (pág. 189)

Aunque ella no lo plantea, es bien cierto que estas ideas no podían cuajar en la España de finales del siglo XIX y los hilos de este debate nos siguen agitando porque no se acaba de entender claramente el principio de subsidiariedad, que fue formalmente consagrado por el Tratado de Maastricht, que lo inscribió en el Tratado constitutivo de la Comunidad Europea.

Por cierto tal como se contempla en las fichas temáticas sobre la Unión Europea queda definido como:

El principio de subsidiariedad tiene como función general garantizar un cierto grado de independencia a una autoridad inferior respecto de una instancia superior, en particular un poder local respecto de un poder central. Se refiere, por consiguiente, al reparto de las competencias entre los diferentes niveles de poder, principio que constituye la base institucional de los Estados federales.

¿interesante, no? Pues a lo mejor debemos plantearnos que debemos empezar a dejar de pensar en «Papá Estado» y plantear nuestras propias responsabilidades para producir cambios significativos en nuestras sociedades particulares. ¿O estoy pidiendo mucho?

Lacalzada, M. J. (1994). La otra mitad del género humano: la panorámica vista por Concepción Arenal (1820-1893) (Vol. 8). Universidad de Málaga

Actualidad a la luz de Concepción Arenal

Suelo utilizar parte del verano para releer a los clásicos y a cuestiones que tienen que ve con mi hobby favorito: Concepción Arenal. En este caso estoy releyendo un libro de la gran experta en el pensamiento y obra de la ilustre gallega como es María José Lacalzada, “la otra mitad del género humano” (1).

Y de pronto te encuentras con un par de citas que te explican, o te dan un poco de luz a alguna de las cuestiones que hoy están aconteciendo y que parecen que no han cambiado desde mitad o finales del siglo XIX. Si Concepción Arenal levantase la cabeza podría seguir afirmando de España:

“La falta de opinión pública y de acción pública en España, da facilidades a los abusos, opone obstáculos a todo de benéficas innovaciones, de modo que las reformas intentadas se parecen muchas veces a edificios construidos bajo un plan bueno, pero con materiales malos. El que no considere más que nuestros Códigos, supondrá que somos un pueblo que marcha rápidamente por el camino del progreso, porque aun cuando la legislación diste mucho de ser perfecta, tampoco lo son las de los pueblos más cultos, y por la comparación de sus leyes con las nuestras no se puede venir en conocimiento de nuestra inferioridad real. Depende ésta de la falta (relativa) de tres actividades:
Actividad intelectual
Actividad económica
Actividad moral en todo lo que al bien público se refiere.
Pensamos y sabemos poco; trabajamos poco y mal, y miramos las obras que son en beneficio de todos como si no nos interesaran a ninguno…”

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Y sobre la sociedad civil en general y las asociaciones en particular decía:

“Si del estudio de las leyes pasamos al de aquellas instituciones que viven, no en virtud de mandato legal, sino por la buena voluntad de los que forman parte de ellas; si consideramos la inmensa suma de bien que se realiza en otros países por miles y millones de personas que espontáneamente contribuyen a él con su trabajo, con su dinero, con grandes sacrificios a veces; si notamos que no es posible que el gobierno, ningún gobierno, ni el Estado en ninguna de sus esferas, ni la legislación
más completa y sabia vivifiquen a un pueblo cuando los legislados son masa pasiva, ciudadanos mecánicos, que no hacen otros movimientos que el que les imprime el resorte legal; si comparamos lo que en esta línea hay en otros países y en el nuestro, aparece la verdad evidente y dolorosa, y la explicación clara de nuestra inferioridad”

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Muchas veces estamos mirando fuera, esperando no sé que rayo cegador nos transforme la mirada y como nuevos “san pablos-” podamos ser aposto les de un nuevo amanecer, de un hombre nuevo, de una ciudadanía nueva, cuando nuestros males vienen de viejo y los remedios nos los han propuesto, pero no los queremos tomar como los niños huyen de los jarabes que les podrían ayudar a mejorar la salud.

No es buscar fuera de nosotros, sino aceptar lo que Agustín de Hipona decía: “Noli foras ire, in te ipsum redi, in interiore homine habitat veritas; et si tuam naturam mutabilem inveneris trascende et te ipsum.” (De vera religione C. 39, 72.) Recordemos cuando estudiábamos filosofía que este concepto es de lo más audaz que cabe imaginar. “Porque naturaleza de una cosa es, precisamente, lo que la constituye de modo permanente. Para Aristóteles es naturaleza el principio del movimiento, lo constante, idéntico en lo que aparece cambiando, aquello que hace que una cosa cambie permaneciendo sin cambiar. Y en el pensamiento moderno, naturaleza es ley invariable en las variaciones; expresión de lo que ocurre siempre de modo igual y necesario”.

La búsqueda de algo permanente, tal vez lo perfectible en el ideario areliano, es lo que realmente nos debería movilizar, y al mismo tiempo considerar el valor moral de lo que estamos realizando, asumir nuestras responsabilidades en nuestros comportamientos.

