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Durante un tiempo he estado trabajando junto con una religiosa extremadamente escrupulosa que mantenía una situación de la que, en principio, parecía no poder salir. Y entonces me he acordado de Dyer. El pasado ya pasó, el futuro vendrá, pero el presente está aquí.

“La culpabilidad no es sólo una preocupación por el pasado; es la inmovilización del momento presente en aras de un suceso del pasado. Y el grado de inmovilización puede abarcar desde una pequeña incomodidad hasta una severa depresión. Si simplemente estás aprendiendo lecciones de tu pasado, y prometiéndote evitar la repetición de algún comportamiento específico, eso no se llama culpa. Experimentas culpabilidad sólo cuando este sentimiento te impide actuar ahora porque antes te comportaste de una cierta manera. Aprender de tus equivocaciones es una parte sana y necesaria de tu crecimiento y desarrollo. La culpabilidad es malsana porque gastas inútilmente tu energía en el presente sintiéndote molesto y deprimido a causa de un acontecimiento ya histórico. Y eso es tan inútil como malsano. No hay culpabilidad por grande que sea, que pueda resolver un solo problema.”

Dyer, W.

Hace tiempo recopilé el discurso dado por el papa San Juan XXIII, quería haberlo editado para el 11 de Octubre, pero las circunstancias mandan y no he podido hacerlo hasta ahora. No puedo decir de donde lo saqué, probablemente de la Web del Vaticano o de alguna otra web que beba de sus fuentes. O es posible que lo haya hecho del libro de los Agasso: Papa Giovanni XXIII. Edizioni San Paolo s. r. l. Milan. Italia (creo que hay una edicción en castellano).

Alla por el jueves 11 de Octubre de 1962, al anochecer, más de cien mil personas se reunieron en la plaza de San Pedro del Vaticano. Se acababa de inaugurar el Concilio Vaticano II, unos días antes Rusia y EE.UU. pudieron crear el mayor holocausto nuclear conocido, a causa de los misiles en Cuba.

Por lo que se cuenta el Papa, estaba muy cansado, y aunque el rio de gente era incesante, en un primer momento no quiso salir al balcón, hasta que su secretario personal le pidió que se asomara al balcón, en ese momento y ante lo que estaba viendo, se asomó y vió la luna en toda su plenitud. Y realizó un discurso "no preparado" , desde el corazón como a él le gustaba hacer. Helo aquí

Queridos hijitos, queridos hijitos, escucho vuestras voces. La mía es una sola voz, pero resume la voz del mundo entero. Aquí, de hecho, está representado todo el mundo.

Se diría que incluso la luna se ha apresurado esta noche, observadla en lo alto, para mirar este espectáculo. Es que hoy clausuramos una gran jornada de paz; sí, de paz: “Gloria a Dios y paz a los hombres de buena voluntad” (cf. Lc 2,14).

Es necesario repetir con frecuencia este deseo. Sobre todo cuando podemos notar que verdaderamente el rayo y la dulzura del Señor nos unen y nos toman, decimos: He aquí un saboreo previo de lo que debiera ser la vida de siempre, la de todos los siglos, y la vida que nos espera para la eternidad.

Si preguntase, si pudiera pedir ahora a cada uno: ¿de dónde venís vosotros? Los hijos de Roma, que están aquí especialmente representados, responderían: “¡Ah! Nosotros somos vuestros hijos más cercanos; vos sois nuestro obispo, el obispo de Roma”.

Y bien, hijos míos de Roma; vosotros sabéis que representáis verdaderamente la Roma caput mundi, así como está llamada a ser por designio de la Providencia: para la difusión de la verdad y de la paz cristiana.

En estas palabras está la respuesta a vuestro homenaje.

Mi persona no cuenta nada; es un hermano que os habla, un hermano que se ha convertido en padre por voluntad de nuestro Señor. Pero todo junto, paternidad y fraternidad, es gracia de Dios. ¡Todo, todo!

