El arte de ser padres

En mi trabajo de acompañamiento a padres con hijos adolescentes a menudo les envío un comentario, una anécdota, un cuento como forma de recordar lo trabajado en sesión o reforzar aspectos que me parecen especialmente reseñables.

Algunos de estos padres me suelen también cuentos o lecturas que encuentran y que les son provechosas. A veces citan la fuente y otras no. La lectura que quiero compartir hoy no tenía fuente, pero una alumna en prácticas la escuchó o leyó y está buscándola. En cuanto la tenga la citaré.

Aquí va el cuento para que cada cual pueda extraer sus propias consecuencias y que refleja las dificultades de acompañar a hijos adolescentes en esa etapa «tan linda y caótica» como puede ser la adolescencia.

«Susi quería ir a una fiesta. ¿Y quién no? Sobre todo porque ésta no era una fiesta corriente. Se iba a celebrar en la playa. Era casi lo único de lo que habían estado hablando sus amigas durante las últimas dos semanas. Qué harían, quién estaría allí, cómo se vestirían, etc. Iba a ser la mejor fiesta del año; quizá incluso la mejor de su vida.

Pero había un problema… De hecho, uno bien grande. Su madre le había dicho que no. Susi estaba desesperada y cuanto más desesperadamente le pedía que la dejara ir, tanto más rotunda era la negativa de su madre.

  • ¡Pero va a ir todo el mundo! – le explicó Susi.
  • No me importa quién vaya a ir – la cortó su madre -. Ni aunque fuera la Reina de Inglaterra. Tú no vas.

Susi estaba decepcionada. No, mucho peor, se le había roto el corazón. Era la fiesta de su mejor amiga. ¿Cómo le iba a decir que su madre no la dejaba ir? Parecería una idiota si era la única que no acudía. Los demás se burlarían de ella. Puede que incluso dejaran de ser sus amigas si no se unía y participaba en lo que iban a hacer.

Todos o casi todos los domingos, la abuela de Susi iba a cenar. La mujer se dio cuenta de lo deprimida que estaba su nieta pero no dijo nada durante la comida. Le tocaba a Susi lavar los platos y su abuela se ofreció a ayudarla, mientras el resto de la familia se iba a la sala de estar para ver una película de vídeo.

  • ¿Qué te pasa? – le preguntó la abuela en cuanto la joven metió de mala manera los platos en el fregadero lleno de agua y de espuma. La abuela secó uno de los platos con un trozo de papel de cocina.
  • Mamá no me deja ir a la fiesta de mi mejor amiga – se lamentó muy triste.
  • ¿Te ha dicho ella por qué no quiere que vayas?
  • No.
  • Entonces intenta ponerte en su lugar durante un momento – le pidió la abuela -. Si tú fueras tu madre, ¿por qué crees que dirías que no?

Susi no se había parado a pensar en eso. Sólo había prestado atención a sus deseos.

  • Bueno… – contestó después de pensar un rato – es una fiesta en la playa. Tal vez no se fíe de nosotros y crea que nos vamos a meter en líos. O que nos vamos a ahogar. Pero todos sabernos nadar y también cuidar de nosotros mismos.
  • ¿Va a ir algún adulto? – le siguió preguntando la abuela.
  • No – dijo Susi -, ¿quién quiere que sus padres anden cotilleando cuando una se lo está pasando bien?
  • Puede que sencillamente tu madre esté preocupada y no quiera que te ocurra nada malo.
  • Eso no pasará – le aseguró la chica.
  • Quizá tengas razón – insistió la abuela -, pero es probable que tu madre no lo crea y que tenga miedo. ¿Sabes? Cuando tu madre tenía tu edad, jugábamos a un juego. Me parece que las dos sabíamos que lo estábamos haciendo, pero seguíamos adelante y fingíamos que no era así. Si quería salir a algún sitio, yo le preguntaba que a qué hora quería que fuera a buscarla. Siempre le sumaba una o dos horas, corno… bueno, decía, por ejemplo, las once o las doce, creyendo que yo no sabía lo que en realidad pretendía. Yo la decía que eso era demasiado tarde y que la quería en casa a las nueve. Ella se opondría y, al final, nos pondríamos de acuerdo en las diez o las diez y media, que era precisamente la hora que ambas habíamos tenido en mente desde el principio. Así ninguna de las dos ganaba o perdía; así ella podía salir y hacer más o menos lo que quisiera, pero yo conseguía verla entrar en casa a una hora razonable. Al encontrar un término medio, las dos obteníamos lo que queríamos. Aunque posiblemente no todo lo que nos hubiera gustado. Estoy pensando en cómo podrías llegar a ese término medio con tu madre. ¿Qué crees que quiere?
  • Creo que quiere asegurarse de que alguien nos supervisa – respondió Susi y añadió rápidamente – ¡Pero no querernos que haya adultos fisgando lo que hacernos!
  • Entonces… ¿Cómo harás para que tu madre se contente sabiendo que alguien cuida de vosotros, aunque no sea un adulto que os incomode?
  • Pues no lo sé – admitió Susi -. Creo que no hay manera de hacer eso. Mamá quiere estar ahí y dudo que mis amigos lo acepten.
  • Bueno, insisto, ¿y si llegáis a un término medio que os satisfaga a las dos? ¿Y si tu madre te deja allí y se queda con el coche en el aparcamiento, estudiando los apuntes del curso ése que está haciendo? ¿O se mete en una de las cafeterías que hay junto a la playa, se lleva su portátil y trabaja en los deberes de su curso? Así podrá echar un vistazo de vez en cuando para asegurarse de que no te ahogas. Tal vez incluso pueda darse una vuelta por el paseo y supervisarte, mientras tú estás de fiesta.

La abuela se dio cuenta de que su nieta se lo estaba pensando.

  • ¿ Cuándo crees que podrás sentarte a hablar con tu madre de lo que ella quiere, de lo que a ti te gustaría y del acuerdo al que podéis llegar? – indagó la abuela.

Terminaron de fregar y de secar los platos y se reunieron tranquilamente con el resto de la familia en la sala de estar. Al domingo siguiente, la abuela se sintió feliz al saber lo bien que se lo había pasado Susi en la fiesta de la playa que se había celebrado el día anterior. También le gustó saber que su hija (la madre de Susi) se lo había pasado estupendamente dando paseos y sentándose en una cafetería con el ordenador portátil para avanzar en sus trabajos. Al terminar la fiesta, Susi se había reunido con ella en la cafetería.

Aunque bien pensado podría haber titulado el arte de ser abuela o la escucha activa puesta en práctica

Luis Vilas

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