Para esto no es necesario que venga nadie de fuera a decirlo, simplemente es volver a nuestros clásicos, a reivindicar sus opiniones y sacarlas del ostracismo, cuando no de quién las quiere canonizar para su causa, con el consiguiente desmantelamiento de sus opiniones y obras por otros agentes implicados en arrebatarlos para las propias necesidades. Es reconocer, como lo hace la profesora Lacalzada, que Concepción Arenal mantiene la idea que toda persona, independientemente de sus circunstancias, puede ampliar sus capacidades de elección y perfectibilidad, transformarse moralmente, en un sentido kantiano.

(1) Lacalzada, M. J. (1994). La otra mitad del género humano: la panorámica vista por Concepción Arenal (1820-1893) (Vol. 8). Universidad de Málaga
(2) Arenal, C. (1974). La emancipación de la mujer en España, Madrid. Biblioteca Júcar. Edición y Prólogo de Mauro Armiño

Hace doscientos años, en Ferrol…

El título podría parecer el inicio de un cuento, pero la realidad es la conmemoración del nacimiento, hace doscientos años de Concepción Arenal.

Fué el 31 de enero de 1820 cuando nace la primera hija de del matrimonio formado por María Concepción de Ponte y don Ángel del Arenal, miembros de ilustres familias gallegas y santanderinas, respectivamente.

Nueve años después morirá su padre, firme defensor del liberalismo y según alguno de los biógrafos del que aprenderá a luchar por lo que cree más justo y, por supuesto, a mantener sus convicciones con gran firmeza.

Intentar abarcar lo que fue la vida y obra de Concepción Arenal es una tarea ardua, sobre todo si no se quiere poner en boca de la ilustre jurista (sociológa (iniciadora de la sociología de género en España), educadora, …, humanista) algo que realmente ella no quería expresar. Es bien cierto que unos y otros, de ambos lados del pensamiento, pero sobre todo de las ideologías, le han levantado como bandera, para todo tipo de cosas y de causas.

Hoy doscientos años después mi pequeña contribución de hoy es hacerla hablar por medio de una de su obras: La mujer del porvenir. Recomiendo su lectura, ahora tres citas de la obra.

“Si por la falta de educación de la mujer, ella y el hombre son peores y más desgraciados, peor y más desgraciada será la sociedad. La prostitución aumentará a medida de la miseria y la ignorancia de las mujeres, y en la misma proporción aumentarán las enfermedades vergonzosas que degradan las razas y los delitos que llenan las prisiones, porque es muy raro que una mujer pura sea criminal, y que en las grandes maldades de un hombre no entre por algo alguna mujer mala.

La religión, esta poderosa palanca social que debía fortificar a la mujer, queda muchas veces debilitada por ella; al desfigurarla, la desacredita; carece de conocimientos para razonar sus creencias, contesta a los argumentos de los impíos cerrando los ojos y no puede ser, como debía, el lazo entre la ciencia y la fe. La educación es imposible con la ignorancia y la falta de prestigio de la mujer. El catedrático enseña al abogado, al médico o al ingeniero; pero al hombre le educan la madre, la mujer y la hija, porque la educación dura toda la vida. En la práctica de todas las profesiones, de todas las ciencias, entra por mucho, entra por la mayor parte, el elemento moral, la honradez, la elevación de miras, el noble orgullo, el sentimiento. ¿De qué sirve un operador sin conciencia que calcula las ventajas de la operación por los miles de reales que puede valerle? ¿El abogado que defiende todas las causas malas con tal que le paguen en buena moneda? ¿El militar que se rebela por un grado? ¿El notario que da fe de lo que no ha visto, siempre que vea provecho? ¿El farmacéutico que difama o engaña al médico y sacrifica el enfermo por embolsarse íntegro el precio de una droga cara? ¿El ingeniero que arriesga la vida de los viajeros o de los operarios por recibir la gratificación del contratista? ¿El empleado, el hombre político que toma dinero a cuenta de maldades, ni el juez que vende la justicia? ¿Para qué sirve la ciencia a todos estos hombres sino para hacer más repugnante, para hacer inconcebible su degradación?”

“La mujer puede ejercer toda profesión u oficio que no exija mucha fuerza física y para el que no perjudique la ternura de su corazón. Y aun fuerza física tiene la mujer mucha cuando la ejercita, como puede observarse en las comarcas en que se dedican a los más rudos trabajos de la agricultura y a llevar pesos enormes.”

“Si las observamos de cerca, no hay profesión en cuyo ejercicio no entre por la mayor parte, o por mucho, la moralidad del que la ejerce. ¿Y no podría desempeñarlas la mujer, más sensible, más compasiva, más religiosa, más casta, más moral, en fin?”

Recomiendo la lectura directa de la obra, que puede verse en la Biblioteca Virutal “Miguel de Cervantes”: La mujer del porvenir (visitado el 29/01/2020).

Pero sobre todo muy útil la lectura de “La otra mitad del género humano. La panorámica vista por Concepción Arenal (1820-1893)”, de la gran experta en la obra areliana, la profesora María José Lacalzada de Mateo, de la editorial Atenea, ISBN-10: 8474962625.

