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Hace tiempo recopilé el discurso dado por el papa San Juan XXIII, quería haberlo editado para el 11 de Octubre, pero las circunstancias mandan y no he podido hacerlo hasta ahora. No puedo decir de donde lo saqué, probablemente de la Web del Vaticano o de alguna otra web que beba de sus fuentes. O es posible que lo haya hecho del libro de los Agasso: Papa Giovanni XXIII. Edizioni San Paolo s. r. l. Milan. Italia (creo que hay una edicción en castellano).

Alla por el jueves 11 de Octubre de 1962, al anochecer, más de cien mil personas se reunieron en la plaza de San Pedro del Vaticano. Se acababa de inaugurar el Concilio Vaticano II, unos días antes Rusia y EE.UU. pudieron crear el mayor holocausto nuclear conocido, a causa de los misiles en Cuba.

Por lo que se cuenta el Papa, estaba muy cansado, y aunque el rio de gente era incesante, en un primer momento no quiso salir al balcón, hasta que su secretario personal le pidió que se asomara al balcón, en ese momento y ante lo que estaba viendo, se asomó y vió la luna en toda su plenitud. Y realizó un discurso "no preparado" , desde el corazón como a él le gustaba hacer. Helo aquí

Queridos hijitos, queridos hijitos, escucho vuestras voces. La mía es una sola voz, pero resume la voz del mundo entero. Aquí, de hecho, está representado todo el mundo.

Se diría que incluso la luna se ha apresurado esta noche, observadla en lo alto, para mirar este espectáculo. Es que hoy clausuramos una gran jornada de paz; sí, de paz: “Gloria a Dios y paz a los hombres de buena voluntad” (cf. Lc 2,14).

Es necesario repetir con frecuencia este deseo. Sobre todo cuando podemos notar que verdaderamente el rayo y la dulzura del Señor nos unen y nos toman, decimos: He aquí un saboreo previo de lo que debiera ser la vida de siempre, la de todos los siglos, y la vida que nos espera para la eternidad.

Si preguntase, si pudiera pedir ahora a cada uno: ¿de dónde venís vosotros? Los hijos de Roma, que están aquí especialmente representados, responderían: “¡Ah! Nosotros somos vuestros hijos más cercanos; vos sois nuestro obispo, el obispo de Roma”.

Y bien, hijos míos de Roma; vosotros sabéis que representáis verdaderamente la Roma caput mundi, así como está llamada a ser por designio de la Providencia: para la difusión de la verdad y de la paz cristiana.

En estas palabras está la respuesta a vuestro homenaje.

Mi persona no cuenta nada; es un hermano que os habla, un hermano que se ha convertido en padre por voluntad de nuestro Señor. Pero todo junto, paternidad y fraternidad, es gracia de Dios. ¡Todo, todo!

Continuemos, por tanto, queriéndonos bien, queriéndonos bien así: y, en el encuentro, prosigamos tomando aquello que nos une, dejando aparte, si lo hay, lo que pudiera ponernos en dificultad.

Fratres sumus! La luz brilla sobre nosotros, que está en nuestros corazones y en nuestras conciencias, es luz de Cristo, que quiere dominar verdaderamente con su gracia, todas las almas.

Esta mañana hemos gozado de una visión que ni siquiera la Basílica de San Pedro, en sus cuatro siglos de historia, había contemplado nunca.

Pertenecemos, pues, a una época en la que somos sensibles a las voces de lo alto; y por tanto deseamos ser fieles y permanecer en la dirección que Cristo bendito nos ha dejado. Ahora os doy la bendición. Junto a mí deseo invitar a la Virgen santa, Inmaculada, de la que celebramos hoy la excelsa prerrogativa.

He escuchado que alguno de vosotros ha recordado Éfeso y las antorchas encendidas alrededor de la basílica de aquella ciudad, con ocasión del tercer Concilio ecuménico, en el 431. Yo he visto, hace algunos años, con mis ojos, las memorias de aquella ciudad, que recuerdan la proclamación del dogma de la divina maternidad de María.

Pues bien, invocándola, elevando todos juntos las miradas hacia Jesús, su hijo, recordando cuanto hay en vosotros y en vuestras familias, de gozo, de paz y también, un poco, de tribulación y de tristeza, acoged con buen ánimo esta bendición del padre. En este momento, el espectáculo que se me ofrece es tal que quedará mucho tiempo en mi ánimo, como permanecerá en el vuestro. Honremos la impresión de una hora tan preciosa. Sean siempre nuestros sentimientos como ahora los expresamos ante el cielo y en presencia de la tierra: fe, esperanza, caridad, amor de Dios, amor de los hermanos; y después, todos juntos, sostenidos por la paz del Señor, ¡adelante en las obras de bien!

Regresando a casa, encontraréis a los niños; hacedles una caricia y decidles: ésta es la caricia del papa. Tal vez encontréis alguna lágrima que enjugar. Tened una palabra de aliento para quien sufre. Sepan los afligidos que el papa está con sus hijos, especialmente en la hora de la tristeza y de la amargura. En fin, recordemos todos, especialmente, el vínculo de la caridad y, cantando, o suspirando, o llorando, pero siempre llenos de confianza en Cristo que nos ayuda y nos escucha, procedamos serenos y confiados por nuestro camino.

A la bendición añado el deseo de una buena noche, recomendándoos que no os detengáis en un arranque sólo de buenos propósitos. Hoy, bien puede decirse, iniciamos un año, que será portador de gracias insignes; el Concilio ha comenzado y no sabemos cuándo terminará. Si no hubiese de concluirse antes de Navidad ya que, tal vez, no consigamos, para aquella fecha, decir todo, tratar los diversos temas, será necesario otro encuentro. Pues bien, el encontrarse cor unum et anima una, debe siempre alegrar nuestras almas, nuestras familias, Roma y el mundo entero. Y, por tanto, bienvenidos estos días: los esperamos con gran alegría.