Continuemos, por tanto, queriéndonos bien, queriéndonos bien así: y, en el encuentro, prosigamos tomando aquello que nos une, dejando aparte, si lo hay, lo que pudiera ponernos en dificultad.

Fratres sumus! La luz brilla sobre nosotros, que está en nuestros corazones y en nuestras conciencias, es luz de Cristo, que quiere dominar verdaderamente con su gracia, todas las almas.

Esta mañana hemos gozado de una visión que ni siquiera la Basílica de San Pedro, en sus cuatro siglos de historia, había contemplado nunca.

Pertenecemos, pues, a una época en la que somos sensibles a las voces de lo alto; y por tanto deseamos ser fieles y permanecer en la dirección que Cristo bendito nos ha dejado. Ahora os doy la bendición. Junto a mí deseo invitar a la Virgen santa, Inmaculada, de la que celebramos hoy la excelsa prerrogativa.

He escuchado que alguno de vosotros ha recordado Éfeso y las antorchas encendidas alrededor de la basílica de aquella ciudad, con ocasión del tercer Concilio ecuménico, en el 431. Yo he visto, hace algunos años, con mis ojos, las memorias de aquella ciudad, que recuerdan la proclamación del dogma de la divina maternidad de María.

Pues bien, invocándola, elevando todos juntos las miradas hacia Jesús, su hijo, recordando cuanto hay en vosotros y en vuestras familias, de gozo, de paz y también, un poco, de tribulación y de tristeza, acoged con buen ánimo esta bendición del padre. En este momento, el espectáculo que se me ofrece es tal que quedará mucho tiempo en mi ánimo, como permanecerá en el vuestro. Honremos la impresión de una hora tan preciosa. Sean siempre nuestros sentimientos como ahora los expresamos ante el cielo y en presencia de la tierra: fe, esperanza, caridad, amor de Dios, amor de los hermanos; y después, todos juntos, sostenidos por la paz del Señor, ¡adelante en las obras de bien!

Regresando a casa, encontraréis a los niños; hacedles una caricia y decidles: ésta es la caricia del papa. Tal vez encontréis alguna lágrima que enjugar. Tened una palabra de aliento para quien sufre. Sepan los afligidos que el papa está con sus hijos, especialmente en la hora de la tristeza y de la amargura. En fin, recordemos todos, especialmente, el vínculo de la caridad y, cantando, o suspirando, o llorando, pero siempre llenos de confianza en Cristo que nos ayuda y nos escucha, procedamos serenos y confiados por nuestro camino.

A la bendición añado el deseo de una buena noche, recomendándoos que no os detengáis en un arranque sólo de buenos propósitos. Hoy, bien puede decirse, iniciamos un año, que será portador de gracias insignes; el Concilio ha comenzado y no sabemos cuándo terminará. Si no hubiese de concluirse antes de Navidad ya que, tal vez, no consigamos, para aquella fecha, decir todo, tratar los diversos temas, será necesario otro encuentro. Pues bien, el encontrarse cor unum et anima una, debe siempre alegrar nuestras almas, nuestras familias, Roma y el mundo entero. Y, por tanto, bienvenidos estos días: los esperamos con gran alegría.

Puede verse en Youtube (aquí)

Propongo que podemos llamar totalitario a un poder cuando: a) ejerce presión sobre la voluntad y las acciones de los sujetos; b) cuando es ineludible, es decir, que los sujetos son afectados por él; c) cuando es omnipresente, en otras palabras, cuando su influencia no se limita a una u otra área de la vida social sino a todos sus aspectos; y d) cuando es difícil o casi imposible criticarlo y luchar contar él.

Rosa, H(2016): Alienación y aceleración. Hacia una teoría crítica de la temporalidad en la modernidad tardía. Katz Editores, Buenos Aires, Argentina

La miseria mental es moral e intelectual.