Sobre la superioridad moral

Iba en el autobus camino de regreso a casa cuando escuché un debate sobre quién era mejor, si la mujer o el hombre. No pude más que recordar a Concepción Arenal en La mujer del Porvenir.

Si me preguntas si tercié, si qué lo hice, y les cité el libro y el de Maria José Lacalzada: La otrs mitad del genero humano.

La perona que me acompaba me espetó un «siempre haciendo amigos». Frases para un debate:

¿Qué es la superioridad moral? Comparando dos seres libres y responsables, es moralmente superior al otro aquel que tenga más bondad y más virtud, aquel que sienta menos impulsos malos o los enfrene con mayor energía, aquel que haga más bien y menos mal a sus semejantes, y para decirlo brevemente: aquel que sea mejor. ¿El hombre es mejor que la mujer? Investiguémoslo.

La bondad es sensibilidad, compasión y paciencia. ¿El hombre es tan sensible, tan compasivo y tan paciente como la mujer? Suponemos que no habrá ninguno bastante obcecado para responder afirmativamente; mas por si lo hubiere, que al cabo existen en el mundo seres inverosímiles, nos haremos cargo de algunos hechos de tanto bulto, que quien no los vea podrá palparlos.

La paciencia de la mujer, facultad que tiene bien ejercitada, se echa de ver en todas las situaciones de la vida. Niña, empieza a auxiliar a su madre, a cuidar a sus hermanos pequeñuelos, a ocuparse en faenas minuciosas y en labores de un trabajo prolijo, que acepta sin murmurar, y a que sería difícil, si no imposible, sujetar a ningún niño. Madre, tiene con sus hijos una paciencia verdaderamente infinita, de que ni remotamente es capaz el hombre. Sin que creamos que todos los maridos son unos tiranos, sabiendo, por el contrario, que hay muchos, muchísimos muy buenos, y que casi todos son mejores de lo que debería esperarse dadas las leyes, las opiniones y el estado de inferioridad intelectual de la mujer, no obstante, no nos parece dudoso que, generalmente hablando, la paz de los matrimonios exige mayor paciencia de la esposa, que, con pocas excepciones, es la más paciente.

Teniendo menos fuerza, es providencial que la mujer tenga más paciencia; si no, sucumbiría en una lucha fácil de provocar e imposible de sostener.

Que la sensibilidad de la mujer es mayor se ve harto claro, aun sin observarla; todo la conmueve, todo la impresiona más que al hombre. Se asusta, se exalta, se entusiasma, adivina antes que él. Su ¡ay! es el primero que se escucha, su lágrima la primera que brilla; los dolores le duelen más, y cuando el hombre se estremece, ella tiene una convulsión. El fisiólogo dice que es más irritable, el vulgo que es más débil; pero todos convienen, porque es evidente para todos, en que es más sensible.

¿Quién cuida del niño abandonado, del enfermo desvalido y del anciano decrépito? ¿Quién halla disculpa para todos los extravíos del triste? ¿Quién tiene lágrimas para todos los afligidos? ¿Quién no puede ver llanto sin llorar? ¿Quién padece con los que sufren y es compasiva como la mujer? No suele el hombre afligirse al par de ella de los ajenos dolores, ni afanarse tanto por buscarles alivio.

Siendo más paciente, más sensible y más compasiva, ¿no podremos concluir que es mejor?

Y si cuando se trata de consolar a los tristes la mujer se presenta la primera, ¿lo es también para hacer desgraciados, para causar mal? ¿Infringe los preceptos de Dios y las leyes humanas, ataca la honra, la vida y la propiedad con tanta frecuencia como el hombre? Aquí responden los números.

La mujer del porvenir. Concepción Arenal

Odia el delito y compadece al delincuente

Muchas veces he escuchado la frase “odia al delito y compadece al delincuente”, poniendo el acento en esta última parte de la misma, en consonancia con las teorías del conflicto que reconocen no ya la influencia de factores sociales, junto con individuales, del delito, como se hacía en lo que denominaríamos “sociología criminal”, al estilo de Enrico Ferri, sino que ponen el acento en afirmar que el crimen, el delito, ya no es una patología individual, sino un “resultado social”: pues sería la sociedad la que, a través de diversas fuentes, produciría criminalidad, y esta producción constituiría un rasgo patológico que se presenta bajo diversas maneras de (des)organización o de estructuración social”.

La sociedad sería “la culpable”, puesto que las causas del crimen deben ahora buscarse en ciertas condiciones de la dinámica o de la estructura social. Con lo que habría que poner el acento en “compadecer al delincuente”.

¿Esto es lo que quería decir Concepción Arenal? Para mí creo que no, sobre todo si leemos el párrafo completo en el que está inserta la máxima anteriormente mencionada. Lo primero que es importante señalar es que la citada frase se encuentra en el Pauperismo (1897), que podríamos denominarlo como “un ensayo de economía social” (exactamente en el capitulo XV que lleva por título: “El delito y el crimen”) y no en sus grandes ensayos sobre el delito y el delincuente.