Puede verse en Youtube (aquí)

En los talleres de escritura (y lecturas) terapeúticas solíamos hacer un ejercicio que normalmente consistía en buscar una lectura que pudiese ayudar a un o una participante a explicar una situación concreta que a lo mejor le era dificil de narrar en primera persona. Casi todos los alumnos han ido aportando su granito de arena y hoy poseo bastantes narraciones que he ido poniendo, y lo seguiré haciendo, en estas páginas.

Un antiguo alumno me envía la siguiente leyenda, denominada "El barón de Espés", con el siguiente mensaje:

Si sigues con tus recopilaciones aquí te va una leyenda. La mejor explicación de lo que estamos viviendo.

Acepto lo que me envían y como mucho intento averiguar si ha sido editado, y si es así lo cito. Adelante, veamos esta hermosa leyenda y nos preguntaremos: ¿Quién es el Barón de Espés? ¿Y la novicia? ¿Y los monjes? ¿y …? TU YA SABES

Si alguien quiere conocer más de la Ribagorza, puede seguir el enlace.

Comenzamos la leyenda

Ya no juegan al corro en la plaza las niñas de Abella, de Espés o de Alíns. Hace unos cuantos años sí, al salir de la escuela. Mientras los niños, siempre más traviesos, corrían por los campos del contorno buscando nidos de pardales, trepando a los árboles o midiendo sus fuerzas en centenares de juegos, las niñas dejaban en el suelo sus portalibros y sus bolsas de labor y a su alrededor se cogían de la mano para jugar en aquellos corros, llenos de gracia, y desgranaban sus cantinelas, repaso de las leyendas más hermosas que acumuló nuestra historia (“yo soy la viudita del Conde Laurel…”, “Mambrú se fue a la guerra, qué dolor, qué dolor qué pena…”) y sus caritas sonrosadas, debajo de sus cabecitas repeinadas, adoptaban los gestos patéticos que pedía la canción.

Y con frecuencia, poniendo siempre un pellizco de picardía, y evocando otra leyenda antiquísima de nuestra Ribagorza, repetida de generación en generación, entonaban:

Barón de Espés,
Barón de Espés,
a Obarra vas
y a Obarra ves,
pero a Espés
no tornarás més.

Una niña del corro, que había permanecido callada, casi siempre la de trenzas más rubias y ojos más azules, se colocaba en el medio y respondía con voz ahuecada, lo más hombruna que le salía: “A mí, con mi perrita y escopeta, nada me da miedo”:

Yo, la escopeta
y la goseta,
res me fa por.

Ya han pasado muchos años desde la época del Conde Bernardo de Ribagorza, Barón de Espés, y el tiempo se ha encargado de desdibujar sus andanzas y hazañas. Sin embargo la leyenda sigue en pie. Yo la escuché de labios de una abuelica de Castanesa en un atardecer de diciembre, en el hogar, junto a las llama chisporreantes. Me gustó y la guardaba para vosotros:

Pues señor, era cuando los reyes y los príncipe y los duques eran los dueños absolutos de los castillos y los pueblos y sus pobladores, y toda la gente se tenía que plegar a sus caprichos a cambio de un corrusco de pan y un poquito de una muy dudosa protección.

¿Que el señor del castillo se enfadaba con el de otro castillo porque le había insultado diciéndole que él era mejor cazador? Pues sus
aldeanos tenían que dejar su trabajo y sus casas y acudir a luchar contra el que había provocado a su amo y señor.

¿Qué la chimenea del barón se acababan los tizones que forzosamente tenían que arder continuamente? Pues sus súbditos tenían que dejarlo todo para ir a la sierra, al carrascal, a por la leña que él necesitaba.

¿Qué las bodegas del señor se resentían después de una semana dejuerga continua con otros amigos nobles? Pues los campesinos habían de vender posesiones suyas para poder ir a comprar el vino a la tierra baja y rellenar los mermados toneles de la abundante bodega de su amo.

¿Qué la baronesa necesitaba más criadas para mantener su casa como el oro de limpia, porque no era cosa de que ella cogiera ni una sola vez una bayeta? Pues sencillamente señalaba a las mozas que le dictaba su capricho automáticamente pasaban a su servicio, y por supuesto sin recibir nada a cambio.

Así eran los tiempos. Así las costumbres: unos dueños de todo, hasta de la vida de sus súbditos. Y estos, verdaderos esclavos, debían estar siempre al servicio del noble, a todo lo que mandase y ordenase so pena de caer en desgracia del conde, o duque, o marqués que dominaba la comarca. Y caer en desgracia del amo significaba el verse privado de su casa, de las cuatro cosillas que poseía, a veces hasta de su familia. Con frecuencia hasta la muerte.

Uno de estos hombres tiranos y vanidosos era el Barón de Espés. Disponía de sus vasallos a su antojo y creía que con sus generosas
limosnas al Monasterio de Obarra podía comprar su cielo y acallar los rumores disconformes de todo el contorno.

Su orgullo prepotente y su malsana pasión le condujo hasta a poner los ojos en una novicia jovencita de Obarra que hada poco tiempo había entrado en la beatería de junto al Monasterio.

Debía ser preciosa como un rayo de sol y había decidido consagrarse a Dios. Don Bernardo, en cuanto la conoció, empezó a frecuentar cada vez más el monasterio al que hacía regalos y más regalos esperando a cambio conseguir que la novicia se saliera del convento para entregarse a él.

Sus pretensiones significaban, está claro, un desprecio a todo lo sagrado. Pero también suponían no conocer muy bien ni a los frailes del Monasterio ni a sus paisanos. Muy pronto, el descontento de unos y otros hizo causa común.

Se reunieron para estudiar la situación y decidieron todos juntos hacer un escarmiento eficaz en la cabeza ele su señor. Espiaron todos sets movimientos y aficiones, especialmente la caza que le alejaba muchas veces de su castillo para meterse por entre los bosques del contorno.

Y una tarde en que había partido de cacería con la única compañía de sus armas y de su perrita favorita, fue el día señalado para ajustarle las cuentas.