Miseria es, en todo, falta de lo necesario, y hay un necesario moral e intelectual, como físico. Cuando esta carencia se gradúa, cuando el hombre no tiene razón o conciencia, se dice que es un monstruo de maldad o que está loco; pero entre semejante situación extrema y la de la persona honrada y razonable hay tantos grados como median entre el que tiene en abundancia lo necesario y el que se muere de hambre. La locura es la muerte de la razón; la maldad sin remordimiento, la muerte de la conciencia; la falta de alimento prolongada, la muerte del cuerpo. La carencia en su grado máximo es rara, como lo son los dementes, los grandes criminales y los que se mueren de hambre; mas para que exista miseria, sea mental o material, no es necesario que mate.

Lo necesario moral es el cumplimiento del deber en su plenitud.

Lo necesario intelectual es el conocimiento del deber y del derecho, y de los medios de cumplir el primero y exigir el cumplimiento del segundo.

La situación del miserable, moralmente hablando, es tan grave, que no ya él, sino el filósofo moralista que le observa, duda muchas veces si ha faltado a sus deberes: porque en situaciones que los hacen tan difíciles que sólo pueden llenarse con esfuerzo heroico, ¿cómo exigir su cumplimiento? Y cuando no puede exigirse en absoluto; cuando no hay una regla fija, invariable; cuando el censor más severo tiene que hacer distingos y concesiones, ¿hasta dónde llegarán éstas? ¿Qué criterio habrá para determinarlas? Y si el que exige el deber vacila al señalar límites, ¿Cuáles marcará el que ha de cumplirlo? No se necesita reflexionar mucho sobre estas preguntas para comprender que, envuelven un grave problema para la conciencia y pueden significar un abismo para la virtud.

No hay duda que ciertos deberes positivos del miserable dependen de los grados de su miseria, Si no tiene pan, no puede mantener a sus hijos, ni cubrir su desnudez si carece de vestido, ni enseñarles si no sabe nada, ni darles ejemplo de palabras y acciones honestas, él, que ha aprendido a hablar entre blasfemias y obscenidades y crecido en la impudencia inevitable, que se contrae, como las escrófulas, en esas habitaciones donde viven y duermen hacinados niños y ancianos, hombres y mujeres.

Los deberes de todo padre, de alimentar a sus hijos, enseñarles y darles buen ejemplo, no lo son sino en cierta medida para el miserable, y hasta pueden dejarlo de ser absolutamente; para él, apenas existen más que deberes negativos: no robar, no matar, no hacer daño, abstenerse, y aun éstos sabe Dios la dificultad con que los cumplirá en ocasiones, el heroísmo que necesitará tal vez para cumplirlos, la disminución de responsabilidad y de culpa que tendrá si no los cumple: he aquí cientos, miles de criaturas mutiladas, moralmente hablando.
Se deplora, y con motivo, que haya masas que no tengan la plenitud de los derechos; pero hay otra cosa mucho más deplorable, y es, que haya hombres por millares que, sin ser malos ni estar locos, no tengan la plenitud de sus deberes. Esto es tan doloroso, tan grave, que los que no lo ven, o lo miran sin temor ni dolor, están muy lejos de mirar las cosas en razón y en conciencia.

Tomado del Capítulo XVII, "De la miseria moral". El pauperismo.

Hoy recogemos la máxima número 7
Celebra las victorias de tus superiores.
Todo vencido odia a quien lo venció. Y si es a tu amo a quien vences, te considerará necio, y será fatal para ti. Siempre tu superioridad es aborrecida, y más cuando tiene que reconocerla tu superior jerárquico.
Si tienes sobre él ciertas ventajas sencillas pero visibles, debes disimularlas. Por ejemplo, desmentir tu propia elegancia con cierta simpleza en el vestir. Es fácil hallar a quien quiera reconocer en otro un mejor carácter. Pero en la sabiduría, ninguno, y menos quien ostenta autoridad.
La autoridad siempre verá su capacidad como un atributo de la más alta importancia, y considerará crimen de lesa majestad que no le sea reconocida. Son soberanos en poder, y quieren serlo en lo que es máximo: en el saber.
Los príncipes gustan que se les ayude, y no que se les supere, y que cuando les adviertas de algo, se lo presentes como cosa que él sabía y había olvidado, y no como asunto ignorado por él y que tu inteligencia le hace
ver.
Enséñannos esta sutileza los astros hijos del sol, que, aunque brillantes como él, nunca se atreven a desafiar su luz.