La cita completa es reveladora de lo que la reformista social intenta explicar:

“Sólo teniendo patrocinadores en todas las clases, el que sale de presidio hallará patrocinio en la opinión, único eficaz y que puede verdaderamente coadyuvar a su buen propósito y dejar sin excusa su reincidencia. Hay que recordar y poner en práctica aquella máxima de odia el delito y compadece al delincuente, a la cual puede añadirse: si está arrepentido, ámale y protégele: el odio al delito conviene afirmarle; conviene comprender que en el sentimiento de repulsión que inspira el presidario hay una parte legítima, la aversión a la culpa, y otra que es necesario modificar, la hostilidad hacia el culpado, que le persigue sin descanso ni piedad, haciéndole imposible la vida social como los demás hombres. Algunos tomen que la tolerancia con el delincuente se extienda al delito, pero la historia desvanece este temor. Los pueblos que más han odiado a los delincuentes son los que odiaban menos los delitos, puesto que en ellos se cometían con mayor frecuencia y crueldad, y cualquiera, sin más que observar alrededor de sí, notará que las personas mejores, es decir, las que tienen más odio a la culpa, son las que se compadecen del culpable y procuran corregirle y ampararle. Y no puede ser de otro modo. ¿El ideal de la perfección, a que nadie puede llegar, pero a que los mejores procuran aproximarse, al par que la suma pureza, no es la misericordia infinita? Comprendamos y hagamos comprender al obrero cuán hermosa es la acción de patrocinar al penado para que no reincida; su odio al delito crecerá a medida que vea sus consecuencias, procure que no se repita y que, lejos de rebajarse, se eleva y ennoblece acercándose al caído para levantarle.”

http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/el-pauperismo–0/html/fefa159a-82b1-11df-acc7-002185ce6064_9.html#I_11_ )

Concepción Arenal está poniendo el acento en lo que hoy denominaríamos como reinserción social, y, tal vez, en la imagen social de la persona que comete el delito.,

Es decir que pone a la sociedad, especialmente a la gente trabajadora, constructores esenciales de ella, en procurar que aquellas personas que hayan cometido un delito, pero que intenten reconstruir su vida y entorno, en “ampararlas y protegerlas”.

A mi juicio,estamos hablando de solidaridad si bien esto exigiría un mejor estudio de la cuestión, que califica y transciende al de fraternidad.

En esto estaría de acuerdo con otros autores del campo de la sociología que piensan que la delincuencia no es simplemente un conglomerado de actos individuales, sino que, en gran parte, se aprende en la asociación con otros; igual que otros valores, las normas y pautas de conducta son adquiridas.

Si construimos, o al menos lo intentamos, una sociedad en la que pongamos el acento sobre la persona que asume su responsabilidad y que pretende mejorarse y mejorar, construiremos lazos de esperanza y de cambio, o como dice nuestra Concepción Arenal:

“Comprendamos y hagamos comprender al obrero cuán hermosa es la acción de patrocinar al penado para que no reincida; su odio al delito crecerá a medida que vea sus consecuencias, procure que no se repita y que, lejos de rebajarse, se eleva y ennoblece acercándose al caído para levantarle”.

Ver la anterior cita

A vueltas con la libertad

… a nosotros nos basta hacer constar que si todos fueran, se sintieran y se supieran iguales, no se discutiría acerca de la igualdad, viviríamos sin afirmarla ni negarla, sin notarla; no habría idea de ella, como no existiría la de salud si no se hubieran visto vivientes enfermos ni se concibiera que pudiesen estarlo, Anterior, posterior o simultánea, negación o afirmación de semejanzas o de diferencias, la igualdad y la desigualdad coexisten de tal manera, que no puede concebirse la una sin la otra, y que el estudio de cualquiera de ellas es el estudio de entrambas.

Referencia en Bibtex
@Misc{BVMC:228690,
author = {Arenal, Concepción},
title = {La igualdad social y política y sus relaciones con la libertad},
publisher = {Alicante : Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 1999},
year = {1999},
url = {http://www.cervantesvirtual.com/nd/ark:/59851/bmcf18v8}
}

Dando vueltas

Acabo de hacer una entrada en mi muro de Facebook sobre la cuestión del ocio de algunos de los jóvenes de la ciudad de Zaragoza.

Para aquellos que me seguís sabéis mi trabajo con familias y con jóvenes, que yo cariñosamente llamo «cabroncetes». Familias y jóvenes con dificultades de todo tipo y que mi trabajo primero es intentar la mayor «normalización» posible de sus situaciones. Todos tenemos trayectorias vitales que en momentos determinados pueden ser descendentes debidas a las múltiples variables que pueden intervenir en nuestra vidas. Por eso es tan importante la red de solidaridad formal e informal a la que puedas pertenecer. Pero últimamente están surgiendo dificultades donde menos las esperas: aquellas personas que tendrían que poner el aceite para que las puertas de la ayuda se abriesen. Parece que les gusta poner un poco de arena en los goznes.