Dicen que una bruja del pueblo, que como todas estaba confabulada con el diablo para hacer el mal corrió (o voló en la escoba) para avisarle del peligro que corría para que huyera o se escondiese. Lo encontró en la borda de Farrás de Espés cuando estaba asando una liebre recién cazada. Allí se disponía a merendar tranquilamente, ajeno a todo lo que se le veía encima.
Y la bruja se puso a cantarle una canción:

Señor de Espés
a Obarra vas
y a Obarra ves
pero a Espés
no tornarás més.

Don Bernardo escuchó el aviso sonriendo despectivamente. ¿Quién podría ser capaz de atentar contra él? Acarició su arma y contestó cantando tranquilamente según una versión antiquísima:

Con la goseta (=perrita) que porto y la espingarda que llevo
no le tendré miedo ni al mismo diablo.

La bruja se marchó enfadada porque no le había hecho caso. El barón terminó de merendar y se volvió hacia su castillo.

Para llegar a él, era necesario atravesar el barranco de Salat … Desde las alturas las gentes de los pueblos de sus dominios empezaron a acosarle a pedradas. La única escapatoria posible era un puentecico muy estrecho sobre el barranco y hacia él se precipitó.

Pero allí lo estaban esperando los frailes del Monasterio que venían con sus perros mastines.

La lucha fue terriblemente desigual. Los mastines, azuzados, se abalanzaron sobre el señor de Espés y de nada le sirvieron ni la goseta ni la escopeta. Allí mismo lo despedazaron.

Cuando se hizo presente la Justicia, nadie sabía nada de nada. Solamente sugerían que tal vez lo habían matado las brujas del Turbón por haber incumplido algún pacto con ellas.

 

Con muy pequeñas variantes creo que fue tomado de: Andolz, R. (2004). Leyendas del Pirineo. Para niños y Adultos. Huesca: Editorial Pirineo.

Incibe

Tomado de la propia WEB
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Propongo que podemos llamar totalitario a un poder cuando: a) ejerce presión sobre la voluntad y las acciones de los sujetos; b) cuando es ineludible, es decir, que los sujetos son afectados por él; c) cuando es omnipresente, en otras palabras, cuando su influencia no se limita a una u otra área de la vida social sino a todos sus aspectos; y d) cuando es difícil o casi imposible criticarlo y luchar contar él.

Rosa, H(2016): Alienación y aceleración. Hacia una teoría crítica de la temporalidad en la modernidad tardía. Katz Editores, Buenos Aires, Argentina

Volver a volver a empezar
¿Otra vez?
¿Ya es septiembre?
¿Cómo ha podido pasar tan rápido el verano?
¿Lo he sabido aprovechar?
No he tocado un libro…
No he pisado el gimnasio…
No tengo ganas de volver a la ofi…
Ahora sí que tengo que ponerme en serio a buscar trabajo…

¿Algo de esto te resulta demasiado familiar? Volver a empezar no siempre es una tarea sencilla. Es habitual que en verano rompamos con nuestra rutina habitual, con todo lo que ello supone. Podemos tender a abandonar hábitos saludables y adoptar otros que no nos benefician en absoluto.

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"Para los países subdesarrollados la Iglesia se presenta como es y como quiere ser, como Iglesia de todos, en particular como la Iglesia de los pobres.

Habrá que gritar y lamentar una vez más toda ofensa y violación del quinto y del sexto mandamiento del sagrado Decálogo: el no hacer caso de los compromisos que se siguen del séptimo mandamiento: las miserias de la vida social, que piden venganza en la presencia de Dios: es deber de todo hombre, y deber más urgente para el cristiano, el considerar lo superfluo con la medida de las necesidades del prójimo y el poner buen cuidado en que la administración y la distribución de los bienes creados se haga con ventaja de todos.

Esto es lo que en el sentido social y comunitario, que es inmanente en el auténtico cristianismo, se llama difusión: y todo esto habrá que afirmarlo vigorosamente".

Quien habla así es San Juan XXIII, "el papa bueno", en el radiomensaje del martes 11 de septiembre de 1962 a un mes de la apertura del Concilio Vaticano II
Ante el cuerpo diplomático expresó también la misma idea: “La Iglesia se presenta, para los países subdesarrollados, tal como es y quiere ser: como Iglesia de todos y, particularmente, la Iglesia de los pobres”.
No era una Iglesia que debiera coexistir con la Iglesia de los ricos. Era la verdadera Iglesia. "Sólo unos pocos la hicieron suya y la defendieron en el aula conciliar. Uno de ellos fue el cardenal Lercaro, arzobispo de Bolonia, para quien el misterio de Dios había que ponerlo en los pobres, la evangelización de los pobres debía ser el centro del concilio y la Iglesia de los pobres la clave de bóveda. Esa convicción le llevó a renunciar a su achidiócesis y a ir a trabajar con los pobres a África. Otro fue monseñor Himmer, obispo francés de Tournai, quien osó afirmar en el aula conciliar: “Hay que reservar a los pobres el primer lugar en la Iglesia”. Pero no se convirtió en la idea prioritaria del concilio. Los obispos prefirieron centrarse en los no creyentes, como principal desafío al que tenía que responder la Iglesia entonces".
Aún así el 16 de noviembre de 1965, tres semanas antes de la clausura del concilio, en torno a 40 obispos (1), insatisfechos quizá con la orientación eurocéntrica y el optimismo desarrollista que imperaba en el aula conciliar y descontentos con la centralidad dada a la increencia religiosa como tema y desafío fundamentales en detrimento de las desigualdades entre pobres y ricos, se reunieron discretamente, casi de manera clandestina, en la Catacumba de Santa Domitila en las afuera de Roma.
Al parecer Dom Helder Cámara era el inspirador de este grupo pero no pudo concelebrar la eucaristía porque participaba en los debates de la Constitución sobre la Iglesia en el Mundo Actual.
¿Qué decía este Pacto?. Es toda una declaración de principios(2):

“Nosotros, obispos reunidos en el Concilio Vaticano II, habiendo recibido luz sobre las deficiencias de nuestra vida de pobreza según el evangelio..., nos comprometemos a lo que sigue:

1.- Intentaremos vivir según el modo ordinario de nuestra población en lo concerniente a la habitación, el alimento, los medios de locomoción y todo lo que con esto va unido (cf. Mt 5,3; 6,33-34 82,20).