Los miembros de la casta política (incluidos los más recientes) manejan esta técnica a la perfección (cumbre, presidente, has estado cumbre. En un par de tardes vas a saber de economía, ...

He recibido por correo un mensaje que transcribo y que me hace recordar aquello de:

quien olvida la Historia está obligado a repetirla.

Los dos partidos que se han concordado para turnarse pacíficamente en el Poder son dos manadas de hombres que no aspiran más que a pastar en el presupuesto. Carecen de ideales, ningún fin elevado los mueve; no mejorarán en lo más mínimo las condiciones de vida de esta infeliz raza, pobrísima y analfabeta. Pasarán unos tras otros dejando todo como hoy se halla, y llevarán a España a un estado de consunción que, de fijo, ha de acabar en muerte. No acometerán ni el problema religioso, ni el económico, ni el educativo; no harán más que burocracia pura, caciquismo, estéril trabajo de recomendaciones, favores a los amigotes, legislar sin ninguna eficacia práctica, y adelante con los farolitos... No creo ni en los revolucionarios de nuevo cuño ni en los antediluvianos… La España que aspira a un cambio radical y violento de la política se está quedando, a mi entender, tan anémica como la otra. Han de pasar años, tal vez lustros, antes de que este Régimen, atacado de tuberculosis étnica, sea sustituido por otro que traiga nueva sangre y nuevos focos de lumbre mental.

Benito Pérez Galdós, 1912 La fe nacional y otros escritos sobre España

La indiferencia y la negación institucional están legitimando, hoy la violencia. Quien habla así es Araceli Oñate. Directora del informe Cisneros.
Uno de cada 4 escolares sufre acoso y violencia escolar en España y de ellos, un 53% presentan indicadores graves de estrés postraumático infantil que, de no tratarse, se cronifican y llegan a producir cambios permanentes en la personalidad que llegan hasta la vida adulta. Sabemos, desde los estudios Cisneros que la violencia psicológica y social multiplica por cuatro el daño en estrés postraumático infantil y que hace a la víctima más vulnerable a futuras victimizaciones.
Sabemos que la impunidad fabrica verdaderos depredadores sociales, laborales y familiares… Terror y sensación de peligro inminente, tristeza, llanto incontenible, ataques de pánico, trastornos de ansiedad generalizada, pesadillas y recuerdos invasivos, irritabilidad crónica, anestesia emocional, evitación de lugares asociados al hecho traumático, dificultad de concentración e hipervigilancia… forman parte de la sintomatología propia del cuadro de estrés postraumático, el cuadro más frecuente y el peor identificado en las víctimas de violencia sistemática y prolongada en el tiempo.
La indefensión se aprende y es el enemigo a batir. Tenemos que romper la sensación de impotencia que produce la impunidad y exigir soluciones eficaces que permitan atajar la violencia en las aulas. La reciente reforma del Código Penal en España de 23 de Junio de 2010, que entró en vigor el 23 de Diciembre, no sólo tipifica como delito el acoso laboral, sino que abre paso a la responsabilidad penal de la persona jurídica e incrimina en el marco laboral cualquier conducta que humille al que la sufre o suponga grave ofensa a la dignidad. Pero vamos a centrarnos en el ámbito escolar y en conocer alg más sobre un fenómeno latente en nuestra sociedad.
¿Qué es el bullying?
El acoso escolar (también conocido como hostigamiento escolar, matonaje escolar o por su término inglés bullying) es cualquier forma de maltrato psicológico, verbal o físico producido entre escolares de forma reiterada a lo largo de un tiempo determinado. Estadísticamente, el tipo de violencia dominante es el emocional y se da mayoritariamente en el aula y patio de los centros escolares. Los protagonistas de los casos de acoso escolar suelen ser niños y niñas en proceso de entrada en la adolescencia (12-13 años), siendo ligeramente mayor el porcentaje de niñas en el perfil de víctimas. El acoso escolar es una forma característica y extrema de violencia escolar. Se denomina violencia escolar a cualquier acción u omisión intencional y dañina que acaece en las instalaciones escolares, en los alrededores de la escuela (pero relacionada con ella) o durante las actividades extraescolares.
La violencia escolar toma diversas formas. Puede haber violencia cruzada entre profesores y estudiantes, entre padres y profesores, entre padres y personal de admistracion y/o servicios, entre los propios alumnos, etc. A veces, sin embargo, la violencia escolar se reitera con un marcado carácter intimidatorio e implica un claro abuso de poder al ser perpetrada por un agresor más fuerte que la víctima (o así percibido por ésta). Cuando tales cosas suceden, se está en presencia de la forma característica o extrema de violencia escolar que se ha denominado acoso escolar, intimidación escolar, agresión escolar, matoneo o bullying (en inglés).
La intimidación escolar puede definirse de diferentes maneras, la más usada es la planteada por Dan Olweus (2004): "una persona es intimidada cuando es expuesta de manera repetida a lo largo del tiempo a acciones negativas por parte de otras personas y muestra dificultades para defenderse por sí mismo". En el Informe Cisneros, anteriormente citado, nos dan algunas de las formas de esa violencia escolar:

  • Llamarles motes.
  •  No hablarle.
  •  Reírse de él cuando se equivoca.
  • Insultarle.
  • Acusarle de cosas que no ha dicho o no ha hecho.
  • Contar mentiras sobre él.
  • Meterse con él por su forma de ser.
  • Burlarse de su apariencia física.
  • No dejarle jugar con el grupo.
  • Hacer gestos de burla o desprecio.
  • Chillarle o gritarle.
  • Criticarle por todo lo que hace.
  • Imitarle para burlarse.
  • Odiarle sin razón.
  • Cambiar el significado de lo que dice.
  • Pegarle collejas, puñetazos y patadas.
  • No dejarle hablar.
  • Esconderle cosas.
  • Ponerle en ridículo ante los demás.
  • Tenerle manía.
  •  Meterse con él para hacerle llorar.
  • Decir a otros que no estén con él o que no le hablen.
  • Meterse con él por su forma de hablar.
  • Meterse con él por ser diferente.
  • Robar sus cosas…. "…pero a veces, sin saber del todo por qué, el grupo de compañeros que apenas me prestaba atención reparaba en mi y se transformaba en jauría.

Al principio empezaban a hostigarme dos o tres con bromas insultantes, zancadillas y empujones. Yo intentaba resistir pero en seguida optaba por la retirada, el error fatal de todas las victimas. A los primeros verdugos se iban uniendo otros, riendo y chillando, como convocados por un misterioso tamtam o como tiburones atraídos por la sangre. Yo echaba a correr y la jauría me perseguían gritando: "¡Gorila, gorila!". Tomado de: Savater F. Mira por donde. Autobiografía razonada. Taurus 2003. pags. 107-111

Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes ya desmoronados
de la carrera de la edad cansados
por quien caduca ya su valentía.

Salime al campo: vi que el sol bebía
los arroyos del hielo desatados,
y del monte quejosos los ganados
que con sombras hurtó su luz al día.

Entré en mi casa: vi que amancillada
de anciana habitación era despojos,
mi báculo más corvo y menos fuerte.

Vencida de la edad sentí mi espada,
y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.

Francisco de Quevedo

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