En esos momentos de desanimo tiro de mi vieja compañera de reflexiones: Concepción Arenal y de pronto veo, como si no hubiese cambiado apenas nada. Hoy os dejo la carta quinta de las Cartas a un obrero (podéis leerla aquí)

Que la llaga que conviene curar es el pauperismo, el cual no es cosa nueva ni calamidad creciente
Apreciable Juan: Persuadirte que no debes recurrir a la violencia, porque a nadie perjudica tanto como a ti; desarmar, no solamente tu brazo del hierro homicida, sino tu ánimo del odio y la pasión, que no deja ver con claridad las cosas; comprender que la pobreza, ni se debe temer, porque no es un mal, ni se puede evitar, porque es de ley económica, y dar a la moral la importancia que tiene en la prosperidad de los pueblos, porque es cierto lo que alguno ha dicho, que la virtud es un capital; estos puntos, tratados aunque brevemente en mis anteriores cartas, forman una especie de introducción que juzgo necesaria al asunto que nos ocupa, y en el que podemos hoy entrar de lleno preguntándonos: ¿Qué llaga social debemos curar?
Nuestra respuesta está dada de antemano: el grave mal que hemos de combatir es la miseria física y moral; la miseria, que, cuando es permanente y generalizada en una clase numerosa de un pueblo culto, se llama PAUPERISMO.
Dícese que el pauperismo es un fenómeno de nuestra civilización, que antes había pobres, pero que no había pauperismo. Importa mucho saber si es cierto, porque, a ser verdad, sería la más desconsoladora.
En los pueblos primitivos, que viven de la caza y de la pesca, todos los individuos son miserables; el pauperismo es la condición social: el pobre inglés socorrido por su parroquia, que recibe entre otras cosas té y azúcar, sería allí un potentado, y una gran fortuna la cama de un hospital, que es hoy la mayor desdicha. Si en los pueblos salvajes la miseria es permanente y general, ¿cómo se dice que no se conoce en ellos el pauperismo?
La sociedad da un paso más; se hace pastora, y agricultora después. En vez de inmolar en la guerra a todos los prisioneros, reserva algunos, o muchos; los hace esclavos y los dedica a guardar los rebaños, a cultivar la tierra, etc.; a todas las labores penosas. Se ha dicho y repetido no ha mucho por un hombre de superior talento que la esclavitud es preferible al proletariado. Si fuera posible desear que hubiera un solo esclavo en el mundo, habríamos deseado que arrastrase la cadena quien tal afirma, y no tardaría en retractarse solemnemente. Entre los esclavos, como entre las bestias de carga, no hay pauperismo, hay inmolación, sucumbe el niño por falta de cuidados, la mujer y el hombre enferman y envejecen antes de tiempo por exceso de fatiga, y se abandona de derecho al anciano en una isla para que perezca allí, o de hecho se le deja morir cuando ya no sirve para nada.
Hay progreso. El esclavo se convierte en siervo; disfruta una especie de libertad, que puede compararse con la del pájaro en su jaula: tiene algunos movimientos libres en la tierra de que no puede separarse, y que cultiva para su señor, el cual le impone las condiciones más duras y más humillantes. La sociedad feudal se ha pintado por algunos con los más halagüeños colores. Para asunto de novelas, era bella, y un innegable progreso, comparada con la que la precedía; pero el que desapasionadamente busca la verdad en la historia, ve rapiñas, violencias y miserias, y ve el pueblo siervo, poco menos desdichado que el pueblo esclavo.
Esos señores que en su castillo eran la providencia de sus vasallos, son sueños de poetas: la realidad es que expoliaban y eran opresores, y esto se ve claro en las amonestaciones de los Papas y Concilios, cuya repetición revela la ineficacia; en las leyes, tanto civiles como criminales, diferentes según se aplicaban a los ricos y los pobres, y tan injustas y crueles para éstos; y en la miseria, que no se tomaba en cuenta por el desdén que inspiraban los que la padecían, pero que se revelaba en proporciones horrendas, cuando algún desastre venía a ponerla de manifiesto.
La brevedad con que me he propuesto escribirte, Juan, no me permite citarte aquí textos de leyes, resoluciones de Concilios y de Papas, ni relatos de historiadores; voy, no obstante, a copiarte lo que dice uno describiendo los horrores del hambre en esos siglos en que dicen que no habíapauperismo.
«El género humano parecía amenazado de una próxima destrucción; los elementos furiosos, instrumentos de la venganza divina, castigaron la insolencia de los mortales. Los grandes, como los pobres, estaban pálidos de hambre; la rapiña no era ya posible en la penuria universal. Pero entonces se vieron otros horrores. Los hombres devoraban la carne de los hombres: ya no había seguridad para los viajeros; los desdichados que huían del hambre eran devorados por los que los hospedaban; hasta se desenterraban los cadáveres. No tardó en ser como una costumbre recibida alimentarse con carne humana, que se vendía en el mercado.» Glaber, de cuya crónica tomo esto, refiere que él asistió a la ejecución de un hombre que había degollado CUARENTA Y OCHO personas para comérselas.