2.- Renunciamos para siempre a la apariencia y a la realidad de riqueza, especialmente en los vestidos (telas ricas, colores llamativos), las insignias de materias preciosas (estos signos deben ser realmente evangélicos: cf. Mc. 6,9; Mt 10,9-10; Hch 3,6).

3.- No poseeremos ni bienes inmuebles, ni muebles, ni cuentas bancarias, etc., a nuestro propio nombre; y si es preciso poseer, pondremos todo a nombre de la diócesis, o de las obras sociales o caritativas (cf. Mt. 6,19-21; Lc 12,33-34).

4.- Siempre que sea posible, confiaremos la gestión financiera y material en nuestras diócesis a un comité de seglares competentes y conscientes de su función apostólica, con el fin de ser menos administradores que pastores y apóstoles (cf. Mt 10.8; Hch 6,1- 7).

5.- Renunciamos a ser llamados de palabra o por escrito con nombres y títulos que indican grandeza y poder (Eminencia, Excelencia, Monseñor). Preferimos ser llamados con el nombre evangélico de Padre.

6.- En nuestro proceder y en nuestras relaciones sociales evitaremos lo que pueda dar a entender que damos privilegios, prioridad e incluso cualquier tipo de preferencia a los ricos y poderosos -v.gr., banquetes ofrecidos o aceptados, clases en los servicios religiosos- (cf. Lc 13,12-14; 1 Cor 9,14-19).

7.- Igualmente evitaremos fomentar o adular la vanidad de nadie con la intención de recomendar o solicitar dones, o por cualquier otro motivo. Invitaremos a nuestros fieles a considerar sus aportaciones como una participación normal en el culto, en el apostolado y en la acción social (cf. Mt 6,2-4; Lc 15,9-13; 2 Cor 12,14).

8.- Daremos cuanto sea necesario de nuestro tiempo, reflexión, corazón, medios, etc., al servicio apostólico y pastoral de las personas y grupos trabajadores y económicamente débiles y subdesarrollados, sin que esto perjudique a los demás grupos y personas de la diócesis. Apoyaremos a los seglares, religiosos, diáconos o sacerdotes que el Señor llame a evangelizar a los pobres y obreros participando de la vida obrera y del trabajo (cf. Lc 4,18; Mc 6,4; Mt 11,45; Hch 18,3-4; 20,33-35; 1 Cor 4,12; 9,1-27).

9.- Conscientes de las exigencias de la justicia y de la caridad y de sus relaciones mutuas, intentaremos transformar las obras de beneficencia en obras sociales basadas sobre la caridad y la justicia, que tengan en cuenta a todos y todas las exigencias, como un humilde servicio a los organismos públicos competentes (cf. Mt 25,31-46; Lc 13,12-14 y 33-34).

10.- Haremos todo lo posible para que los responsables de nuestro gobierno y de nuestros servicios públicos decidan y pongan en aplicación las leyes, las estructuras y las instituciones sociales necesarias para la justicia, la igualdad y el desarrollo armónico y total de todo el hombre y de todos los hombres y, por este camino, para el establecimiento de un orden social distinto, nuevo, digno de hijos del hombre y de hijos de Dios (cf. Hch 2,44-45 y 4,32-35; 2 Cor 8 y 9 enteros; 1 Tim 5,16).

11.- Puesto que la colegialidad de los obispos encuentra su más evangélica realización en el interés común por las masas en estado de miseria física, cultural y moral (los dos tercios de la humanidad), nos comprometemos:
- a participar, en la medida de nuestras posibilidades, en las inversiones urgentes de los episcopados de las naciones pobres;
- a conseguir juntos, en el plano de los organismos internacionales, pero como testimonio del evangelio, como el papa Pablo VI en la ONU, la puesta en marcha de estructuras económicas y culturales que no fabriquen naciones proletarias en un mundo cada vez más rico, sino que permitan a las masas pobres salir de la miseria.

12.- Nos comprometemos a compartir con amor pastoral nuestra vida con nuestros hermanos en Cristo, sacerdotes, religiosos, seglares, para que nuestro ministerio sea un verdadero servicio. Por tanto:
- nos esforzaremos en "revisar nuestra vida" con ellos;
- suscitaremos colaboradores, con el fin de ser más bien animadores según el Espíritu que jefes según el mundo;
- procuraremos que nuestra presencia sea más humana y acogedora;
- nos mostraremos abiertos a todos, sea cual sea su religión (cf. Mc 8,34-35; Hch 6,1-7; 1 Tim 3,8-10).

13.- Vueltos a nuestras diócesis respectivas, daremos a conocer a nuestros diocesanos nuestra decisión, rogándoles nos ayuden con su comprensión, su colaboración y su plegaria.
Que Dios nos ayude a ser fieles.”

Los firmantes del pacto

Brasil:

Dom Antônio Fragoso (Crateús-CE),
Don Francisco Mesquita Filho Austregésilo (Afogados da Ingazeira – PE),
Dom João Batista da Mota e Albuquerque, arzobispo de Vitória, ES,
P. Luiz Gonzaga Fernandes, que había de ser consagrado obispo auxiliar de Vitória
Dom Jorge Marcos de Oliveira (Santo André-SP),
Dom Helder Camara, obispo de Recife
Dom Henrique Golland Trindade, OFM, arzobispo de Botucatu, SP,
Dom José Maria Pires, arzobispo de Paraíba, PB.

Colombia:

Mons. Tulio Botero Salazar, arzobispo de Medellín
Mons. Antonio Medina Medina, obispo auxiliar de Medellín
Mons. Anibal Muñoz Duque, Obispo de Nueva Pamplona,
Mons. Raúl Zambrano de Facatativá
Mons. Angelo Cuniberti, vicario apostólico de Florencia.

Argentina:

Mons. Alberto Devoto de la diócesis de Goya
Mons. Vicente Faustino Zazpe de la diócesis de Rafaela
Mons. Juan José Iriarte de Reconquista
Mons. Enrique Angelelli, obispo auxiliar de Córdoba, asesinado por los militares

Otros países de América Latina

Mons. Alfredo Viola, obispo de Salto (Uruguay) y su auxiliar,
Mons. Marcelo Mendiharat, obispo auxiliar de Salto (Uruguay)
Mons. Manuel Larraín de Talca en Chile,
Mons. Gregorio McGrath Marco de Panamá (Diócesis de Santiago de Veraguas),
Mons. Leonidas Proaño en Riobamba, Ecuador

Francia

Mons Guy Marie Riobé, obispo de Orleans,
Mons Gérard Huyghe, obispo de Arras,
Mons. Adrien Gand, obispo auxiliar de Lille

Otros países de Europa

Mons. Charles Marie Himmer, obispo de Tournai, Bélgica,
Mons. Rafael González Moralejo, obispo auxiliar de Valencia, España,
Mons. Julius Angerhausen, obispo auxiliar de Essen, Alemania…
Mons. Luigi Betazzi, obispo auxiliar de Bolonia

África

Dom Bernard Yago, arzobispo de Abidjan, Costa de Marfil
Mons. José Blomjous, obispo de Mwanza, en Tanzania
Mons. Georges Mercier, obispo de Laghouat en el Sahara, África

Asia y América del Norte

Mons. Hakim, obispo melquita de Nazaret,
Mons. Haddad, obispo melquita, auxiliar de Beirut, Líbano
Mons. Gérard Marie Coderre, obispo de Saint Jean de Quebec, Canadá,
Mons. Charles Joseph de Melckebeke, de origen un belga, obispo de Ningxia, China.

El actual Papa no era obispo por el aquel entonces, ¿firmaría hoy el pacto?

Otras fuentes:

Religión Digital

“El Pacto de las Catacumbas”: la misión de los pobres en la Iglesia (13 de noviembre de 2015)
http://www.periodistadigital.com/religion/libros/2015/11/13/el-pacto-de-las-catacumbas-la-mision-de-los-pobres-en-la-iglesia-religion-iglesia-libros-verbo-divino.shtml
50 años del Pacto de las Catacumbas (14 de noviembre de 2015)
http://www.periodistadigital.com/religion/opinion/2015/11/14/50-anos-del-pacto-de-las-catacumbas-iglesia-religion-dios-jesus-papa-concilio-roma.shtml
José Oscar Beozzo: “Pacto de las Catacumbas, una Iglesia servidora y pobre” (14 de noviembre de 2015)
http://www.periodistadigital.com/religion/america/2015/11/14/jose-oscar-beozzo-pacto-de-las-catacumbas-una-iglesia-servidora-y-pobre-religion-dios-jesus-papa-obispos.shtml

El Blog de Xabier Pikaza

El Pacto de las Catacumbas (16.11.1965)
http://blogs.periodistadigital.com/xpikaza.php/2015/11/13/el-pacto-de-las-catacumbas-15-11-1965-
Como una conspiración… Los cuarenta del Pacto de 1965 (2)
http://blogs.periodistadigital.com/xpikaza.php/2015/11/14/como-si-fuera-una-conspiracion-los-cuare-2
Veintiséis teólogos firman y estudian el Pacto (2015). Un proyecto único de Iglesia
http://blogs.periodistadigital.com/xpikaza.php/2015/11/17/veintiseis-testigos-del-pacto-2015-un-pr
Ecos y silencios del Pacto de las Catacumbas: Roma, Portugal, España
http://blogs.periodistadigital.com/xpikaza.php/2015/11/20/ecos-y-silencios-del-pacto-de-las-catacu

 

(1) Al parecer existen dos listas con algún nombre diferente. Aparentemente luego se unieron más obispos.
(2) El texto del Pacto y la lista de los Obispos está tomada de PIKAZA, X. (2015): El pacto de las Catacumbas. La misión de los pobres en la Iglesia. Verbo Divino. Estella (Navarra)

No, no es un nuevo juego, ni tampoco la actualización de un juego conocidísimo. Son acrónimos que han caído en mis manos revisando temas de acción investigación.

Lo qué son las TIC, todos la menejamos en mayor o menor medida: Tecnología de la Información y de la Comunicación. La cosa comienza a ponerse un poco más complicada cuando hablamos de TAC.

El documento no se refería a Tomografía Axial Computerizada, con que se denomina un método de exploración radiológica que permite el estudio de un órgano, especialmente el cerebro, desde distintos planos. El articulo en cuestión estaba hablando de: Tecnologías del Aprendizaje y el Conocimiento. Si, así como suena. Básicamente lo que se trata con esto, siguiendo a la autora del mismo, es que tanto el profesor como el alumno sean orientados hacia unos usos "más formativos" con el objetivo de aprender más y mejor, por lo tanto es "incidir" en los usos de las diversas tecnologías, yendo más allá de manejar con soltura las distintas herramientas informáticas

¿Y qué es el TEP?. Llegados a este punto y movido por la curiosidad encontré una página más explicativa que el documento precedente. Las T.E.P. son: Tecnologías de Empoderamiento y Participación

Copio de la página:

Según Elio Fernández Serrano, profesor y licenciado en educación en Cs. Sociales de la Universidad de Santiago, Chile (Usach), y experto Universitario en E-learning: Diseño para la formación en Internet y Master en eLearning y tecnologías para el aprendizaje por internet de la Universidad de Sevilla, España, las TEP son "aquellas Tecnologías que son aplicadas para fomentar la participación de los "ciudadanos" en temas de índole político o social generando de esta forma una especie de empoderamiento y concientización de su posición en la sociedad que se traduce en expresiones de protesta y/o acción pública. La palabra empoderamiento nos habla de Poder, de cómo la ciudadanía asume su posición dentro del sistema político como fuente y poseedora del Poder en todo el sentido de la palabra."

Así que he aquí un nuevo argumento para manejar las herramientas de las tecnologías de la información y del conocimiento.

Acabo de hacer una entrada en mi muro de Facebook sobre la cuestión del ocio de algunos de los jóvenes de la ciudad de Zaragoza.