Esto nos parece hoy imposible, y estamos dispuestos a calificarlo de invención; pero si cuidadosamente estudiamos la penuria y la dureza de los tiempos feudales, un hambre de tres años, que es la que describe Glaber, debería dar lugar a los horrores que refiere, y que prueban el estado miserable de una sociedad que a tales extremos se ve reducida. ¿No habría pauperismo en pueblos donde eran grande la miseria, grande la opresión, desigualmente distribuida la riqueza, y donde la propiedad constituía un privilegio a que en va no aspiraba el que al nacer no había sido favorecido por la fortuna, por más que fuera inteligente y trabajador? El gran número de hospitales, hospicios y demás fundaciones benéficas debidas al espíritu cristiano, prueban la falta que hacían; y la despoblación de los países en que había esclavos y siervos, prueba que allí la miseria era general, y que había pauperismo. Lo que no había era derecho ni aliento para quejarse; lo que no había eran entrañas en la sociedad para conmoverse con los quejidos. Nadie tomaba en cuenta la miseria del esclavo, del siervo; en ella moría; su silencio era uno de los derechos del señor y todo grito se sofocaba en la sangre del que lo había dado.
En medio de la obscuridad en que queda la suerte de los miserables en los pasados siglos, hay algunas ráfanas de luz en la historia, al través de las cuales pueden vislumbrarse sus dolores. Las insurrecciones armadas y repetidas de muchos miles de mendigos; la frecuencia con que las asambleas se ocupaban en la mendicidad; las leyes para extirparla, crueles hasta el punto de imprimir al mendigo vagabundo las penas de palos, exposición, mutilación, y hasta el último suplicio: estos hechos generalizados, ¿no prueban claramente la existencia del pauperismo? Cuando el legislador se arma de tal modo y se ocupa con tal frecuencia de un mal, ¿no es prueba evidente de que está generalizado y es profundo?
Ahora, sean mil veces gracias dadas a Dios y a los hombres buenos, ahora los pobres se quejan, y sus ayes hallan eco en los corazones de las personas bien acomodadas; ahora, los que por su posición social están lejos de la miseria, se acercan a ella por los sentimientos de su corazón, cuentan sus víctimas, lloran sus dolores, investigan sus causas, buscan para ellas remedios, y levantan muy alto la voz, ya dolorida, ya indignada, para pronunciar un terrible memento. Se han escrito miles de libros en estos últimos tiempos gimiendo sobre la miseria, poniéndola de manifiesto, procurando combatirla, y las mismas instituciones creadas para aliviarla tienen que contar sus víctimas. El mal se hace notar más, no porque es mayor, sino porque hay quien le investiga y quien le denuncia. Donde no existen médicos, ni medicinas, ni asistencia de ningún género, no se sabe de los enfermos hasta que son cadáveres. No recuerdo qué autor ha dicho que nadie sospecha el número de sordomudos que había en Francia hasta que se han abierto colegios para recogerlos y educarlos. ¿Se dirá que esta enfermedad es moderna, porque hasta ahora los enfermos sucumbían sin que nadie los contase? Algo semejante sucede con todos los desvalidos.
Lo que hoy se considera como el estado más lastimoso: carecer de camisa, de calzado y de cama, era la situación ordinaria de los pobres en esos siglos en que se dice que no había pauperismo. Ahora mismo, cuando en Madrid, por ejemplo, alguna persona caritativa acoge bajo su protección a una familia necesitada, le causa gran pena saber que no tiene sábanas, y uno de sus primeros cuidados es proporcionárselas. No tiene sábanas en la cama, es como decir: Se halla en el último grado de miseria. Mientras así se juzga en la capital, hay en ciertas provincias muchas, muchísimas aldeas y lugares, cuyos vecinos en su mayor parte no tienen sábanas, donde no se las dan a sus servidores las familias regularmente acomodadas, y donde, para encarecer las ventajas de servir en una casa, se dice que da sábanas a los criados. Si se hace una estadística, aparecerá entre los miserables que forman en las filas del pauperismo, el que en la capital recibe de la caridad sábanas, y no el que duerme sin ellas en la aldea.
Este hecho, y otros muchos análogos que pudiera citarte, te hará comprender que la miseria puede existir y existe sin que nadie la compadezca ni hable de ella, ni la note, y que el abatimiento y la resignación del que la sufre, combinados con la indiferencia del que podía consolarla, dan por resultado el silencio de la historia. Alguna vez los miserables, aconsejados por la desesperación, se levantan, luchan y sucumben; hay guerra, pero no hay cuestión social, porque ni derecho se concede a los rebeldes, ni compasión inspiran los vencidos, ni se ve allí más que un caso de fuerza que con la fuerza se vence. Para que las miserias de la multitud sean una cuestión, es preciso que las compadezcan y las sientan los que no son miserables, los que han cultivado su inteligencia, y la llevan como una santa ofrenda al templo del dolor, y se arman con ella para combatir por la justicia. Creo que te lo ha dicho ya, y es posible que te lo vuelva a decir, porque poco importa la monotonía de la repetición, y mucho que no olvides que de las filas de los señores han salido los defensores de los pobres, los que en estudiar los medios de aliviarlos han gastado su vida, o la han sacrificado en el patíbulo y en el campo de batalla.