Para aquellos que me seguís sabéis mi trabajo con familias y con jóvenes, que yo cariñosamente llamo "cabroncetes". Familias y jóvenes con dificultades de todo tipo y que mi trabajo primero es intentar la mayor "normalización" posible de sus situaciones. Todos tenemos trayectorias vitales que en momentos determinados pueden ser descendentes debidas a las múltiples variables que pueden intervenir en nuestra vidas. Por eso es tan importante la red de solidaridad formal e informal a la que puedas pertenecer. Pero últimamente están surgiendo dificultades donde menos las esperas: aquellas personas que tendrían que poner el aceite para que las puertas de la ayuda se abriesen. Parece que les gusta poner un poco de arena en los goznes.

En esos momentos de desanimo tiro de mi vieja compañera de reflexiones: Concepción Arenal y de pronto veo, como si no hubiese cambiado apenas nada. Hoy os dejo la carta quinta de las Cartas a un obrero (podéis leerla aquí)

Que la llaga que conviene curar es el pauperismo, el cual no es cosa nueva ni calamidad creciente
Apreciable Juan: Persuadirte que no debes recurrir a la violencia, porque a nadie perjudica tanto como a ti; desarmar, no solamente tu brazo del hierro homicida, sino tu ánimo del odio y la pasión, que no deja ver con claridad las cosas; comprender que la pobreza, ni se debe temer, porque no es un mal, ni se puede evitar, porque es de ley económica, y dar a la moral la importancia que tiene en la prosperidad de los pueblos, porque es cierto lo que alguno ha dicho, que la virtud es un capital; estos puntos, tratados aunque brevemente en mis anteriores cartas, forman una especie de introducción que juzgo necesaria al asunto que nos ocupa, y en el que podemos hoy entrar de lleno preguntándonos: ¿Qué llaga social debemos curar?
Nuestra respuesta está dada de antemano: el grave mal que hemos de combatir es la miseria física y moral; la miseria, que, cuando es permanente y generalizada en una clase numerosa de un pueblo culto, se llama PAUPERISMO.
Dícese que el pauperismo es un fenómeno de nuestra civilización, que antes había pobres, pero que no había pauperismo. Importa mucho saber si es cierto, porque, a ser verdad, sería la más desconsoladora.
En los pueblos primitivos, que viven de la caza y de la pesca, todos los individuos son miserables; el pauperismo es la condición social: el pobre inglés socorrido por su parroquia, que recibe entre otras cosas té y azúcar, sería allí un potentado, y una gran fortuna la cama de un hospital, que es hoy la mayor desdicha. Si en los pueblos salvajes la miseria es permanente y general, ¿cómo se dice que no se conoce en ellos el pauperismo?
La sociedad da un paso más; se hace pastora, y agricultora después. En vez de inmolar en la guerra a todos los prisioneros, reserva algunos, o muchos; los hace esclavos y los dedica a guardar los rebaños, a cultivar la tierra, etc.; a todas las labores penosas. Se ha dicho y repetido no ha mucho por un hombre de superior talento que la esclavitud es preferible al proletariado. Si fuera posible desear que hubiera un solo esclavo en el mundo, habríamos deseado que arrastrase la cadena quien tal afirma, y no tardaría en retractarse solemnemente. Entre los esclavos, como entre las bestias de carga, no hay pauperismo, hay inmolación, sucumbe el niño por falta de cuidados, la mujer y el hombre enferman y envejecen antes de tiempo por exceso de fatiga, y se abandona de derecho al anciano en una isla para que perezca allí, o de hecho se le deja morir cuando ya no sirve para nada.
Hay progreso. El esclavo se convierte en siervo; disfruta una especie de libertad, que puede compararse con la del pájaro en su jaula: tiene algunos movimientos libres en la tierra de que no puede separarse, y que cultiva para su señor, el cual le impone las condiciones más duras y más humillantes. La sociedad feudal se ha pintado por algunos con los más halagüeños colores. Para asunto de novelas, era bella, y un innegable progreso, comparada con la que la precedía; pero el que desapasionadamente busca la verdad en la historia, ve rapiñas, violencias y miserias, y ve el pueblo siervo, poco menos desdichado que el pueblo esclavo.
Esos señores que en su castillo eran la providencia de sus vasallos, son sueños de poetas: la realidad es que expoliaban y eran opresores, y esto se ve claro en las amonestaciones de los Papas y Concilios, cuya repetición revela la ineficacia; en las leyes, tanto civiles como criminales, diferentes según se aplicaban a los ricos y los pobres, y tan injustas y crueles para éstos; y en la miseria, que no se tomaba en cuenta por el desdén que inspiraban los que la padecían, pero que se revelaba en proporciones horrendas, cuando algún desastre venía a ponerla de manifiesto.
La brevedad con que me he propuesto escribirte, Juan, no me permite citarte aquí textos de leyes, resoluciones de Concilios y de Papas, ni relatos de historiadores; voy, no obstante, a copiarte lo que dice uno describiendo los horrores del hambre en esos siglos en que dicen que no habíapauperismo.
«El género humano parecía amenazado de una próxima destrucción; los elementos furiosos, instrumentos de la venganza divina, castigaron la insolencia de los mortales. Los grandes, como los pobres, estaban pálidos de hambre; la rapiña no era ya posible en la penuria universal. Pero entonces se vieron otros horrores. Los hombres devoraban la carne de los hombres: ya no había seguridad para los viajeros; los desdichados que huían del hambre eran devorados por los que los hospedaban; hasta se desenterraban los cadáveres. No tardó en ser como una costumbre recibida alimentarse con carne humana, que se vendía en el mercado.» Glaber, de cuya crónica tomo esto, refiere que él asistió a la ejecución de un hombre que había degollado CUARENTA Y OCHO personas para comérselas.
Esto nos parece hoy imposible, y estamos dispuestos a calificarlo de invención; pero si cuidadosamente estudiamos la penuria y la dureza de los tiempos feudales, un hambre de tres años, que es la que describe Glaber, debería dar lugar a los horrores que refiere, y que prueban el estado miserable de una sociedad que a tales extremos se ve reducida. ¿No habría pauperismo en pueblos donde eran grande la miseria, grande la opresión, desigualmente distribuida la riqueza, y donde la propiedad constituía un privilegio a que en va no aspiraba el que al nacer no había sido favorecido por la fortuna, por más que fuera inteligente y trabajador? El gran número de hospitales, hospicios y demás fundaciones benéficas debidas al espíritu cristiano, prueban la falta que hacían; y la despoblación de los países en que había esclavos y siervos, prueba que allí la miseria era general, y que había pauperismo. Lo que no había era derecho ni aliento para quejarse; lo que no había eran entrañas en la sociedad para conmoverse con los quejidos. Nadie tomaba en cuenta la miseria del esclavo, del siervo; en ella moría; su silencio era uno de los derechos del señor y todo grito se sofocaba en la sangre del que lo había dado.
En medio de la obscuridad en que queda la suerte de los miserables en los pasados siglos, hay algunas ráfanas de luz en la historia, al través de las cuales pueden vislumbrarse sus dolores. Las insurrecciones armadas y repetidas de muchos miles de mendigos; la frecuencia con que las asambleas se ocupaban en la mendicidad; las leyes para extirparla, crueles hasta el punto de imprimir al mendigo vagabundo las penas de palos, exposición, mutilación, y hasta el último suplicio: estos hechos generalizados, ¿no prueban claramente la existencia del pauperismo? Cuando el legislador se arma de tal modo y se ocupa con tal frecuencia de un mal, ¿no es prueba evidente de que está generalizado y es profundo?