A medida que ha ido habiendo manos benditas que se presten a curarlas, se han ido revelando las llagas sociales; y como esos niños que se han lastimado y no lloran hasta que ven a su madre, el pueblo no ha empezado a quejarse hasta que la sociedad ha tenido entrañas para compadecerle. Hay un derecho del que nadie te habla, que no está consignado en ningún código, el derecho a la compasión; derecho que, sin proclamarle, invoca el que padece, y que sin reconocerlo sanciona el que consuela; derecho bendito y santo, sin el cual es probable que nunca se hubiera reconocido la justicia de los débiles.
Al sostener que el pauperismo es un fenómeno de nuestra civilización, se citan números, y es, por desgracia, grande el de los que sufren en la miseria; pero aunque en absoluto excediera al de otros tiempos, que no lo creo, siempre sería menor, proporción guardada con el de habitantes, aumentado éste en términos de que unía ciudad cuenta hoy más que había antiguamente en todo un reino. Y no sólo se aumentan con la población los miserables, sino que se agrupan generalmente en las grandes poblaciones, donde su desdicha puede ser más notada.
La mortalidad decrece en términos de que hay pueblos como Londres, donde en poco tiempo ha disminuido una mitad: ¿y se quiere sostener que la miseria aumenta? Es como afirmar que cuatro y cuatro son seis.
Un título de gloria para la civilización se convierte en un capítulo de cargo. Las filas de la miseria están en su mayor parte formadas por ancianos, enfermos, achacosos, niños abandonados; por los débiles, por los que no pueden trabajar, o cuyo trabajo es insuficiente. En los pueblos salvajes o bárbaros nada de esto existe; los débiles sucumben infaliblemente: no hay para ellos miseria, hay exterminio.
Resulta, pues, para mí muy claro, y quisiera que para ti lo fuese también:
1.º Que el pauperismo no es un fenómeno de la civilización, sino una desdicha de la humanidad.
2.º Que la civilización le disminuye en vez de aumentarle, circunscribiéndole más o menos, pero circunscribiéndole siempre a una parte de la sociedad, cuando en el estado salvaje se enseñorea de todo, y en el estado de barbarie muy poco me nos.
3.º Que en la historia no aparece a primera vista con toda claridad y con la extensión que realmente ha tenido, porque sus víctimas sufrían y morían en el silencio, abatidas o resignadas, y vistas con indiferencia por los que debían auxiliarlas; además no se llamaba miseria lo que hoy se califica de tal.
4.º Que habiéndose humanizado el hombre, sintiendo más los que sufren y los que pueden consolar, el miserable se queja bastante alto para que se le oiga; el compasivo repite el ¡ay! doliente, que halla miles de ecos; este dolor, ignorado ayer, se publica hoy, se estudia, se compadece, y hasta se explota, convirtiéndole los fanáticos y los ambiciosos en arma de partido contra los Gobiernos que quieren derribar. Desde que el pueblo ha empezado a llamarse soberano, como todos los soberanos, tiene sus aduladores.
5.º Que habiendo tenido la población un extraordinario incremento, los pobres se han multiplicado también, y agrupándose en los grandes centros, se hacen más visibles.
¿Concluiremos de todo esto que las cosas están muy bien como están; que no hay motivo sino para congratularnos, y que nada resta que hacer? -No, no, mil veces no. El pauperismo, la miseria física y moral, existe en grandes, en horribles proporciones. Que todo el que tiene entrañas la sienta; que todo el que tiene inteligencia piense en los medios de atenuarla; que todo el que tenga lágrimas la llore. Te digo con verdad, Juan, que las mías corren al escribir estas líneas, y obscurecen la luz de mis ojos, pero no la de mi entendimiento, hasta el punto de confundir las cosas, de modo que vea el pauperismo creciente, a medida que crece la prosperidad de las naciones. Esto podrá ser cierto, si acaso, en un momento de la historia, en un país dado y por circunstancias especiales, pero de ningún modo es un hecho general, ni menos una ley económica.
Aflijámonos, sí, aflijámonos profundamente, porque las desdichas de la humanidad son grandes, pero no nos desesperemos creyendo que son cada vez mayores, porque entonces, ¿quién tendrá ánimo para trabajar en combatirlas? Bajo la mano de Dios, o inspirado por Él, mejora el hombre su suerte sobre la tierra; pero las pasiones y los errores oponen de continuo obstáculos a su marcha, y por eso es el progreso tan lento.
Bajo la mano de Dios, te digo, y tú replicarás tal vez: ¡siempre Dios! Siempre, amigo mío. No es mucho que una mujer le invoque, le implore y le sienta, cuando una de las inteligencias más poderosas, y uno de los espíritus más rebeldes, Proudhon, decía: «Estudiando en el silencio de mi corazón, y lejos de toda consideración humana y el misterio de las revoluciones sociales, Dios, el gran desconocido, ha venido a ser para mí una hipótesis, quiero decir, un instrumento necesario de dialéctica