Ahora, sean mil veces gracias dadas a Dios y a los hombres buenos, ahora los pobres se quejan, y sus ayes hallan eco en los corazones de las personas bien acomodadas; ahora, los que por su posición social están lejos de la miseria, se acercan a ella por los sentimientos de su corazón, cuentan sus víctimas, lloran sus dolores, investigan sus causas, buscan para ellas remedios, y levantan muy alto la voz, ya dolorida, ya indignada, para pronunciar un terrible memento. Se han escrito miles de libros en estos últimos tiempos gimiendo sobre la miseria, poniéndola de manifiesto, procurando combatirla, y las mismas instituciones creadas para aliviarla tienen que contar sus víctimas. El mal se hace notar más, no porque es mayor, sino porque hay quien le investiga y quien le denuncia. Donde no existen médicos, ni medicinas, ni asistencia de ningún género, no se sabe de los enfermos hasta que son cadáveres. No recuerdo qué autor ha dicho que nadie sospecha el número de sordomudos que había en Francia hasta que se han abierto colegios para recogerlos y educarlos. ¿Se dirá que esta enfermedad es moderna, porque hasta ahora los enfermos sucumbían sin que nadie los contase? Algo semejante sucede con todos los desvalidos.
Lo que hoy se considera como el estado más lastimoso: carecer de camisa, de calzado y de cama, era la situación ordinaria de los pobres en esos siglos en que se dice que no había pauperismo. Ahora mismo, cuando en Madrid, por ejemplo, alguna persona caritativa acoge bajo su protección a una familia necesitada, le causa gran pena saber que no tiene sábanas, y uno de sus primeros cuidados es proporcionárselas. No tiene sábanas en la cama, es como decir: Se halla en el último grado de miseria. Mientras así se juzga en la capital, hay en ciertas provincias muchas, muchísimas aldeas y lugares, cuyos vecinos en su mayor parte no tienen sábanas, donde no se las dan a sus servidores las familias regularmente acomodadas, y donde, para encarecer las ventajas de servir en una casa, se dice que da sábanas a los criados. Si se hace una estadística, aparecerá entre los miserables que forman en las filas del pauperismo, el que en la capital recibe de la caridad sábanas, y no el que duerme sin ellas en la aldea.
Este hecho, y otros muchos análogos que pudiera citarte, te hará comprender que la miseria puede existir y existe sin que nadie la compadezca ni hable de ella, ni la note, y que el abatimiento y la resignación del que la sufre, combinados con la indiferencia del que podía consolarla, dan por resultado el silencio de la historia. Alguna vez los miserables, aconsejados por la desesperación, se levantan, luchan y sucumben; hay guerra, pero no hay cuestión social, porque ni derecho se concede a los rebeldes, ni compasión inspiran los vencidos, ni se ve allí más que un caso de fuerza que con la fuerza se vence. Para que las miserias de la multitud sean una cuestión, es preciso que las compadezcan y las sientan los que no son miserables, los que han cultivado su inteligencia, y la llevan como una santa ofrenda al templo del dolor, y se arman con ella para combatir por la justicia. Creo que te lo ha dicho ya, y es posible que te lo vuelva a decir, porque poco importa la monotonía de la repetición, y mucho que no olvides que de las filas de los señores han salido los defensores de los pobres, los que en estudiar los medios de aliviarlos han gastado su vida, o la han sacrificado en el patíbulo y en el campo de batalla.
A medida que ha ido habiendo manos benditas que se presten a curarlas, se han ido revelando las llagas sociales; y como esos niños que se han lastimado y no lloran hasta que ven a su madre, el pueblo no ha empezado a quejarse hasta que la sociedad ha tenido entrañas para compadecerle. Hay un derecho del que nadie te habla, que no está consignado en ningún código, el derecho a la compasión; derecho que, sin proclamarle, invoca el que padece, y que sin reconocerlo sanciona el que consuela; derecho bendito y santo, sin el cual es probable que nunca se hubiera reconocido la justicia de los débiles.
Al sostener que el pauperismo es un fenómeno de nuestra civilización, se citan números, y es, por desgracia, grande el de los que sufren en la miseria; pero aunque en absoluto excediera al de otros tiempos, que no lo creo, siempre sería menor, proporción guardada con el de habitantes, aumentado éste en términos de que unía ciudad cuenta hoy más que había antiguamente en todo un reino. Y no sólo se aumentan con la población los miserables, sino que se agrupan generalmente en las grandes poblaciones, donde su desdicha puede ser más notada.
La mortalidad decrece en términos de que hay pueblos como Londres, donde en poco tiempo ha disminuido una mitad: ¿y se quiere sostener que la miseria aumenta? Es como afirmar que cuatro y cuatro son seis.
Un título de gloria para la civilización se convierte en un capítulo de cargo. Las filas de la miseria están en su mayor parte formadas por ancianos, enfermos, achacosos, niños abandonados; por los débiles, por los que no pueden trabajar, o cuyo trabajo es insuficiente. En los pueblos salvajes o bárbaros nada de esto existe; los débiles sucumben infaliblemente: no hay para ellos miseria, hay exterminio.
Resulta, pues, para mí muy claro, y quisiera que para ti lo fuese también:
1.º Que el pauperismo no es un fenómeno de la civilización, sino una desdicha de la humanidad.
2.º Que la civilización le disminuye en vez de aumentarle, circunscribiéndole más o menos, pero circunscribiéndole siempre a una parte de la sociedad, cuando en el estado salvaje se enseñorea de todo, y en el estado de barbarie muy poco me nos.
3.º Que en la historia no aparece a primera vista con toda claridad y con la extensión que realmente ha tenido, porque sus víctimas sufrían y morían en el silencio, abatidas o resignadas, y vistas con indiferencia por los que debían auxiliarlas; además no se llamaba miseria lo que hoy se califica de tal.
4.º Que habiéndose humanizado el hombre, sintiendo más los que sufren y los que pueden consolar, el miserable se queja bastante alto para que se le oiga; el compasivo repite el ¡ay! doliente, que halla miles de ecos; este dolor, ignorado ayer, se publica hoy, se estudia, se compadece, y hasta se explota, convirtiéndole los fanáticos y los ambiciosos en arma de partido contra los Gobiernos que quieren derribar. Desde que el pueblo ha empezado a llamarse soberano, como todos los soberanos, tiene sus aduladores.
5.º Que habiendo tenido la población un extraordinario incremento, los pobres se han multiplicado también, y agrupándose en los grandes centros, se hacen más visibles.
¿Concluiremos de todo esto que las cosas están muy bien como están; que no hay motivo sino para congratularnos, y que nada resta que hacer? -No, no, mil veces no. El pauperismo, la miseria física y moral, existe en grandes, en horribles proporciones. Que todo el que tiene entrañas la sienta; que todo el que tiene inteligencia piense en los medios de atenuarla; que todo el que tenga lágrimas la llore. Te digo con verdad, Juan, que las mías corren al escribir estas líneas, y obscurecen la luz de mis ojos, pero no la de mi entendimiento, hasta el punto de confundir las cosas, de modo que vea el pauperismo creciente, a medida que crece la prosperidad de las naciones. Esto podrá ser cierto, si acaso, en un momento de la historia, en un país dado y por circunstancias especiales, pero de ningún modo es un hecho general, ni menos una ley económica.
Aflijámonos, sí, aflijámonos profundamente, porque las desdichas de la humanidad son grandes, pero no nos desesperemos creyendo que son cada vez mayores, porque entonces, ¿quién tendrá ánimo para trabajar en combatirlas? Bajo la mano de Dios, o inspirado por Él, mejora el hombre su suerte sobre la tierra; pero las pasiones y los errores oponen de continuo obstáculos a su marcha, y por eso es el progreso tan lento.
Bajo la mano de Dios, te digo, y tú replicarás tal vez: ¡siempre Dios! Siempre, amigo mío. No es mucho que una mujer le invoque, le implore y le sienta, cuando una de las inteligencias más poderosas, y uno de los espíritus más rebeldes, Proudhon, decía: «Estudiando en el silencio de mi corazón, y lejos de toda consideración humana y el misterio de las revoluciones sociales, Dios, el gran desconocido, ha venido a ser para mí una hipótesis, quiero decir, un instrumento necesario de dialéctica

 

 

 

 

Releyendo las páginas sobre la cuestión social escritas por Concepción Arenal, he reparado en la introducción realizada por Tomás Pérez Gónzalez, editor de la obra allá por el 1880:

Lo poco que he escrito y lo no mucho que he realizado para elevar el nivel de las clases obreras por medio del ahorro, del trabajo y de la asociación, y para inclinar el ánimo de las clases acomodadas a cooperar generosamente, como conveniencia y como deber, a esa obra de paz, de progreso y de armonía en el mundo social, todo, repito, si algo vale, es debido en primer término a los saludables consejos de usted y a sus elocuentes escritos.

Dudo que haya nadie que leyéndoles y meditando sobre sus profundos conceptos, deje de sentirse inclinado a imitar el ejemplo de usted y a practicar algo de lo mucho bueno que aconseja en favor de la humanidad.

Me pregunto que dirían hoy estos dos, cuando vemos a trabajadores pobres, que están acudiendo a las instituciones de beneficencia, cuando la dualización de la sociedad se hace cada vez más extrema, cuando la mayoría de las "asociaciones" de trabajadores se han convertido en brazos extensibles de los gobiernos de turno, cuando el ahorro no está bien visto, y el consumos se ha convertido en el nuevo dios con sus altares en los diversos centros comerciales (y a ser posible en las afueras de las ciudades, y estas ya no son espacios donde los ciudadanos puedan construir nuevas formas de entendimiento), cuando el trabajo se hace cada vez más precario, y troceado por pedazos de tiempo, ... No sigo porque la paz sale de mi lado, el progreso se ha ido quedado constreñido a artefactos técnicos que cada vez más nos aíslan, y la armonía queda solo para la música.

Aún con sentimientos de utilizar la fuerza para cambiar todo esto, me acojo al pensamiento areliano y proclamo que:

La fuerza que se sostiene, es porque está sostenida por la opinión, porque es como su representante armado. Si contra ella quiere luchar, cae; si la fuerza apoya injusticias, es porque en la opinión hay errores: rectificarlos es desarmarla.

Por lo tanto seguimos reflexionando, madurando las ideas que transmite Concepción Arenal para poder intentar iluminar parte de la nueva, o vieja, cuestión social.

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