 

 

 

 

Sobre la cuestión social

Releyendo las páginas sobre la cuestión social escritas por Concepción Arenal, he reparado en la introducción realizada por Tomás Pérez Gónzalez, editor de la obra allá por el 1880:

Lo poco que he escrito y lo no mucho que he realizado para elevar el nivel de las clases obreras por medio del ahorro, del trabajo y de la asociación, y para inclinar el ánimo de las clases acomodadas a cooperar generosamente, como conveniencia y como deber, a esa obra de paz, de progreso y de armonía en el mundo social, todo, repito, si algo vale, es debido en primer término a los saludables consejos de usted y a sus elocuentes escritos.

Dudo que haya nadie que leyéndoles y meditando sobre sus profundos conceptos, deje de sentirse inclinado a imitar el ejemplo de usted y a practicar algo de lo mucho bueno que aconseja en favor de la humanidad.

Me pregunto que dirían hoy estos dos, cuando vemos a trabajadores pobres, que están acudiendo a las instituciones de beneficencia, cuando la dualización de la sociedad se hace cada vez más extrema, cuando la mayoría de las «asociaciones» de trabajadores se han convertido en brazos extensibles de los gobiernos de turno, cuando el ahorro no está bien visto, y el consumos se ha convertido en el nuevo dios con sus altares en los diversos centros comerciales (y a ser posible en las afueras de las ciudades, y estas ya no son espacios donde los ciudadanos puedan construir nuevas formas de entendimiento), cuando el trabajo se hace cada vez más precario, y troceado por pedazos de tiempo, … No sigo porque la paz sale de mi lado, el progreso se ha ido quedado constreñido a artefactos técnicos que cada vez más nos aíslan, y la armonía queda solo para la música.

Aún con sentimientos de utilizar la fuerza para cambiar todo esto, me acojo al pensamiento areliano y proclamo que:

La fuerza que se sostiene, es porque está sostenida por la opinión, porque es como su representante armado. Si contra ella quiere luchar, cae; si la fuerza apoya injusticias, es porque en la opinión hay errores: rectificarlos es desarmarla.

Por lo tanto seguimos reflexionando, madurando las ideas que transmite Concepción Arenal para poder intentar iluminar parte de la nueva, o vieja, cuestión social.

Concepción Arenal

La miseria mental es moral e intelectual.

Miseria es, en todo, falta de lo necesario, y hay un necesario moral e intelectual, como físico. Cuando esta carencia se gradúa, cuando el hombre no tiene razón o conciencia, se dice que es un monstruo de maldad o que está loco; pero entre semejante situación extrema y la de la persona honrada y razonable hay tantos grados como median entre el que tiene en abundancia lo necesario y el que se muere de hambre. La locura es la muerte de la razón; la maldad sin remordimiento, la muerte de la conciencia; la falta de alimento prolongada, la muerte del cuerpo. La carencia en su grado máximo es rara, como lo son los dementes, los grandes criminales y los que se mueren de hambre; mas para que exista miseria, sea mental o material, no es necesario que mate.

Lo necesario moral es el cumplimiento del deber en su plenitud.

Lo necesario intelectual es el conocimiento del deber y del derecho, y de los medios de cumplir el primero y exigir el cumplimiento del segundo.

La situación del miserable, moralmente hablando, es tan grave, que no ya él, sino el filósofo moralista que le observa, duda muchas veces si ha faltado a sus deberes: porque en situaciones que los hacen tan difíciles que sólo pueden llenarse con esfuerzo heroico, ¿cómo exigir su cumplimiento? Y cuando no puede exigirse en absoluto; cuando no hay una regla fija, invariable; cuando el censor más severo tiene que hacer distingos y concesiones, ¿hasta dónde llegarán éstas? ¿Qué criterio habrá para determinarlas? Y si el que exige el deber vacila al señalar límites, ¿Cuáles marcará el que ha de cumplirlo? No se necesita reflexionar mucho sobre estas preguntas para comprender que, envuelven un grave problema para la conciencia y pueden significar un abismo para la virtud.

No hay duda que ciertos deberes positivos del miserable dependen de los grados de su miseria, Si no tiene pan, no puede mantener a sus hijos, ni cubrir su desnudez si carece de vestido, ni enseñarles si no sabe nada, ni darles ejemplo de palabras y acciones honestas, él, que ha aprendido a hablar entre blasfemias y obscenidades y crecido en la impudencia inevitable, que se contrae, como las escrófulas, en esas habitaciones donde viven y duermen hacinados niños y ancianos, hombres y mujeres.

Los deberes de todo padre, de alimentar a sus hijos, enseñarles y darles buen ejemplo, no lo son sino en cierta medida para el miserable, y hasta pueden dejarlo de ser absolutamente; para él, apenas existen más que deberes negativos: no robar, no matar, no hacer daño, abstenerse, y aun éstos sabe Dios la dificultad con que los cumplirá en ocasiones, el heroísmo que necesitará tal vez para cumplirlos, la disminución de responsabilidad y de culpa que tendrá si no los cumple: he aquí cientos, miles de criaturas mutiladas, moralmente hablando.
Se deplora, y con motivo, que haya masas que no tengan la plenitud de los derechos; pero hay otra cosa mucho más deplorable, y es, que haya hombres por millares que, sin ser malos ni estar locos, no tengan la plenitud de sus deberes. Esto es tan doloroso, tan grave, que los que no lo ven, o lo miran sin temor ni dolor, están muy lejos de mirar las cosas en razón y en conciencia.

Tomado del Capítulo XVII, «De la miseria moral». El pauperismo.

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